Chamanes

Vamos a fomentar la cultura. A fomentar la cultura, ¡vamos!

Escucho esta declaración de forma constante, pero no siempre significa lo mismo. Puedo oler el peligro cuando “Vamos a fomentar la cultura” significa en realidad “Intentaremos imponer nuestros gustos y nuestra visión del mundo a los demás”.

—¡LA CULTURA; LA CULTURA! [Mueve los brazos enfáticamente] Spoiler: Lo que está diciendo es MI cultura.

Porque la cultura lo es todo. Ni avanza ni retrocede, solo cambia. Creo que es simplista pensar en ella como una manta de la que uno tira para taparse el pecho cuando hace frío; más bien la describiría como una niebla densa que nos cubre. Fuera de la nube, el vacío. Una existencia brutal y aislada de infranimal solitario o de dios, que viene a ser lo mismo. En la niebla está hasta lo más insignificante, están todas las relaciones con semejantes y lo que las rodea, están las identidades, está el género, está incluso tu forma de follar (incentivando unas posiciones u otras, unos orificios u otros…), que construiste según lo que otros te contaron en voz baja, lo que tus parejas te pidieron o, lisa y llanamente, del tipo del porno que viste.

Todavía confunden la nube con una simple alfombra de Alta Cultura (malditas sean las mayúsculas), lo que las élites se guardaban para sí, desdeñando la baja cultura, sobras de las que malvive la plebe analfabeta. Dar a una más valor que a otra es tramposo y falso, y añadiría que también clasista.

Seamos sinceros, la cultura es una ficción. Si mueves los brazos puedes notar que la niebla no es un cuerpo macizo o un fluido viscoso y se disipa. Pero sigamos siendo sinceros, todo lo importante en la vida, como el cine o el amor, es ficción. Ya he dicho que fuera de la cultura existir sería insoportable, inhumano, sería andar desnudo, matar a tu prójimo sin razón y comértelo crudo. No hay que llegar a esos extremos. Lo que quiero decir es que vivamos en la ficción teniendo siempre presente que es una ficción. Supone un pequeño esfuerzo que permite preguntarse si merece la pena humillar, insultar, matar por algún triste puñado de humo.

Pasemos de una ficción a un hecho (controvertido, lo confieso): la humanidad está mejor que nunca. Mejor no significa bien, obviamente, pero midiendo con el baremo más universal, el de la vida y la muerte, esta afirmación parece difícil de refutar. La esperanza de vida es cada vez mayor, las causas más probables de muerte van tendiendo sin pausa desde la agresión y el accidente hacia el desgaste físico y mental de una existencia larga y regalada, el porcentaje de población que muere en conflictos armados es el menor desde que existen datos. Un par de muestras:

  • Las víctimas de la Segunda Guerra Mundial (de nuevo las mayúsculas) podrían alcanzar los 70 millones de personas, el 17’6% de los europeos en 1939. El porcentaje de población mundial que murió durante las invasiones de Gengis Kan sería de hasta el 11’1 %, que supone el 86% de todos los europeos del momento.

  • La pandemia de peste bubónica del siglo XIV exterminó a un tercio de la población europea. La pandemia de gripe de 1918 acabó con el 11% de los habitantes de Europa de 1914. En 2015 las víctimas mortales por gripe supusieron el 0’014%.

Usando otros baremos, el resultado no es tan positivo. La desigualdad creciente y difícil de comparar, contaminación, hambre… Elige el tuyo. Hay una escala que nunca falta: la propia generación. Las siguientes generaciones son un asco y, con algo de suerte, la tuya también. Esto ha sido una constante casi desde el desarrollo de los pulgares oponibles. No resistiré la tentación de citar la famosa frase de Sócrates: “Los jóvenes de hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida y le faltan al respeto a sus maestros.” Y así Platón, Hesíodo, tu cuñado… Toda la vida la misma cantinela.

