Historia de un número

El cielo estaba despejado y las estrellas lucían con todo su esplendor. El reflejo de la luna sobre el mar le daba un misticismo que escondía lo oscuro de los sueños que habían quedado atrapados bajo sus aguas.

Era hora de embarcar. Cientos de personas se abalanzan para tomar sitio. La barca no parece capaz de transportar tanta gente. Consigo hacerme hueco entre la muchedumbre. Los niños lloran asustados, sus madres les tratan de transmitir una falsa seguridad que sus ojos desenmascaran. El hacinamiento es terrible, casi no tengo espacio. Miedo. Pero ya no hay vuelta atrás. Un último escollo me separa de mi destino. Después se acabaron las persecuciones, las fronteras, las largas caminatas sobre unas sandalias que no dan más de sí. Eso es lo que me han prometido y es lo que me hace seguir adelante.

Cuando tenga un trabajo traeré a mi familia, pero ellos no tendrán que pasar por todo esto. Pienso en mis hijos jugando en los campos, en la sonrisa de mi mujer. Cuando ella sonríe, el mundo, mi mundo, se para. Ellos se merecen el cielo, y no voy a descansar hasta dárselo. Muchas cosas han pasado desde la última vez que pude abrazarlos, pero su recuerdo es tan nítido en mi cabeza que pareciera que están aquí, conmigo. Pero no están, y viendo el miedo en los ojos de las familias a mi alrededor pienso que es mejor así.

Ya a bordo, descubrimos que este barco no tiene capitán. Alguien sin nombre, como yo, o como cualquiera de los que nos acompaña, toma las riendas. El destino de todos nosotros está en sus temblorosas e inexperimentadas manos. Partimos. Una peligrosa travesía nos separa de la otra orilla del mar. Lejos de desvanecerse, el miedo se hace más latente cuanto más cerca vemos las luces que nos sirven de guía. La gente a mi alrededor abraza a sus seres queridos, como queriendo construir una coraza que les proteja de la oscuridad. Algunos rezan, mirando al cielo. Otros parecen buscar lugares seguros en su memoria, cualquier cosa que les sirva para evadirse de la situación. Yo, observo. Hace tiempo que dejé atrás a Dios. Mejor dicho, que él me dejó atrás a mí.

La suerte, discontinua compañera de viaje, nos sonríe esta vez dándonos un mar en calma. Aún así, sus oscuras y frías aguas provocan un pavor que se inserta en lo más profundo del alma. La costa se ve cada vez más cerca. Una luz se dirige hacia nosotros, parece otro barco. Un revuelo generalizado impregna el ambiente. Las corazas construidas se resquebrajan, se puede sentir, como el primer trueno que anuncia la tormenta. El barco se aproxima, el revuelo se intensifica. Desde el barco nos llaman a la calma en varios idiomas, pero el alboroto se ha instaurado. Gritos. Pavor. Desasosiego.

Finalmente, la tormenta se desata. Pareciera que el propio Satanás hubiera dejado sus quehaceres para mirarnos fijamente a los ojos a cada uno de nosotros. El barco vuelca. Cada uno se agarra a lo que puede. Desde el barco nos lanzan chalecos salvavidas, la gente pelea por cogerlos. Algunos consiguen subirse al barco, varios cuerpos sin vida flotan en el mar, la mayoría seguimos luchando por mantener la cabeza fuera del agua. Acercarse al barco parece tarea imposible, cientos de personas se interponen entre él y yo. Sigo luchando, no tengo otra alternativa. Alguien se sube a mi espalda, me hundo. Consigo volver a flote. Cada vez se ven más cuerpos sin vida. Una mano aferra la mía. Me suben al barco. Con las pocas fuerzas que me quedan, ayudo a otros a subir. Una madre me da a su hijo, por ella no puedo hacer nada, se hunde. Lo miro a los ojos y veo los ojos de mi hijo en él. Ahora, mis compañeros de embarcación se dividen entre los que estamos en el barco y los que flotan, inertes.

Nos dirigimos a tierra firme. Tirito y me dan una manta para evitar la hipotermia. Como tantas veces antes, la imagen de mi familia en mi cabeza es lo único capaz de dar abrigo a un frío que sale de dentro. Al llegar, voluntarios se apresuran a ayudarnos. En sus ojos se puede ver la empatía, y también desvelan que no es la primera vez que ven algo así. De todas formas no creo que puedan entender nada. Un periodista se acerca a tomar fotografías de nuestros cuerpos, aún compungidos por lo que acabamos de vivir. Imagino el reportaje que va a escribir y me pregunto si alguien es capaz de comprender un libro leyendo únicamente el último capítulo.

