Simulación maligna o el genio de Descartes (Parte III)

Viene de la primera y de la segunda parte.

Llegamos al final de este apasionante viaje para descubrir si existen eso que llamamos mundo exterior y mundo interior. Nos hemos topado con Dios y ahora nos vamos a topar con la supercomputación que, llegados a ciertos niveles, viene a ser casi lo mismo. Disfrutad de esta última etapa.

ALMA, MENTE, CEREBRO

Me temo que el batiburrillo de conceptos se estaba volviendo ya insostenible y hay que poner un poco de orden. Cuando yo escribo “mente” o “cerebro” no estoy pensando en lo mismo que pensaría Descartes al referirse a estos mismos conceptos. Sus conocimientos de anatomía eran incompletos y erróneos, aunque, como en muchas otras cosas, estaban más cerca de ser correctos que los de la Antigüedad.

Desde Aristóteles y su idea de que es el corazón el que produce los pensamientos hemos recorrido un largo trecho. Los antiguos se lanzaron a elucubrar sin darle demasiada importancia a la disección o a la ciencia experimental. El célebre medico Galeno, idolatrado e indiscutido durante generaciones, creó y sostuvo la teoría de los espíritus animales. Para él, el cerebro ya era el centro de las percepciones y del movimiento y hacía fluir estos espíritus animales por todo el cuerpo a través del sistema nervioso. Había otros tipos de espíritus (vitales, naturales), pero eran los animales los que recibían el nombre de alma racional. Apoyada por la Iglesia, esta teoría sobrevivió durante más de 13 siglos.

Ya en el siglo XVI, el médico Andrés Vesalio se encargó de desterrar muchos conceptos falsos y oscurantistas gracias a su inmenso trabajo en anatomía. Sin embargo, los espíritus animales siguieron ahí, inmutables.

Así pues, el alma racional se encontraba materializada en los espíritus animales también para Descartes, aunque él situó su origen en la glándula pineal, donde la sangre se transformaba en espíritu. Al uso racionalista, nuestro estudioso concebía el cuerpo humano como una máquina, un caparazón, un autómata. Era el alma, dominante, la que insuflaba vida y daba al hombre valor supremo, con el cerebro (la glándula pineal en este caso) como una simple factoría biológica.

De un tiempo a esta parte han cambiado las tornas. Hoy el cerebro es director, guionista y actor principal en el teatro de la consciencia y el alma ha sido relegada a una posición casi estrictamente religiosa. Esto ha sido posible por la labor incansable de miles de pioneros en el campo de la neurociencia, como Santiago Ramón y Cajal (me permito una vergonzosa caída en el patrioterismo).

Dicha preponderancia del cerebro se fue exacerbando hasta llegar al matrimonio Churchland, que personifica las posiciones del materialismo eliminativo. Para ellos la consciencia es un concepto que se hará innecesario cuando la neurociencia avance lo suficiente y conceptos como deseos o creencias son una ilusión. El cerebro es una máquina neuronal desde donde emana todo proceso cognitivo. Por tanto, otras máquinas (esta vez artificiales) con la arquitectura adecuada podrían ejecutar esos mismos procesos. No solo el cuerpo domina a la mente, el cuerpo es la mente y el alma es un proceso.

Con este cambio de paradigma del cerebro a través de los siglos, se puede entender mejor la teatral entrada en escena de la simulación.

LA SIMULACIÓN

Era natural que, hace 4 siglos, un observador inteligente dedujese que la conciencia de uno mismo garantiza que ese uno mismo existe en la realidad. Hoy los continuos avances en computación están destruyendo ese tranquilizador binomio consciencia-existencia. Vale, estás pensando y eres consciente de ello. Pero ¿qué garantizará eso dentro de 50 años? Es más, ¿qué diablos garantiza eso ahora mismo?

Ya en 1921 el filósofo/matemático británico Bertrand Russell proponía una posibilidad inquietante: el mundo podría haberse creado hace 5 minutos y no hay manera de refutarlo. A primera vista quizá parece estúpido, pero sacude los cimientos de la certeza desde su misma base. Obviamente, Russell no se tomaba en serio esta teoría, sino que la usó como ejemplo para ilustrar algunas características de la memoria humana. En concreto hay una frase muy importante en su libro “El análisis de la mente” que me gustaría resaltar, a propósito del argumento de los 5 minutos: “con una población que «recuerda» un pasado completamente irreal”. Esos recuerdos de una vida anterior, de una historia como especie, habrían sido inducidos de alguna manera, simulados. ¿Seremos capaces de inducir recuerdos a esa escala? Todo parece indicar que sí. Y en este siglo.

Incluso las predicciones más conservadoras dicen que no solo podremos inducir recuerdos, sino simular consciencias humanas en toda su complejidad y, muy probablemente, crear mentes suprahumanas. O más bien dotar a una inteligencia artificial a nivel humano de las herramientas para que alcance un nivel sobrehumano. Pero esa es otra historia.

