Simulación maligna o el genio de Descartes (Parte I)

El nacimiento de los demonios debió ser a la vez que el de los dioses. Quizá fuesen gemelos: ambos conceptos aparecen en cualquier cultura humana pasada o presente.

Al principio los diablos fueron necesarios para explicar el mal. Tal vez “mal” no sea el concepto adecuado. Mejor decir que fueron necesarios para encontrar cierto equilibrio. Dioses eran el sol y la lluvia, que daban vida, y demonios eran los espíritus que entraban en el cuerpo y daban muerte.

Esta multiplicidad de lo sobrenatural se explicaba por la ignorancia de las causas. Conforme íbamos encontrando más explicaciones, los demonios se ocultaban cada vez más dentro de nosotros. Algunas instituciones trataban de sacarlos con sermones o con instrumentos de tortura. Sin embargo, cada siglo estaban más y más dentro y era más y más difícil sacarlos. Tan profundo llegaron que el demonio resultó ser nosotros y el infierno era esto. A la posesión se le fue cambiando de nombre: histeria, subconsciente, esquizofrenia… Los demonios fueron retrocediendo porque los dioses también lo hicieron. Los dioses cambiaron aunque de una forma más sutil. Baste comparar la imagen del demonio en el Malleus maleficarum (1487), un manual para la caza de brujas influyente por 200 años, con la imagen de Dios en “Las moradas” (1577) de santa Teresa de Jesús, que sigue siendo leído y admirado hoy en día.

Los dioses hoy (en la cultura occidental) se han retirado más allá de la frontera de lo comprensible, una frontera que poco a poco va avanzando, y ahí deben estar. Los demonios, en cambio, se han diluido en la responsabilidad personal de los cuerpos y las mentes y el mal ya es un concepto perfectamente humano. Este no ha sido un proceso fácil ni rápido. Muchos hombres trabajaron cerca de la frontera palpable o cerca de la frontera metafísica a favor de lo natural frente a lo sobrenatural.

DESCARTES

Uno de estos hombres fue René Descartes, pocos lo negarán. Cometió muchos errores, pero contextualicemos: vivió en el siglo XVII, una época de guerras religiosas y de caos. A pesar de sus inexactitudes (o tal vez gracias a ellas), Descartes se merece respeto por haber señalado el camino de la ciencia y filosofía rigurosas.

Su familia poseía una notable riqueza, lo que le permitió cultivar su mente y no legumbres y trabajar con la cabeza y no con las manos. Viajó mucho en su juventud tras pasar por la universidad hasta asentarse en Ámsterdam por 2 décadas, entonces capital de un imperio en expansión. Allí llevó una vida tranquila y productiva. En un intervalo de solo 4 años publicó dos libros fundamentales para el pensamiento occidental: “El discurso del método” (1637) y “Meditaciones metafísicas” (1641); a partir de ahora DM y MM, respectivamente.

Sin buscarlo especialmente, su fama se extendió por las cortes europeas y, en 1649, fue llamado a Suecia por la reina Cristina para que le diera clase.

Descartes, ilustre perezoso, no fue capaz de soportar ni las espartanas lecciones reales diarias, que empezaban a las 5 de la mañana, ni el clima nórdico y parece ser que murió de neumonía tan solo 5 meses después de llegar. Digo “parece ser que” porque hay sospechas de que en realidad fue asesinado por un capellán reaccionario de la corte sueca, debido a posturas intelectuales irreconciliables. La mezcla de las ideas racionalistas de Descartes y su cercanía con la reina debió ser tan insoportable para el señor cura que (supuestamente) bañó en arsénico la oblea de una de las comuniones diarias de nuestro filósofo.

Cierto o no, la agonía de Descartes, llena de vómitos y dolores insoportables, no suele ser un síntoma de las neumonías. En fin, ya he entrado demasiado en el territorio de la leyenda. Tendré tiempo de desvariar más adelante, así que vuelvo a los libros y las doctrinas.

