Terra Mítica o el lecho de Procusto

Pensad en esto: un parque de atracciones. El más grande, el más caro, el mejor. Y hoteles y tiendas y restaurantes. Miles de metros cuadrados. ¿Interesante, verdad? Además, ahora los terrenos están en medio de la nada. Una antigua cantera, un desierto. Comprar barato y vender caro. Lleno de sol y de extranjeros. Lleno de dinero fácil. Trabajo basura, explotable. Al lado hay hoteles gigantes, cemento, infraestructura, alcohol y playita.

¿Dónde hay que firmar?

Cuando éramos los mejores, en los años 90, estos negocios redondos estaban por todas partes. Tan solo había que alargar la mano para atraparlos. Esos años se ven ahora lejanos, casi como un sueño borroso, claro. Mi generación ha tocado el oro más brillante y la mierda más apestosa en menos de 25 años, en una especie de caída de los cielos, de pérdida de la inocencia.

En 1992, el año en que nacimos varios colaboradores de El Tanque Rojo, fueron las Olimpiadas, la Expo y la antesala de unas elecciones en las que Felipe González se salvaría por los pelos. Difícil de imaginar entonces, pero, increíblemente, había algo peor que el PSOE de los GAL, de Roldán, de Filesa. Y estaba a punto de llegar.

Precisamente en 1992, 450 hectáreas de bosque protegido arden cerca de Benidorm. Las causas del incendio siguen siendo un misterio, pero el terreno pasó a ser urbanizable por arte de magia un par de años después. Acaba de llegar a la alcaldía de Benidorm un joven Eduardo Zaplana tras una turbia moción de censura, elegido por los dioses del ladrillo para protagonizar grandes glorias del urbanismo caníbal. Un simple aperitivo de lo que estaba por venir a Valencia.

No tardaron en llegar al ayuntamiento cantos de sirena idénticos a los del primer párrafo y en 1996 se crea una sociedad pública para gestionar la concesión de 10 millones de m² destinados a la futura Terra Mítica. Por entonces, Zaplana ya estaba cómodamente instalado en el trono de la Comunidad Valenciana, apoyando este y otros megaproyectos.

Los planes para Terra Mítica eran de veras grandiosos, incluyendo, además del parque temático, 2 campos de golf, 2500 habitaciones de hotel y un parque de naturaleza. Un momento… ¿Un parque de naturaleza? Parece una errata, pero no lo es. Solo a una mente neoliberal noventera desatada se le podría ocurrir la delirante idea de dejar arder uno de los pinares más grandes de la zona, recalificar sus cenizas y construir, pegado a un par de campos de golf, un parque natural prefabricado con su zoo, sus dioramas y demás. Parece una broma macabra, pero es la perfecta alegoría de 20 años de orgía constructora.

Solo 4 años después ya inauguraban el parque, construido a toda prisa y sin ningún tipo de planificación seria. Se tenían unas expectativas de afluencia que no se cumplieron ni de cerca, lo que llevó a 6 años seguidos de pérdidas millonarias. En 2002 los visionarios responsables del parque apostaron por la construcción de una montaña rusa que batiría hasta 5 récords mundiales (altura, rapidez, caída, número de giros y distancia más larga recorrida boca abajo). Semejantes delirios de grandeza no duraron mucho y la inversión se canceló por unos costes inasumibles por la situación financiera de Terra Mítica. Al final, los míticos tuvieron que conformarse con una atracción con todos los atributos planeados reducidos a la mitad.

No tuvo el efecto esperado la nueva montaña rusa porque el parque temático entró en suspensión de pagos 2 años después, arrastrando una deuda de 100 millones de euros. Un rayo de esperanza brilló en 2006, primer año con beneficios operativos que permitieron levantar la suspensión de pagos. Sin embargo, los principales inversores (sector público, Bancaja y CAM), o tal vez debería decir los principales penitentes, comenzaron a vender terrenos destinados a la expansión del parque y buscar una salida algo honrosa de ese aspirador de dinero en el que se había convertido Terra Mítica.

Los 3 mosqueteros consiguieron vender su participación en el parque de atracciones durante 2012 a la empresa Aqualandia por un precio de saldo de apenas 67 millones de euros. No era un mal trato para Aqualandia, teniendo en cuenta que la inversión en el complejo mítico hasta ese momento se cifró en un mínimo de 377 millones de euros. Hasta hoy, el parque va funcionando sin demasiado brillo.

