Tunnel Rat

Mientras descendía a la oscuridad húmeda y mohosa de las cavernas subterráneas, sentí que la adrenalina corría por mis venas mientras mi corazón comenzaba a latir acelerado por la excitación. El resplandor del sol dio paso a la tenue penumbra de la vieja lámpara de aceite que formaba parte de mi equipo militar. El mundo de arriba hizo sitio al infierno en las profundidades de la tierra y mi pecho pareció estallar por el pánico y la estrechez del angosto corredor. ¿Qué pasa si me descubren? ¿Si reconocen quién soy y de qué lado estoy? Preguntas cuyas respuestas no puedo averiguar, ni siquiera quiero imaginar. La fría muerte se deslizó silenciosamente a mi lado y me miró como esperando. Está en tus manos, pareció decirme su mirada.

Para ahuyentar el torbellino de pensamientos sombríos, tomé una última bocanada de oxígeno fresco y luego la tierra me tragó.

El sistema de túneles frente a mí se extendía por kilómetros, bien escondido en el corazón de la fértil tierra de la jungla. Las raíces se escapaban por las paredes y tocaban inesperadamente mi piel sudada. Hasta dónde llegaban los corredores, eso sólo lo sabía el enemigo. Ellos habían construido estos túneles. Era su territorio, que les servía de escondite, y era considerado el secreto mejor guardado del Vietcong. Los estadounidenses no tenían idea de dónde se habían metido, cuando se involucraron en esta guerra. Habían caído en la trampa como ratas, trampa que ya había costado la vida a unos cuantos franceses. Pero los túneles no sólo mataban. El enemigo encontraba refugio, rescate y protección en ellos. Supuestamente, había enfermerías enteras, cocinas y salas de reuniones allí, al menos eso dijeron. Y arsenales, pensé. Por supuesto, también hay arsenales, almacenamiento de municiones. Incubadoras de la muerte.

Descendí más y más, ya debía estar a varios metros bajo tierra. El calor sofocante se deslizó por mi espina dorsal hasta mi cráneo y me llevó al borde de la locura. De repente, un grito. El miedo petrifica mis extremidades y cierro los ojos. Pasan unos segundos antes de darme cuenta de que fue mi propia garganta la que produjo este sonido. Algo toca mi brazo y miro desesperadamente a la oscuridad. Otra raíz de árbol. La jungla aquÍ es muy frondosa, o al menos así era antes de que los estadounidenses llegaran con sus bombas incendiarias. Lluvia de ceniza. Barriles anaranjados y hojas muertas. Nubes grises, corazón negro.

Pero el enemigo también ha matado, es por eso que yo estoy aquí ahora. Y nadie más que mi propia muerte me acompaña. «We will kill these communist pigs», nos dijeron. Y todos en el cuartel general aplaudieron el elocuente discurso del hombre más poderoso del mundo. Así que ahora envían a vietnamitas del sur como yo, pobres ratas, a los túneles.

Misión: espiar la retaguardia del enemigo.

Los pasillos son angostos y claustrofóbicos incluso para mí, ningún estadounidense gordo cabría aquí. Los grandes músculos, tan beneficiosos en otras batallas, aquí solo obstaculizan y hacen que sea imposible avanzar al territorio enemigo. Yo también tengo mis dificultades. Debo doblar la espalda y me duelen las piernas por la postura. El pánico recorre de nuevo mis huesos y, rígido, continúo palpando por el desconocido agujero del infierno. Dolorosamente lento, mis ojos se acostumbran a la luz apenas existente, que se refleja burlonamente en las paredes húmedas y, sin embargo, no se atisba a ver un paso adelante. Como un roedor, corro encogido y con la cabeza agachada. El sudor ha empapado todo mi uniforme y las botas militares hacen que mis pasos se sientan pesados como el plomo. El peso del arma tira de mí y me roba el aliento. Mi cuerpo está cubierto con bienes robados, posesiones de un ex soldado, el equipo del enemigo. Sólo las botas fueron donadas por los americanos porque el pobre diablo cuya ropa que ahora llevo como camuflaje pisó una de nuestras minas y sus pies, junto con el calzado, se convirtieron en polvo y se dispersaron por el aire. Un escalofrío pasa a través de mis miembros tensos e incluso la muerte tiembla. Los horrores de la guerra acechan en todas partes. No solo en el mundo exterior. También en ti. Muy adentro. Con cada metro que penetro en los túneles, mis miedos parecen hundirse más profundamente en mí, para devorarme y cegarme. Pero el enemigo acecha delante y detrás de mí, él sabe más que yo. Sabe por qué vine, sabe cómo detenerme. No puedo estar ciego. Debo mantenerme alerta, contar los pasos, orientarme. ¿Voy al noreste o al noroeste? Maldita sea, no puedo concentrarme más.