EL MÉTODO

No fue el primero en dudar, pero sí el que lo hizo con más éxito hasta entonces. La aparición de DM pone de manifiesto la notable capacidad de razonar de Descartes y su audacia para ir un paso más allá que muchos de sus contemporáneos. Un paso más allá en el camino de la duda: la duda metódica. Un resumen sería el siguiente:

  • A veces los sentidos me engañan. No puedo fiarme de algo que alguna vez me ha engañado.

  • Muchos hombres se equivocan en las cosas más simples. Yo me doy cuenta de sus errores. Sin embargo, yo soy un hombre igual que ellos, así que puedo equivocarme igual que ellos.

  • No soy capaz de distinguir cuando sueño de cuando estoy despierto.

Es difícil tumbar estas afirmaciones. Pero lo que me resulta curioso es la mezcla de humildad y prepotencia que resulta de aplicar la duda metódica al resto de las doctrinas cartesianas. Como buen racionalista, para Descartes el área de influencia del pensamiento se solapaba a la perfección con el área de influencia de la realidad, sin zonas en sombra ni fronteras entre ellas. Bendita ingenuidad.

Por tanto, no existe un límite al conocimiento si vas ascendiendo peldaño a peldaño la escalera de la deducción razonada, siempre y cuando partas de una primera certeza lo bastante sólida. Ahí estaba el problema. La Razón te permite conocerlo todo, pero ¿hay algo que conocer? Joder, ¿existes tú realmente, un sujeto capaz de conocer? Una de arena, pero muchas de cal.

No se puede culpar a Descartes por su optimismo epistemológico. El tipo escribió hace 400 años (¡400!). De hecho, ese optimismo en sí fue un logro tremendo, justo lo que hacía falta para sacudirnos las telarañas escolásticas y empezar a construir. Pudo haber estado en lo cierto, lo importante fue que intentó averiguarlo. Dio por hecho la posibilidad del conocimiento total y se centró en el problema de la certeza, ya de por sí interminable. Otros ya se encargarían de tirar por tierra el conocimiento total y el matrimonio pensamiento-realidad, pero eso no le quita mérito al francés. El mérito de estar haciéndome pensar muy duro llevando más de 3 siglos vestido con el pijama de pino.

Sin duda le faltaba perspectiva, como me falta a mí respecto de la que seguramente tendrán los hombres en el futuro. Poco a poco, el orgullo del ser humano de estar en el centro de algo o ser especial resultó ser falso. La Tierra no es el centro del universo. El Sol no es el centro del universo. La Vía Láctea no es la única galaxia. Ni la Tierra ni las especies son inmutables. La aparición de la vida no fue un acto único y dirigido. Las especies cambian por puro azar y sobreviven aquellas que se adaptan mejor a su ambiente. El hombre no es diferente a las demás, ni en su aparición ni en su evolución. Lo sé, un burdo resumen. Quiero decir que, dados estos antecedentes, ¿a alguien le sorprende que la arrogante pretensión de que somos capaces de conocer la realidad por completo a través del pensamiento y la razón no sea cierta? No es cierta, al igual que la idea de que no somos capaces de conocer nada, inmovilista. Al menos, el racionalismo estaba a la vanguardia de un movimiento que nos ha llevado a descubrir cosas asombrosas.

Y es que la realidad está resultando ser un animal esquivo, salvaje e irracional hasta unos extremos que Descartes no hubiera sido capaz de imaginar. Ni Descartes ni nadie, vamos. Ni siquiera Einstein, hoy una especie de dios cientifista, pudo aceptarlo cuando lo tuvo delante de los ojos.