Aquí tengo que empezar a usar el concepto de independencia de sustrato, acuñado por el filósofo sueco Nick Bostrom. La computación es un proceso que puede llevarse a cabo independientemente de su soporte físico. Es decir, lo que importan son los patrones en los que opera la información y no el material que estemos usando para soportar las operaciones. Este material ha ido cambiando y cambiará; primero fue lápiz y papel, luego válvulas de vacío, transistores, chips de silicio… Pero el proceso subyacente siempre ha sido el mismo, encendido y apagado, 0 y 1 (aún no me atrevo a discutir la computación cuántica, soy un cobarde).

En seguida surge la pregunta del millón: ¿es la consciencia también independiente del sustrato físico? Para Bostrom lo es, sin duda. Para mí también. Al fin y al cabo, ¿por qué iba a estar el pensamiento confinado en los átomos de carbono que nos forman? Este jingoísmo carbónico suena tanto a la historia de siempre… La Tierra es el centro del cosmos, el Sol es el centro del cosmos, el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, etc. El número de veces en las que nos vamos a creer especiales es probablemente infinito.

Nick Bostrom mantiene, pues, que hoy los procesadores de silicio (mañana quién sabe qué material) pueden soportar las propiedades esenciales de la consciencia. No hay nada único en el carbono. Lo complicado, claro está, es averiguar los procesos computacionales y las estructuras teóricas que son necesarias.

Cuidado, que Bostrom aún nos da más material para comernos el coco. En su célebre artículo de 2003 “¿Vives en una simulación por ordenador?” explora las posibilidades de que el ser humano en un futuro consiga niveles de desarrollo tecnológico inimaginables hoy en día. Una vez allí, en un estado que él llama poshumanidad, ¿y si el pasatiempo favorito es crear simulaciones del pasado, como videojuegos muy avanzados?

Estimando la cantidad de información necesaria para simular por completo un cerebro y extrapolando a la historia humana completa, Bostrom declara que con un ordenador de masa planetaria (incluso con la tecnología actual, que seguro mejorará) sería posible simular la consciencia de todos los humanos vivos y una historia mental de la especie. Inquietante.

A partir de aquí se sugieren 3 alternativas, de las que una será o es cierta:

  1. Los humanos nos extinguiremos antes de alcanzar una civilización poshumana. Cambio climático, escasez de recursos, una tecnología potencialmente desastrosa o cualquier otro muro contra el que nos podemos chocar.

  2. Civilizaciones muy avanzadas deciden no realizar simulaciones. Quién sabe qué incentivos tendrán unos seres cercanos a la omnipotencia. Puede que la perspectiva de simular el pasado (real o alternativo) no tenga ningún interés para ellos. O pueden tener razones morales para no hacerlo. Quizá esté prohibido.

  3. Todos nuestros pensamientos, experiencias, recuerdos forman parte de una simulación. Si existe un momento en el que sea sencillo e interesante simular a los ancestros, entonces es abrumadoramente probable que estemos siendo simulados. Tal vez la simulación termine cuando alcancemos la poshumanidad o se recargue si nos extinguimos. También podría ser que solo se simulasen completamente una fracción de las personas (o solo a una, el show de Truman) y el resto fuesen hombres-sombra, parecidos a hologramas, lo que requeriría mucho menos poder de computación.

Ante la evidencia de que los procesos de una mente humana podrán ser imitados a la perfección en décadas, la forma de encarar el problema de la certeza en Descartes cambia por completo. Tratar de razonar sobre ello te hace caer en una trampa lógica, igual que la Tierra de 5 minutos de Russell: todos los argumentos que demuestren que no vivimos en una simulación pueden estar simulados. ¿No hay lugar para la certeza? Bueno, voy a plantear las opciones que implican que tú y yo tengamos una mente consciente de sí misma y veré dónde me llevan.

  • Simulación interna: No existe un fuera, el mundo externo es creado por la propia mente pensante. Esta posibilidad es problemática, porque, si solo existe la mente, ¿dónde está emplazada? La independencia del sustrato físico de la conciencia no significa que la materia sea prescindible. Al revés, la materia es necesaria como soporte de los procesos. Lo que es indiferente es el tipo de materia en el que se desarrollen los procesos cognitivos. Así pues, es inconcebible una consciencia incorpórea flotando (no-flotando) en la nada. Esta opción remite a una especie de solipsismo extremo, donde solo el "dentro" tiene existencia e importancia.

  • Simulación parcial: Existe un mundo externo y existe una mente pensante. Sin embargo, en el ser consciente se realizan una serie de operaciones para distorsionar, cambiar o sustituir una parte o la totalidad de la realidad exterior. Este sería el caso de un genio maligno jugueteando con la mente de Descartes, del famoso ejemplo del cerebro en una cubeta o de la aún más famosa trilogía de “Matrix”. Hay tanto un exterior como un interior consciente basado en átomos de carbono, que es engañado, y un mundo exterior virtual suplanta al real.

