Grecia, la tumba de la civilización occidental

La palabra Grecia tiene todavía, a día de hoy, un eco evocador: Tiene aún el poder inequívoco de hacernos imaginar las cruentas batallas que Dioses y Titanes llevaban a cabo por la disputa de la tierra conocida. Es todavía ese afrutado vino que degustamos en nuestro paladar y que nos rescata de los genes las grandes fiestas dionisíacas en honor del dios Dionisio. Es aún el recuerdo de sus dos grandes bases culturales: la Civilización Cretense o Minoica y la Micénica. Nos vislumbra la majestuosidad del arte primitivo occidental al poseer cuatro de las siete grandes maravillas del Mundo Antiguo: el Templo de Artemisa, la Estatua de Zeus en Olimpia, el Mausoleo de Halicarnaso y el Coloso de Rodas. Hacemos nuestra la traición que sufrieron los troyanos y vislumbramos la Troya ardiendo con un color especial en nuestras retinas.

Surcamos los mares con Ulises de vuelta a Ítaca. Nos inspira ver cómo la lógica y la razón llevaban el hilo conductor de las grandes tardes de debate en el ágora, cultivando con su sabiduría la mente de los allí presentes, idéntico a lo que podemos ver en Tele 5 hoy día. Es la civilización que vio nacer al sistema político más igualitario y representativo, al menos en teoría, del mundo: la Democracia. Sirve de ejemplo porque fue capaz de demostrar cómo durante los Juegos Olímpicos las ciudades-estado que guerreaban firmaron treguas para que sus deportistas tuvieran un viaje más seguro hasta Olimpia, posibilitando que el deporte acercara y uniera aún más a las personas. Sobre las ruinas de sus grandes teatros, todavía podemos percibir el eco que dejaron aquellos actores del pasado que, dando vida a los grandes personajes de Esquilo, Sófocles y Eurípides, regaron con sus lágrimas catárticas los cimientos de un arte inmortal que a día de hoy aún se resiste a morir. Mantiene aún vivas las enseñanzas que en su día dictaron las tres grandes figuras del pensamiento clásico: Sócrates, Platón y Aristóteles. Nos evoca las epopeyas de Alejandro Magno, que con un ejército de 40.000 aliados griegos, se lanzó a la conquista del Imperio Aqueménida en su guerra de venganza por las injurias que estos infligieron a los griegos durante décadas (comúnmente denominado Primer Imperio Persa), llegando hasta las puertas de la mismísima India y favoreciendo un intercambio cultural entre occidente y oriente que dura hasta nuestros días. Y, finalmente, inspiró y sirvió de espejo al imperio más organizado, influyente y decisivo de la historia: el Imperio Romano.

Pese a todo este poderoso legado cultural e histórico, Lord Byron se encargó de desmitificarnos el mito romántico griego, con motivo de su viaje a territorio heleno para combatir durante la Revolución Griega (1821-1832) contra los otomanos en 1824. En aquella Grecia sublevada contra el yugo turco no se respiró la lucha de la razón y de la unidad que caracterizó a la Grecia que derrotó a los Aqueménidas en las Guerras Médicas, sino la toma de poder y de intereses. Ante esta situación Lord Byron desistió y finalmente murió durante su sueño revolucionario.

Es evidente el poder transformador que posee el tiempo. Buenos vinos que con el transcurso de los años ganan en calidad, pero luego por el otro lado las células humanas que con los años enferman y se vuelven viejas y caducas. La decepción de Byron ya nos atisbó, metafóricamente, la situación que tendría Grecia casi dos siglos después:

Una Grecia abatida social y económicamente e inundada por un elevadísimo descontento social. Una Grecia que aún llora al joven Alexandros Grigorópulos, asesinado a manos de las fuerzas del Estado durante las revueltas del 2008. Siendo líder en las tasas de desempleo de la UE y de desempleo juvenil, por delante de España en ambos casos. Con tres rescates financieros por parte de la Troika (Comisión Europea, FMI y BCE) en menos de cinco años (2010/2011/2015), el último heroicamente cuasi evitado por Syriza (Coalición de la Izquierda Radical) mediante un referéndum en el que ganó un rotundo “No”, pero en el que finalmente debió de obviar el resultado por la imposibilidad de solventar la situación de forma autosuficiente. Un país convertido en un muro de contención debido al acuerdo de la vergüenza entre la UE y Turquía, que ha atrapado en la península a unos 54.000 refugiados y solicitantes de asilo provenientes de Oriente Medio y a más de 11.000 en la islas del Egeo (respecto a estas últimas, rebasando su capacidad). Un mar Egeo cuyas aguas ya no nos susurran las aventuras de Ulises de vuelta a Ítaca, sino que nos evoca más bien al río Estigia, inundado por los cadáveres de aquellos desgraciados que, al parecer, su único delito ha sido querer huir de la guerra que asola su patria. Un país donde Amanecer Dorado ha recibido el calor y la acogida de una parte de una sociedad cansada y harta de los recortes y de la austeridad, siendo además una de las fuerzas predominantes en el parlamento griego. Donde esta ultraderecha radical culpa a los inmigrantes de que Grecia esté siendo expropiada a los griegos. Donde sus legiones marchan por las calles de Atenas con antorchas en mano al más puro estilo del Ku Klux Klan, infundiendo miedo en el corazón de las personas que presencian semejante disparate y con un discurso de odio como bandera. Un país al que aún le persigue amenazadoramente la sombra del Grexit. Con un nacionalismo in crescendo que reclama la soberanía histórica de la figura de Alejandro Magno y del nombre de Makedonia, y tacha a la Antigua República Yugoslava de Macedonia de usurpar vilmente su identidad cultural. Una Grecia cuya capital tiene aún la desfachatez de vender su imagen al mundo de la forma más resort y turística posible: con sus céntricas calles inundadas de homeless en los alrededores de la Plaza Monastiraki, con auténticas hordas de toxicómanos en los alrededores de la Plaza de Omonia, con conductores que prácticamente deciden perdonarte la vida cada vez que tienen que hacer un ceda el paso y dejarte pasar, con camionetas policiales delimitando las 24 horas el perímetro del barrio anarquista de Exarcheia y cuyo centro neurálgico está atestado de personas refugiadas, con gases lacrimógenos a modo de ambientador callejero, con edificios de varias plantas completamente vacíos y abandonados a su suerte por la crisis financiera, con ejércitos de fascistas y de anarquistas disputándose las calles de la capital, y respirando parte de sus ciudadanos una pizca de infelicidad mezclada con estrés que dibuja en sus rostros un boceto munchiano. Todas estas cosas generan un contraste expresionista a la vez que vergonzoso.

El pasado esplendoroso de Grecia ya se difuminó con el transcurso de los siglos. El último vestigio romántico de aquella época, el Partenón, vigila a la capital helena y ejerce de perro guardián protegiendo de la noche a las personas que, al igual que él, desean dejar una huella duradera y transgresora en nuestra historia.

Grecia, el lugar en el que nació la cultura occidental, es en la actualidad su propia tumba. Pero no desearía acabar este artículo con triste final, porque una cosa que en otros países europeos no sucede, es que en Grecia se respira lucha.

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