Si retrocedemos paso a paso en el tiempo nos toparemos con algún chamán casi presocial que estará criticando a la juventud mientras crea en ese mismo instante el concepto juventud. Tal vez se trate de un instinto primigenio que active resortes automáticos al llegar a cierta edad, como negar con desagrado ante la incompetencia de los albañiles en una obra o culpar al conjunto de la raza humana menor de 30 años cuando un adolescente aleatorio no te cede el asiento en el bus.

Y es que, siguiendo con los resortes automáticos, sesgos cognitivos distorsionan nuestras percepciones. Damos mucha más importancia a lo que ha sucedido durante la última hora que a todo el resto de sucesos de la historia de la humanidad: si voy a Pekín y me tropiezo con una baldosa, obviamente el pavimento de toda China es lamentable; si pierdo el tren por 30 segundos, es el peor día de mi vida y el mundo conspira en mi contra. Por eso la juventud de hoy en día es la peor, con diferencia, y el mundo se encamina al desastre y se acerca el apocalipsis.

Del mismo modo, la experiencia individual es la única manera que tenemos de percibir, hasta la futura creación de una mente colmena. Daremos más valor, por tanto, a nuestro punto de vista o al del líder de opinión favorito, lo que no tiene mucho sentido, ya que:

  • La probabilidad de que mi visión del mundo sea la correcta e infalible es de 1 entre 7.000.000.000.000, es decir, del 0’000000014%

  • La de que mi líder de opinión predilecto tenga razón (suponiendo una influencia media sobre 500.000 personas) es de 1 entre 14.000, notoriamente menor que la de que yo gane un Oscar (1 entre 12.200 u 11.500, según las fuentes)

La conclusión es sencilla: si alguien mira a su alrededor y no ve más que idiotas todo el día, no se puede relajar. Es abrumadoramente probable que cuando se mire en un espejo vea otro idiota más. Yo hace tiempo que me he acostumbrado.

Dicho esto, todos hemos pensado más de una vez que cada vez hay más imbéciles viviendo en rebaño, que el interés y el buen gusto está en horas bajas o que las formas de ocio de personas más jóvenes carecen de valor. Pero ¿está estropeada la juventud? Es discutible. Sin duda, no más que ayer o mañana. Es normal sentirse confuso ante nuevos valores y formas culturales, entender al viejo y no comprender al joven es una constante humana.

Respecto a los intereses culturales, élites intelectuales han existido en todo momento y lugar y ¿cuándo ir en contra de la corriente mayoritaria ha sido común? No se me ocurre ninguna época en la que el peso del grupo no haya asfixiado al individuo. Ahora y en los tiempos visigóticos, es costoso desafiar el canon, no solo psicológicamente. Internet y el sector público han reducido el coste económico del conocimiento, pero sigue requiriendo un tiempo y un esfuerzo que no todo el mundo puede permitirse.

Alguien decidió en algún momento que lo profundo era mejor que lo banal (DRAE: adj. “Trivial, común, insustancial.” Es curioso que se dé un matiz negativo a lo común; ¿por qué es peor algo conocido por todos? Insustancial también puede ser ligero o etéreo, como la nube cultural), especialmente a partir del R(r)omanticismo, que en muchos ámbitos no hemos superado. Seguro que hay razones por las que profundidad es superior a banalidad en bastantes momentos, pero salvapatrias, guardianes de las esencias y apocalípticos varios usan y abusan de lo sublime. O, mejor dicho, de su idea de lo sublime. Mientras, desprecian de forma injustificada otras visiones igual de válidas. Se desdeña la cultura de masas por su vertiente de instrumento de control sobre la población con menor educación. No diré yo lo contrario, pero resulta de una ingenuidad sorprendente dar por hecho que la A(a)lta C(c)ultura no es también muchas veces un instrumento de control sobre la población con mayor educación.

Cuestionar y rebelarse (y revelarse) seguirá siendo difícil hasta el tal vez lejano fin de la especie. Al fin y al cabo, si todo el mundo se rebelase, el desafío no sería ya el signo del librepensador, sino el comportamiento estándar. El nuevo revolucionario pasaría a ser aquel que siguiese órdenes sin replicar.

P. S. He caído miserablemente en mi propia trampa. ¿Qué posibilidades hay de que mi visión sea la correcta?

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