Simulación maligna o el genio de Descartes (Parte II)

Viene de la primera parte.

En esta entrega ya me meto en algún que otro terreno pantanoso: ¿Cómo se puede demostrar si Dios existe? ¿Cuál es la verdad detrás de la percepción humana? Minucias, vamos. Todo ello siguiendo los pasos de nuestro entrañable pensador francés.

UN DIOS NECESARIO

Hacía falta un nexo muy especial para unir y asegurar las existencias de interior y exterior del yo. Tan especial que tuvo que ser divino. Descartes era un hombre profundamente religioso, lo que es comprensible por la época en la que nació. No resulta chocante, entonces, que recurriese a Dios para conseguir algo de certeza. Muchos grandes hombres han caído en esa tentación y nuestro filósofo carecía de muchas herramientas mentales que han ido trayendo siglos de reflexiones, de las que yo me estoy aprovechando.

Debió tener claro enseguida que demostrar la existencia de Dios le ahorraría muchos problemas. Un ser divino, perfecto y omnipotente puede borrar unas cuantas molestas incertidumbres. Era fácil dejarse llevar por la inercia de la teología. Como he dicho, es bastante comprensible. No se pueden perdonar tan fácilmente las razones que utilizó. Que un hombre de su genio tuviera que recurrir a algo tan burdo como el argumento ontológico es incluso triste.

Esta demostración peinaba canas ya en el momento de la publicación de “Discurso del método” (DM) y “Meditaciones metafísicas (MM); sobrepasaba con holgura los 500 años. San Anselmo de Canterbury dio a luz la primera versión a finales del siglo XI, nada menos. Lo puedo resumir así:

  • No se puede imaginar algo más grande que Dios.

  • Tengo una idea de Dios en la mente.

  • Algo que existe como idea y en la realidad es más grande que algo solo existente como idea.

  • Si Dios no existe en la realidad, podemos imaginar algo más grande que Dios.

  • Pero no es posible imaginar algo más grande que Dios.

  • Entonces Dios existe sí o sí.

Demasiado fácil, ¿no? La conclusión tiende de forma sospechosa a “si quieres que dios exista no tienes más que cerrar los ojos y desearlo muy fuerte”. ¿Soy el único al que le parece que hace aguas? No, no soy el único. La intelectualidad cristiana puede hacerlo mucho mejor. Ya el monje Gaulino de Marmoutiers, contemporáneo de san Anselmo, hizo una primera objeción con bastante puntería. Se la conoce como la refutación de la isla perdida:

  • Piensa en la mejor isla posible, una que contenga todos los dones y sea inmejorable.

  • Casi seguro que esa isla no existe.

  • Por tanto, no podemos estar pensando en la mejor isla posible. La mejor isla posible tiene que existir porque la existencia es una característica deseable y la Isla Top posee todas las características deseables.

  • Como ahora sí estamos pensando en la mejor isla posible, entonces la Isla Top existe sí o sí.

Una reducción al absurdo impecable. Simplemente cambiar la palabra “Dios” por cualquier otra pone de manifiesto el fracaso del argumento ontológico. Vale para islas, para tigres, para bolígrafos. Para cualquier cosa. Además, el bueno de Gaulino demuestra un sentido del humor que no debió sentar muy bien a los Jorges de Burgos de la época.

Kant fue el que terminó de hundir el argumento ontológico (aunque, sorprendentemente, hombres brillantes lo seguirían usando hasta bien entrado el siglo XX). 6 siglos después, continuó el camino abierto por Gaulino con la transparente precisión conceptual que caracterizaba al de Kaliningrado. Lisa y llanamente:

  • La existencia no es una característica que aporte nada a la perfección, no es mejor que la no existencia. No tiene sentido decir que un ser es necesariamente existente.

  • Si se exige la existencia de Dios desde el principio, entonces concluir después que Dios existe no aporta ninguna información adicional y es un razonamiento tramposo.

Los que usan el argumento ontológico se están haciendo trampas al solitario, nos dice Kant. A la muerte de Descartes aún faltaban más de 130 años para la publicación de “Crítica de la razón pura”, pero eso al francés no puede servirle de excusa. Se valió de un instrumento ya caduco en el siglo XVII y que generó dudas desde el momento de su planteamiento. El argumento ontológico no pasó la prueba del tiempo y es incapaz de sostener cualquier intento serio de especulación filosófica. Mucho menos la certeza del conocimiento humano.

