Algarrobico o el Pulserismo Paranoide

Tal vez se haya producido en la playa del Algarrobico (Carboneras, Almería) una rotura en el continuo espacio-tiempo y por eso las leyes convencionales de la física no se cumplen. O se trata de la primera observación de la mecánica cuántica a escala macroscópica. Sea lo que sea, es inexplicable.

No hay más que buscar imágenes de la playa para entender de lo que estoy hablando. En medio de la nada, sobre la arena, se alza una mole piramidal blanca. Cualquiera diría que es un templo a algún dios poderoso o una sucursal de Terra Mítica. Pero no. Es el hotel cuántico más grande de España. 411 habitaciones en 21 plantas que fueron durante años legales e ilegales a la vez hasta que los tribunales confirmaron lo que era evidente: es ilegal, más ilegal que pegar a un panda con un lince. Y no lo confirmaron una vez, sino 24.

Habría que construir un templo al menos 100 veces más grande que el hotel cuántico para expiar todos los pecados, todas las cagadas, todos los delirios que desde hace casi 30 años rodean el Algarrobico. En la década que lleva construido y paralizado, le ha dado tiempo a convertirse en un símbolo de la vergüenza y del exceso, de todo lo repugnante de la burbuja inmobiliaria: la ostentación, el gigantismo, la destrucción del patrimonio natural y el empleo de baja calidad. Deberíamos consagrar la recepción y organizar procesiones del Santísimo Cemento.

La actuación de las Administraciones Públicas a todos los niveles ha oscilado entre lo indigno y lo lamentable y la historia del hotel es una historia de negligencias y de enigmas sin resolver. Ya se otorga una licencia de construcción en los años 80, antes de la inclusión de la playa en el Parque Natural Cabo de Gata-Níjar (creado en 1987). Esa licencia queda en el limbo al declararse el Algarrobico suelo no urbanizable en 1994 por la Junta de Andalucía.

Pero en 1997 comienzan los sucesos paranormales. El suelo de la playa pasa a ser urbanizable sin más explicaciones y entra en escena la promotora Azata del Sol, presentando ya el proyecto de lo que sería el hotel cuántico. En 2003 la promotora recibe todos los permisos de 4 administraciones (4) y empieza la construcción.

Hasta entonces el Algarrobico no había recibido apenas atención mediática. Eso cambia en 2005, con Cristina Narbona como ministra de Medio Ambiente en el primer gobierno de Zapatero, cuando el caso llega a los tribunales. En 2006 un juzgado de Almería anula la licencia municipal de construcción y paraliza las obras ya con el hotel prácticamente terminado, que no volverán a ponerse en marcha.

La Junta de Andalucía sigue sufriendo un trastorno de doble personalidad. Mientras trata de adquirir de nuevo los terrenos devolviendo a Azata del Sol los 2’3 millones de euros que pagaron por ellos, vuelve a cambiar la catalogación del suelo de la playa reduciendo más su protección. Mientras asegura que quiere demoler el hotel cuántico, solo dos años después intenta legalizar su situación con una maniobra burda.

El Ayuntamiento de Carboneras y la promotora recurren la recuperación del terreno por parte de la Junta y la situación queda encallada durante 7 años, hasta que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía exige que los terrenos vuelvan al nivel de protección que tenían en 1994 y desestima uno de los recursos.

Como broche final a este culebrón, el Tribunal Supremo confirmó la ilegalidad manifiesta de la construcción. Los terrenos pertenecen a un Parque Natural y, aunque no lo hicieran, según la Ley de Costas de 1988 el hotel cuántico debería estar a 100 metros de la playa y no a 20 (¡!) como está ahora.

Probad a decir los últimos 6 párrafos sin respirar. Bueno, final feliz, ¿no? No, porque la Junta de Andalucía sigue dilatando el caso en los tribunales y, 12 años después de su paralización, la mole sigue ahí, imperturbable. Desafiando toda lógica, nos hemos despertado de la pesadilla y el dinosaurio sigue estando ahí. A veces me pongo a pensar si no sobrevivirá a la especie y un futuro Charlton Heston caerá ante él de rodillas.

Pero la pregunta que surge ante todo esto no es cuándo se va a demoler de una buena vez, es ¿cómo diablos pudo construirse? ¿Quiénes en su sano juicio han podido permitirlo? Esa pregunta tampoco está mal, pero, en realidad, hay algunas razones que pueden explicarlo.

Tras la creación del Parque Natural del Cabo de Gata, bastante legislación limitaba en la zona el turismo masificado, del que vive casi toda la costa mediterránea. Y Carboneras lleva tiempo sin vivir un buen momento; con un paro muy alto y sin perspectivas de futuro no es fácil sobrevivir y menos lo es progresar. Por eso casi todo el pueblo ha estado y está a favor de la apertura del hotel cuántico. Pero ¿acaso se les puede culpar de todos los males? El nuevo alcalde se encontró con la montaña de hipocresía y mala fe que durante los 90 fueron construyendo el anterior ayuntamiento y la Junta de Andalucía, padre y madre de la criatura, que fueron cambiando todos los planes, otorgando todos los permisos y tendiendo todas las alfombras que hicieron falta. Al pueblo se le prometieron puestos de trabajo, todo legal, y ha terminado recibiendo un esqueleto congelado durante 12 años.

Aquí aparece el eterno debate del valor real de unos centenares de puestos de trabajo. ¿Hasta qué punto venderse, hasta qué punto facilitar la llegada de megaproyectos de escala excesiva, hasta qué punto destruir el entorno? Idénticos problemas aparecieron con Eurovegas o Gran Scala. Obviamente, yo puedo criticarles sin esfuerzo, pero cuando no te quedan opciones es otro cantar. Te agarrarías a cualquier cosa y de eso se aprovechan los emprendepredadores y sus amigos.

Sin duda el turismo masificado crea empleo, pero ¿qué empleo? Uno de baja calidad, temporal, explotado. El modelo del “todo incluido” es muy ventajoso para las grandes empresas. Sin embargo, acaba con la economía local a escala humana de los pueblos y las ciudades que están fuera de los macrocomplejos hoteleros.

A pesar de ello, hay gente muy a favor de los millones de turistas a cualquier precio, el hormigón y el dinero fácil. Si por ellos fuera, convertirían el país en un bar ininterrumpido en el que una ardilla pudiese ir del Somport a Algeciras saltando de gin-tonic en gin-tonic. No pararían hasta crear una pulsera “todo incluido” válida para toda España. Ahí queda el templo cuántico del Algarrobico para demostrarlo.

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