Entonces yo, un pobre tonto, un pelele, ¿cómo voy a escapar siquiera del juego lingüístico? Realidad es una palabra, una construcción. Como dijo Niels Bohr, la palabra “realidad” es una palabra, una palabra que estamos aprendiendo a usar correctamente, siempre por las malas. Lo que quiero decir realmente con “realidad” no lo puedo expresar con una palabra, porque entonces lo estoy simplificando y reduciendo a los límites de mi cerebro, cuando los excede. Ni siquiera me sirve llamarlo todoloqueesfueraydentro (dentro y fuera de mi yo, se entiende (no está muy claro aún lo que es el yo ni si es mío ni lo que es mío ni si hay frontera entre yo y no-yo (nota mental: suicídate))), pero no puedo hacerlo mejor. Pues bien, aquella coincidencia que exista entre mi pensamiento y todoloqueesfueraydentro (que soy incapaz de concebir completo) es pura suerte, producida por los avatares azarosos de la evolución desde la bacteria hasta mí.

Estoy metido en una espiral infernal de explicaciones. Más vale que salga o descenderé a la locura.

¡LA DUDA! Vuelvo a la duda. Descartes consigue ponerle punto final a la búsqueda de certeza bastante rápido con dos argumentos en apariencia simples.

  1. Dudar es no saber si algo es verdadero o falso, por tanto se sabe que ese algo es verdadero o falso. Parece muy sencillo y roza la tautología, la conclusión se percibe insegura. Hoy sabemos que no solo existen esas dos categorías; algo puede ser verdadero y demostrable, verdadero e indemostrable, falso y demostrable, falso e indemostrable y ni verdadero ni falso (me permito en este humilde escrito sin pretensiones mezclar categorías semánticas y sintácticas). Quizá nuestro pensador no acertase en el centro de la diana, pero disparó, en mi opinión, en la dirección adecuada. El razonamiento apunta a que la propia acción de dudar demostraría directamente la existencia de un exterior. Más adelante daré mi opinión detallada, por ahora voy a decir que estoy de acuerdo con que la propia duda demuestra que hay un exterior al dudador, pero la demostración no es directa. Por otra parte, la propia duda no garantiza que el dudador exista. Pero no nos adelantemos.

  2. Pienso, luego existo. Descartes también confirma la existencia de un interior, de un yo, a través de la duda metódica. Esta archiconocida frase está seguro entre las más citadas de la historia del pensamiento. Aquí es donde más difiero con el pensador francés: creo que no es en absoluto posible estar seguro de que el yo pensante exista, con duda o sin ella. Y no me refiero a que mi yo pueda no ser nada, en otros artículos utilizaré el concepto de simulación de conciencia para ser más claro.

Este par de razonamientos atacan los problemas de la percepción y la existencia, que todavía nos atormentan. Sin embargo, puede que no sean lo más importante de DM. Descartes fue criticado, incluso acusado de plagio, por no citar sus influencias ni otorgar mérito a otros hombres brillantes que trataron las mismas cuestiones antes que él, como Gómez Pereira o Francisco Sánchez el Escéptico (imagínate lo escéptico que debía ser para que le apodasen así).

No puedo escribir el famoso “pienso, luego existo” sin colocar a san Agustín como precedente de la importancia de la introspección para el conocimiento. Para el norteafricano, Bulldog de la Iglesia más que Doctor de la Iglesia, la duda también garantiza la existencia del dudador, pero más como un regalo del Dios bondadoso que desde un punto de vista cognitivo, digamos.

Pero hay DM más allá de la metafísica ya desde el título del libro: “Discurso del método para conducir bien la propia razón y buscar la verdad en las ciencias”. Esa búsqueda de la verdad en las ciencias lleva al Descartes a construir los cimientos del método científico moderno, basado en el rigor, la experimentación y la comprobación constante. Además, trata de transferir esa precisión y solidez conceptual de las matemáticas al resto de las ciencias, aportando instrumentos que aún son útiles hoy.

De todas maneras, no quería tratar yo aquí la extraordinaria aportación de Descartes a las matemáticas y a la ciencia, así que volveré en la próxima entrega a la duda metódica y al siguiente paso para superarla.

Sigue en la segunda parte y en la tercera.

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