En mi opinión, la única manera de introducir con rigor la posible existencia de un dios en un debate es hablando sobre la causa primera: ¿Empujó algo al universo a la existencia? Todavía hoy nos resulta muy complicado a los agnósticos y ateos contestar a esta pregunta, lo digo con total sinceridad. Conforme se van encontrado herramientas (retóricas y científicas) para refutar la existencia necesaria de lo sobrenatural, la duda se va retirando paso a paso, sin desaparecer nunca. Tal vez esté ya fuera de los límites de lo que podemos comprender. Es posible, pero siempre tendremos que seguir pensando hacia adelante con audacia, buscando extender el territorio a este lado de la frontera.

Puedo decir algo en descargo de Descartes y es que apenas unos años antes de la aparición de sus grandes libros habían juzgado a Galileo en Roma y la Inquisición francesa (¡Sorpresa! No solo estaba en España) había realizado su actuación más famosa: el sospechoso caso de las endemoniadas de Loudun. Es posible que nuestro hombre simplemente quisiese evitar los problemas. Pudo pensar, con buen criterio, que si no entraba en polémicas religiosas, le dejarían escribir tranquilo sobre lo demás. Es probable que no lo sepamos nunca.

Lo que sí sabemos es que el título original de DM era “Tratado del método” y que lo cambió en el último momento para dar a entender a los poderes fácticos de su tiempo que solo quería hablar, solo discutir un rato, y no enseñar. ¿Hay algo de verdad en esta suposición? Sea lo que sea, todos los grandes racionalistas eran cristianos de una forma u otra y necesitaban un ser divino. Sin embargo, siempre me ha dado la impresión de que Descartes no se esforzó en absoluto en su demostración de la existencia de Dios y utilizó unos argumentos sorprendentemente toscos comparados con los que aportó al conocimiento científico. Creo que podría haber ofrecido algo más original y se lo guardó para no meterse en líos peligrosos.

No hay duda, no obstante, de que su teoría necesitaba de un demiurgo perfecto. Así sorteaba otro tipo de líos peligrosos, estos sin sotana. De conformarse con la demostración de una causa primera sin omnipotencia de por medio, la sombra de un límite al conocimiento humano hubiese sido demasiado alargada. Una evolución azarosa en lugar de un ingeniero-albañil sobrenatural supone aceptar que, de haberse dado otras circunstancias, lo que consideramos verdadero podría ser diferente, al cambiar nuestras mentes. Verdaderamente resbaladizo. De esta forma, el racionalismo queda en una posición precaria que Descartes no estaba dispuesto a permitir. Sin certeza absoluta ni escalera de la Razón que valgan.

EL GENIO MALIGNO

Llego a un cambio clave en el pensamiento de Descartes que es la razón de ser de este artículo (parece irónico después de toda la cháchara metafísica que llevas 2 artículos soportando). Hace su aparición brevemente en la primera meditación de MM y se trata en profundidad en la cuarta.

El libro trata de nuevo los temas de la duda metódica, la resolución en “pienso, luego existo” y la demostración de la existencia de Dios. En este último punto, Descartes nos da ahora en la tercera meditación algo un poco más interesante que un regurgitado argumento ontológico. Algo, ¿cómo decirlo?, más cognitivo. Esta vez su razonamiento se desarrolla tal que así:

  • ¿He creado yo todas mis ideas? Porque cada idea tiene una causa que la produce.

  • Presupongo que yo he creado todas mis ideas.

  • ¡Maldita sea! Hay una idea que no he podido crear yo: la idea de infinito. Para ser la causa de la idea de infinito tendría que ser infinito yo mismo.

  • No puedo ser infinito porque tendría que ser perfecto y no soy perfecto porque me equivoco constantemente.

  • La idea de infinito no puede consistir solo en negar lo finito, porque pensar en lo infinito es mucho más difícil que pensar en lo finito.

  • La idea de infinito tiene una causa y no soy yo. Entonces es una causa externa, superior a mí.

  • Solo puede haber un ser infinito y perfecto: Dios. Dios es la causa de mi idea de infinito. Por tanto, Dios existe sí o sí.

Al menos es un razonamiento original y toca algunos temas con acierto. Sin embargo, falla en lo más importante. El concepto de infinito es muy complejo y hasta más de dos siglos después de la muerte del francés no se empezaría a comprender su comportamiento. Descartes está en lo cierto en el paso 5, es un axioma de mérito: el infinito es una criatura demasiado extraña como para ser una simple negación.