¿Qué es ese olor? Huele a rata asada, una especialidad de mi tierra, el delta del Mekong. ¿Cómo puede ser eso? ¿Estoy perdiendo la cabeza? ¿O estoy a punto de descubrir uno de sus lugares de cocina? Mi muerte me susurra verdades horribles al oído y mis pensamientos se callan. El cono de luz de mi lámpara de aceite continúa a tientas, vacila y de repente se vuelve significativamente más grande. Mi corazón está parado. Me doy cuenta de que es una segunda lámpara, viene hacia mí. Estoy usando el uniforme de un hombre muerto y estoy condenado a morir. Una extraña mano cuelga de la extraña lámpara, un brazo se vuelve visible. Escucho voces y calambres en mi cuerpo lleno de pánico. Del brazo crece un hombro, un cuello y un rostro que se asienta sobre él. El hombre sonríe mudo y se concentra solo en sí mismo y en su camino. Cuando me ve, la sonrisa da paso a un sorprendido asombro. Sus ojos brillantes son el centro de sus templados rasgos faciales, pero el escepticismo domina su naturaleza. Siento la tensión como un crujido en el aire justo antes de una tormenta eléctrica. Mi boca está sellada y mi pesada lengua no deja escapar una simple palabra. El hombre mira mi uniforme en detalle, reconoce la estrella del Vietcong y su expresión dura se disuelve lentamente. Me siento aliviado y respiro, avergonzado, miro hacia abajo, a mis pies, y el extraño sigue mi mirada. Me congelo otra vez cuando mis ojos se fijan en los pies de mi contraparte. Simples sandalias hechas a partir de viejos neumáticos protegen las plantas del soldado. En un momento infinito todo se vuelve heladoramente consciente dentro de mí. El hombre levanta la cabeza, me mira directamente a los ojos. Sus rasgos templados desaparecieron por completo, sus ojos brillan como el fuego eterno. Su rostro se convierte en una mueca de rabia. Las comisuras de su boca son arrastradas hacia abajo mientras escupe lleno de odio las palabras mortales: ¡rata de túnel!

Texto original en alemán:

Hinabsteigend in die feucht modrige Dunkelheit der unterirdischen Höhlengänge spürte ich das Adrenalin in meine Adern schießen, als mein Herz von der Aufregung angefeuert zu rasen begann. Das gleissende Licht der Sonne wich dem schwach schummrigen Schein der alten Öllampe, die Teil meiner militärischen Ausrüstung war. Die Welt oben machte der Hölle tief unter der Erde Platz und meine Brust schien vor Panik und Enge zu zerbersten. Was wenn sie mich entdecken? Wenn sie erkennen, wer ich bin? Und auf wessen Seite ich stehe ? Fragen, deren Antworten ich nicht herausfinden, mir nicht einmal ausmalen wollte. Der kalte Tod schlich sich leise an meine Seite und schaute mich abwartend an. Es liegt nun an dir, schien sein Blick zu sagen.

Um den Strudel an düsteren Gedanken zu verjagen, nahm ich einen letzten tiefen Atemzug frischen Sauerstoff und dann verschluckte mich die Erde.

Das vor mir liegende Tunnelsystem erstreckte sich meilenweit, gut verborgen im Herzen der fruchtbaren Dschungelerde. Wurzelwerk brach immer wieder aus den Wänden hervor und berührte unerwartet meine schweißgebadete Haut. Wie weit die Gänge führten, wussten nur meine Feinde. Sie hatten diese Tunnel gebaut. Es war ihr Territorium, diente ihnen als Unterschlupf, Versteck und galt als das bestgehütetste Geheimnis des vietcong. Die Amerikaner hatten keine Ahnung worauf sie sich bei diesem Krieg eingelassen hatten. Sie waren wie Ratten in die Falle gelaufen, die bereits einigen Franzosen das Leben gekostet hatte. Doch die Tunnel brachten nicht nur den Tod. Meine Feinde fanden in ihnen Zuflucht, Rettung, und Schutz. Angeblich gab es dort unten ganze Krankenstationen, Küchen und Versammlungsräume, so erzählte man zumindest. Und Waffenkammern, dachte ich. Natürlich gibt es auch Waffenkammern, Munitionslager. Brutstätten des Todes.

Tiefer und tiefer stieg ich hinab, ich musste bereits mehrere Meter unter der Erde sein. Die drückende Hitze kroch mir den Rücken hoch bis unter die Schädeldecke und trieb mich an den Rand des Wahnsinns. Plötzlich, ein Schrei. Angst versteinert meine Glieder und ich schließe die Augen. Einige Sekunden vergehen bis mir klar wird, dass es meine eigene heisere Kehle war, die diesen Laut produziert. Etwas streift meinen Arm und ich starre verzweifelt ins Dunkel . Eine weitere Baumwurzel. Der Dschungel ist dicht an dieser Stelle, oder war es zumindest, bevor die die Amis mit ihren Brandbomben kamen und es Asche regnete. Orange Fässer und totes Laub. Graue Wolken, schwarzes Herz.

Doch auch der Gegner hat getötet und deshalb bin ich jetzt hier. Und niemand außer mein eigener Tod begleitet mich. We will kill these communist pigs, haben sie gesagt. Und alle im Hauptquartier haben geklatscht und waren begeistert von der eloquenten Rede des mächtigsten Mannes der Welt. Deshalb schicken Sie jetzt SüdVietnamesen wie mich, arme Ratten, in die Tunnel.