Poco a poco, el miedo, la tristeza y el cansancio van dando pié a un fuego de esperanza en mi interior. Había llegado. El camino había llegado a su fin, estaba en la tierra prometida. Nos informan que nos van a llevar a un centro donde van a realojarnos temporalmente para analizar nuestras situaciones de forma individual. CIE se llama el centro. Llegamos. Altos muros nos separan del exterior. Pienso que más que un centro de acogida parece una cárcel. El tiempo acabará dándome la razón.

Nos distribuyen en varias habitaciones, yo comparto la mía con otros 7, la mayoría ya llevan ahí varias semanas y algunos han pasado varias veces por CIEs. Ellos nos cuentan un poco cómo funciona. Vamos a estar ahí encerrados un máximo de 60 días. De aquí hay dos formas de salir: la primera, y para la que estos centros fueron diseñados, deportado. Un escalofrío recorre mi cuerpo. ¿Volver al punto de partida? No, no ahora que ya estoy aquí. La segunda, sales libre a la calle. Eso no significa que no puedas acabar otra vez dentro, pero para ello tendrán que tramitar una nueva solicitud de deportación. Parece que la tierra prometida no era tan amable cómo nos habían contado. La áspera voz de otro compañero suena desde una de las camas “Hay una tercera vía. Yo estaba ahí. A Idrissa lo dejaron morir. Y no ha sido el único caso. Para ellos valemos menos que el ganado” sentencia.

¿Dónde estoy? ¿Qué he hecho para acabar aquí? ¿Qué va a ser de mí? Estas preguntas rondan mi cabeza mientras caigo en un sueño profundo. La verdad es que hacía mucho tiempo que no dormía en una cama. Un fuerte pitido se mete en mi cabeza y me saca de mis sueños. Todo el mundo se incorpora. Los nuevos estamos asustados, los veteranos parecen acostumbrados. Se abre la puerta. Todo el mundo corre. Yo me quedo rezagado, un guardia me pega con su porra, entonces yo también corro. Llegamos al comedor. El desayuno. En el comedor, los compañeros comentan que están pensando hacer un motín. Ya no aguantan más. A mí siempre me han dicho que me quede fuera de la política. Así te ahorrarás problemas. Pero, ¿acaso no estaba ya en la boca del lobo?

Empiezan a llamar a varios internos. Los murmullos del resto me dan a entender que van a informarles de su situación, a muchos de ellos los meterán en un avión de vuelta a una tierra que nunca les ofreció oportunidades. Un sudor frío recorre mi espalda al oír mi nombre. Mi cuerpo, rígido y medio paralizado se dirige a la habitación. Varias manos tocan mi espalda dándome ánimos.

Entro y me invitan a tomar asiento. Tres personas están sentadas al otro lado de la mesa. En la puerta, un policía vigila. La habitación, blanca, está mínimamente decorada. Desde la pared, un retrato parece mirarme. Uno de los hombres empieza a hablar, otro traduce. Me hacen saber que están tramitando mi deportación. Mi corazón se para y creo desmayarme. No acierto a decir nada. Una lágrima de rabia y desesperación asoma y recorre mi mejilla, cayendo sobre la mesa. Todo ha quedado en silencio, un silencio que parece eterno. Como no tengo palabras, el tercer hombre habla. Por el traductor me entero que voy a pasar a hablar con una asistenta social.

Entro en otra habitación. Esta vez sólo estamos la asistenta social y yo. Sus ojos parecen mucho más amables que los de los tres hombres. Me dice que va a intentar ayudarme. Me presenta unos papeles y me explica que son una solicitud de asilo. Me explica que no hay muchas posibilidades de que me lo concedan, pero que si conseguimos ganar tiempo recurriendo, quizás podamos llegar al máximo de sesenta días que me pueden tener ahí retenido. Firmo.

Estoy harto, y ahora me piden paciencia. Ya no puedo más. ¿Por qué nadie hace nada? ¿Acaso más allá de estos muros saben lo que está pasando aquí? Para tranquilizarme vuelvo a pensar en la sonrisa de mi mujer. El recuerdo ahora parece más difuso, eso me desgarra aún más. Decido sumarme a los preparativos del motín.

Tres días más tarde empieza todo. Tras el pitido de la mañana nadie se levanta. Un segundo pitido. Esta vez todo el mundo se abalanza sobre los guardias. Una lluvia de rabia contenida cae sobre ellos. Se oye un disparo al aire, advirtiéndonos para que paremos. Ya es demasiado tarde, todo se ha desatado y no tenemos nada que perder. La muchedumbre corre hacia el comedor. Yo paro un momento. De repente, un guardia que se había quedado en el baño aparece frente a mí, blandiendo su porra y con los ojos fuera de sí. No tengo tiempo para reaccionar, su porra se estrella contra mi cabeza. Mientras caigo al suelo, la nitidez vuelve y veo a mis hijos, jugando bajo la atenta mirada de mi mujer. Su sonrisa, como siempre, para mi mundo. Me pregunto si alguien alguna vez contará nuestra historia. Todo negro. Caigo en coma.

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