Esta es la aciaga historia de Terra Mítica. Una historia llena de triunfos incontestables y de gloria para todos los implicados, como se puede ver. Me encanta cuando los planes salen bien.

Y ahora, ¿por qué no pasamos a hablar del parque en sí mismo? Sí, por qué no. Como su propio nombre indica, la razón de ser de Terra Mítica se apoya en las grandes civilizaciones antiguas del Mediterráneo y sus mitos, aunque en forma de pastiche kitsch de cartón piedra, como de Samuel Bronston desencadenado. En un secarral de Benidorm, al que nadie en su sano juicio iría en verano, puedes encontrar juntas todas las maravillas de Grecia, Roma y Egipto construidas a escala valenciana. Desde el Faro de Alejandría y la pirámide de Keops, hasta el ágora de Atenas, el Circo Máximo y el caballo de Troya. Más de un niño habrá tenido ganas de aprender sobre la mitología mediterránea después de bajarse de las atracciones. Quizá alguien argumente eso a favor del parque. Yo me atrevo a contestar que tal vez, solo tal vez, si se hubiesen invertido los 400 millones de euros directamente en educación, más de un niño se habría interesado también en los orígenes de la cultura occidental. Pero quién sabe.

Volviendo a las míticas instalaciones, entre montañas rusas y obeliscos se alzan dos misteriosas maravillas conceptuales. Si me adentro en el Laberinto del Minotauro, no solo me encontraré con el Minotauro, no. También me encontraré con un auténtico cóctel de referencias, mezclados Cerbero, la Hidra de Lerna o el Jardín de las Hespérides, y tendré que enfrentarme a peligrosas criaturas usando una pistola de luz láser (¿?). La mítica pistola láser. No acaba ahí la cosa, aún queda el Templo de Kinetos, donde podré disfrutar en una pantalla de cine de carreras de coches y naves espaciales (¿¿??). Pero no es una pantalla de cine cualquiera, es una 5D (¿¿¿???). Es decir, no solo experimentaré el tiempo y las 3 dimensiones especiales imbricadas, sino esas 4 y una dimensión extra por el mismo precio, unificando la gravitación y el electromagnetismo en una misma teoría. Ignoro qué clase de genio pudo haber creado semejantes portentos. Aquí me tengo que rendir, por esto sí que vale la pena haber invertido 400 millones de euros.

Terra Mítica está llena de maravillas sin igual, pero el faraón Tutmosis Zaplana y sus sumos sacerdotes del ladrillo se olvidaron de incluir un mito muy revelador: el de Procusto y sus camas. Este buen hombre era un bandido del Ática que ofrecía uno de sus dos lechos al cansado viajero solitario. El primero era muy largo y el segundo muy corto. Si el pobre viajero elegía la cama larga, Procusto le torturaba y descoyuntaba estirándole hasta que lecho y hombre coincidían en longitud. Y si elegía la cama corta, el bandido le serraba las piernas por la parte correspondiente. Un tipo amable.

No se comportaron de forma diferente aquellos que idearon y gestionaron el parque temático hasta su venta. Primero cogieron una idea sin viabilidad ni planificación y la pusieron en su lecho de sueños de grandeza. Como se quedaba muy corta, estiraron y estiraron sin sentido el presupuesto hasta que se adaptó a su locura. Y, cuando el sueño empezó a derrumbarse, lo serraron sin piedad, haciéndolo aún menos viable económicamente.

Desmanes como ese se llevaron a cabo a puñados durante 15 años en Valencia. La Generalitat tiró a un pozo sin fondo de proyectos gigantescos 1.300 millones de euros de dinero público: Volvo Ocean Race, Terra Mítica, Ciudad de la Luz, el aeropuerto de Castellón… Todos ellos enormes en su delirio, insostenibles, caóticos. El gobierno valenciano encaraba la construcción de infraestructuras como si fueran enanos de jardín. Iban a por lo caro, lo ostentoso y lo que no tenía la menor utilidad.

Hoy en día solo quedan deudas millonarias y la resaca de una orgía de construcción sin plan. También quedan los esqueletos de esos sueños de gloria y la sombra de la vergüenza, que los nuevos gobiernos tratan de borrar lo mejor que pueden. Solo queda esperar que nos sirvan de ejemplo. Ya que los verdaderos responsables no van a pagar por su incompetencia, al menos que los nuevos proyectos de construcción y gestión de infraestructuras se basen en las necesidades reales de los ciudadanos, con una planificación adecuada y una escala cabal.

Pero res, non verba.

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