  • Simulación total: Existe un mundo externo, pero no la mente pensante, que es creada copiando los procesos de consciencia mediante mera computación o un procedimiento equivalente. Es la opción de la simulación, digamos, dura, como plantea Nick Bostrom. Una civilización muy avanzada simula por completo la historia humana y los individuos de la especie. Estos simuladores viven en un universo concreto que puede ser similar o no al simulado. Pero deben vivir en un mundo externo real, ya que la simulación necesitará un soporte material en el que basarse o sería imposible llevarla a cabo. La principal diferencia con la simulación parcial es la base material para las consciencias simuladas, en este caso no la química orgánica al uso, sino procesadores de silicio o aquello que usen las culturas extremadamente avanzadas.

  • No hay simulación: Existe un mundo externo (el que sientes y percibes) y existe una mente pensante (que eres tú). Sin cosas extrañas, pajas mentales ni tonterías. Allí está el mundo, aquí estás tú y punto.

Pocas conclusiones pueden sacarse más allá de la pura especulación, pero hay una característica que comparten los 3 escenarios que son posibles: la necesidad de un mundo exterior.

Descarto totalmente la posibilidad de una simulación interna. Tal vez me equivoque, pero me resulta indefendible. ¿Una isla de consciencia soportada sobre sí misma? ¿Sin materia que la sustente? Mmmmmno. Difícil.

Las otras 3 opciones pueden ser posibles, aunque quizá será imposible demostrar cuál de ellas es cierta. No obstante, hay algo que puedo asegurar sin ninguna duda y es que, con simulación o sin ella, hay un mundo externo a este nivel o a otro. Este mundo externo será la base de procesos autoconscientes y simulados, engañados u orgánicos sin más.

UN MUNDO NECESARIO

“Pero enseguida advertí que mientras de este modo quería pensar que todo era falso, era necesario que yo, quien lo pensaba, fuese algo. Y notando que esta verdad: yo pienso, por lo tanto soy, era tan firme y cierta, que no podían quebrantarla ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos, juzgué que podía admitirla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que estaba buscando.”

René Descartes, “Discurso del método” (DM)

Después de este camino tortuoso de dudas metódicas y locas simulaciones he llegado hasta aquí. Descartes se equivocaba al asegurar alegremente la existencia del yo tan solo porque piensa. Para demostrarlo he usado (con torpeza) unos argumentos con los que el francés no podía ni soñar. Puedo imaginarme un momento dentro de 4 siglos en el que un arqueólogo lea los vestigios de este artículo y no se aguante la risa por lo estúpido y erróneo de sus razonamientos. Pero en eso consiste la búsqueda humana del conocimiento, en equivocarse bien, de forma interesante y en un sentido adecuado, aunque suene paradójico.

Hay un peligro, un contexto de época del que no me puedo escapar. Igual que los racionalistas veían el universo como un preciso mecanismo de relojería con su divino relojero (que era la tecnología puntera), yo veo el cerebro como similar a un ordenador (que es la tecnología puntera). Y es que cuando tienes forma de flecha, todo te parece una diana, es inevitable.

Con esto en mente, hay que decir las cosas como son: la certeza cartesiana no era certeza de nada. ¿Es el DM el origen del pensamiento moderno? Bueno, trata de ir más allá cuestionándose las certidumbres medievales y sin quedarse en una cómoda suspensión de juicio, como los escépticos. De todas maneras, Descartes no era una especie de cima solitaria, muchos otros habían ya empezado a andar por ese camino.

A pesar de que intento disculpar a nuestro estudioso por su contexto social, no puedo evitar sentirme algo decepcionado cuando termina abruptamente con todas las incertidumbres y pasa a otra cosa. Sería mérito de otros ir más allá. Utilizando una metáfora suya de “Meditaciones metafísicas”, Descartes terminó por ser el prisionero que disfrutaba en sueños de una libertad imaginaria y cuando empezaba a sospechar que estaba durmiendo, temió despertar y siguió cerrando los ojos con dulces ilusiones racionalistas.

Pronto no será necesario un cerebro para ser consciente y eso abre la puerta a todas las perturbadoras teorías que he ido tratando. ¿Entonces vivimos en una simulación? Tal vez sí, tal vez no. Por desgracia una simple respuesta monosilábica puede no ser suficiente. Esos que nos simulan quizá estén siendo también simulados, iniciando un juego interminable de espejos y fractales, donde un orden comprensible por la razón se difumina y cae en la locura. Quizá nosotros seamos los simuladores últimos que simularon al resto de simuladores que terminaron por simularnos a nosotros. Es un juego sin ganadores.

¿Debemos entonces quedarnos todo el día tumbados en la cama ahogados en la incertidumbre, presos del catastrofismo cognitivo y/o de la masturbación compulsiva? No. Como dijo el cosmólogo Max Tegmark: “Mi consejo es salir y hacer cosas interesantes para que los simuladores no te desconecten.”

Queda garantizada la existencia de un mundo externo, pero no la mía. ¿Pienso luego existo? No, pienso luego hay. Hay algo ahí fuera, quién sabe qué.

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