No obstante, ya en el paso 3 las cosas se han torcido. ¿Por qué no se va a poder tener una idea de infinito si uno es finito? Sería lo mismo decir que para tener una idea de lo que es un elefante hay que ser un elefante. Absurdo.

No voy a cargar a nuestro estudioso con más culpa de la que le corresponde. Después de Georg Cantor, ya podemos asegurar que relacionar la infinitud con la perfección es incorrecto. Gracias a él sabemos que hay muchos infinitos y (¡horror!) unos más grandes que otros. Después de Georg Cantor lo podemos saber, digo, y no antes; Descartes ni podía imaginarlo.

Supongamos que un ser infinito es perfecto. Vale. ¿Pero qué tipo de infinitud? ¿Como la de los números ordinales? ¿O más grande, como la de los números irracionales? Si hay varios infinitos, entonces habría varias perfecciones, lo que contradice la idea misma de perfección. Aun así, supongamos que hay varios seres infinitos y perfectos. ¿Serían todos dioses? ¿Cuál sería el creador? ¿O crearon en equipo? La pesadilla del racionalismo, que necesita de un Ordenador divino infaliblemente veraz. Si hay varios dioses, podrían estar enfrentados, usándonos como campo de batalla.

Esto me sirve para introducir el salto de fe que Descartes realiza en la citada cuarta meditación de MM: su foco pasa del ERROR al ENGAÑO. Me explico; el pensador empieza por dar entrada a la figura de un “dios engañador” que puede habernos creado para confundir sistemáticamente lo erróneo con lo verdadero, porque ¿cómo es posible que nos equivoquemos si somos el producto de un ser divino perfecto con soberana e infinita bondad? ¿Cómo puede permitirlo? El error no puede provenir de un Dios a la manera racionalista, sino de un creador con atributos morales dudosos que nos somete a su capricho.

Es una hipótesis apasionante en su profundidad e interés, pero Descartes trata de echar balones fuera con rapidez. Rechaza la posibilidad de una divinidad creadora perversa y se decanta por un diablillo menor, un genio maligno, que tergiversa nuestra voluntad para que hagamos un mal uso de los perfectos instrumentos que nos regaló el bondadoso creador. ¿Por qué ese cambio repentino, esa premisa truncada? ¿De nuevo para ahorrarse disgustos y problemas con las autoridades eclesiásticas?

Siempre me ha parecido infantil la cantinela de “Dios es muy, muy bueno”. Es, cuando menos, arriesgado atribuir características de una moral a escala humana a un ser sobrenatural omnipotente. Tal vez las hormigas, notando las vibraciones de las pisadas cercanas de un hombre, se digan: “¡Oh, cuan grandes antenas debe tener!”.

En fin, que me desvío. Quiero resaltar otra vez este cambio de perspectiva del error al engaño.

  • Todos nos equivocamos, ¿no podría estar yo equivocado entonces?

  • Yo no creo equivocarme, pero puedo estar siendo engañado por una voluntad superior a la mía.

Así pues, con la introducción del genio maligno, Descartes se hace con una ingeniosa herramienta para garantizar un mundo exterior que está ahí fuera en verdad. El genio es un sujeto, un otro, que sabe lo que es verdadero y nos hace creer lo falso. Si sabe lo que es verdadero, quiere decir que hay algo que es verdadero, garantía de un orden. Además, el genio de por sí ya es externo a nosotros y existe, o de lo contrario no habría en nosotros engaño. Un demonio engañador supone un sujeto engañado y un orden distorsionado supone un perfecto orden previo. Aquí es donde encuentra certeza Descartes, ya no tiene dudas sobre si hay un fuera y un dentro. Resuelve que, en efecto, existe un yo y existe un orden externo.

La posibilidad del error se esfuma, así como esa cierta humildad que yo encontraba en la duda metódica. Ahora el problema es otro diferente. Es por culpa de ese maldito demonio que no podemos disfrutar de la perfección de la Razón.

Pero me falla algo. Casualmente, Descartes confirma todo lo que le conviene. Está en medio de un lago helado y empieza a escuchar grietas que se van formando a su alrededor. Entonces, se tapa los oídos, cierra los ojos y piensa que todo va bien. Fin de los problemas. Sin embargo, el viejo René aún puede hacernos pensar bastante más. Lo hará en la siguiente entrega.

Sigue en la tercera parte.

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