Mission: ausspionieren der feindlichen Rückzugsorte.

Die Gänge sind schmal und klaustrophobisch eng, Selbst für mich, kein fetter Amerikaner passt hier durch. Muskeln und Fleischmasse, die in anderen Kämpfen von Vorteil sind, behindern hier nur und machen ein Vorrücken ins Feindgebiet unmöglich. Auch ich habe meine Schwierigkeiten. Mein Rücken krümmt sich und meine Beine schmerzen ob der ungewohnten Vorgehensweise. Panik kriecht wieder unbemerkt in meine Knochen und steif taste ich mich weiter vor ins Unbekannte Höllenloch. Schmerzhaft langsam gewöhnen sich meine Augen an das kaum vorhandene Licht, das neckisch von den feuchten Wänden widerscheint und dennoch keinen Schritt weit nach vorne sichtbar macht. Wie ein Nagetier laufe ich gebückt und mit eingezogenem Kopf in mein Verderben. Schweiß hat mittlerweile meine gesamte Uniform durchtränkt und die pechschwarzen Militärstiefel beschweren meine Schritte wie Blei. Das Gewicht der kampferprobten Waffe drückt in meine Seite und raubt mir den letzten hoffnungslosen Atem. Mein Körper ist bedeckt mit Diebesgut , Besitz eines früheren Soldaten, die Ausstattung des Feindes. Einzig die Stiefel wurden von den Amis gestiftet, da der arme Teufel, dessen Bekleidung ich nun zu Tarnungszwecken trage auf eine unsrer Landminen trat und Füße samt Schuhwerk sich in seine Bestandteile auflösten und in alle Winde verstreuten. Ein Frösteln durchzuckt meine angespannten Gliedmaßen und lässt selbst meinen Tod erschauern. Die Schrecken des Krieges lauern überall . Nicht nur in der Außenwelt. Auch in dir drin. Sehr tief drin. Mit jedem Meter den ich tiefer in die Tunnel eindringe, scheinen auch meine Ängste tiefer in mich hineinzubohren, mich zu zerfressen und blind zu machen. Doch der Feind lauert vor und hinter mir, er weiß mehr als ich. Weiß warum ich gekommen bin, Weiß wie man mich stoppt. Ich darf nicht blind sein. Muss wachsam bleiben, Schritte zählen, die Orientierung behalten. Gehe ich Richtung Nordosten oder Nordwesten ? Verdammt, Ich kann mich nicht mehr konzentrieren. Was ist das für ein Geruch? Es riecht nach gegrillter Ratte , eine Spezialität meiner Heimat, des Mekong-Deltas. Wie kann das sein? Verliere ich etwa den Verstand? Oder bin ich kurz davor eine ihrer Kochstelle zu entdecken? Mein Tod flüstert mir schreckliche Wahrheiten ins Ohr und meine Gedankenwelt verstummt. Der Lichtkegel meiner Öllampe tastet sich weiter vor, zögert und wird mit einem Mal bedeutend größer. Mein Herz setzt aus. Ich erkenne, es handelt sich um eine zweite Lampe, sie kommt mir entgegen. Ich trage die Uniform eines Toten und bin totgeweiht. An der fremden Lampe hängt eine fremde Hand, ein Arm wird sichtbar. Ich höre Stimmen und verkrampfe meinen panikerfüllten Körper. Aus dem Arm erwächst eine Schulter, ein Hals und darauf trohnend ein Gesicht. Der Mann lächelt stumm und ist nur auf sich und seinen Weg konzentriert . Als er mich erblickt, weicht das Lächeln einem überraschten Staunen. Seine funkelnden Augen werden von milden Gesichtszügen umspielt, doch Skepsis beherrscht sein Wesen. Ich fühle die Anspannung wie ein Knistern in der Luft, kurz vor einem Gewitter. Mein Mund ist zugeschweißt und kein leichtes Wort entkommt meiner zentnerschweren Zunge. Der Mann betrachtet ausführlich meine Uniform, erkennt den Stern des vietcong darauf und sein harter Ausdruck löst sich langsam auf. Ich bin erleichtert und atme auf, verschämt sehe ich zu Boden auf meine Füße und der Fremde folgt meinem Blick. Ich erstarre abermals als meine Augen die Füße meines Gegenübers erfassen. Einfache, aus alten Gummireifen geschnittene Sandalen schützen die Sohlen des fremden Soldaten. In einem unendlichen Augenblick wird mir alles mit schwarzer Kälte bewusst. Der Mann hebt seinen Kopf, er sieht mir direkt in die Augen. Seine milden Züge sind komplett verschwunden, die Augen glühen wie ewige Brandfeuer. Sein Gesicht verzieht sich zur wuterfüllten Grimasse. Die Mundwinkel sind nach unten gezerrt als er voller Hass die tödlichen Worte ausspuckt: tunnel rat!

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