Todos somos turistas

Crisis de la experiencia

¿Qué es más importante, lo que provoca una sensación o la sensación en sí misma? Podemos ir incluso más allá y preguntarnos: ¿Qué es más importante, una sensación o el hecho mismo de estar experimentando esa sensación? La deriva de la modernidad ha llevado consigo una inmersión cada vez más profunda en la autoconciencia. En la autoconciencia de la autoconciencia, una apuesta masiva por el sujeto percibiendo el objeto, dejando de lado el objeto mismo. La forma de mirar antes que lo mirado.

Esta deriva tiene su impacto también en el arte desde principios del siglo XX. Movimientos como el dadaísmo o el futurismo (con sus volcánicas lecturas, casi interpretaciones, de los manifiestos) subrayan la preeminencia de la naturaleza de la percepción y reacción del público, que se vuelve fundamental . Esta necesidad de la vivencia del arte se acentúa con el desarrollo del performance art y los happenings en lugares como el Black Mountain College, a la sombra de artistas como John Cage o Allan Krapow. Otros, como George Brecht o Yoko Ono, van marcando las pautas del giro en el concepto de experiencia estética durante los años 60 del siglo pasado. Las obras de arte ya no nos inducirán una experiencia estética sino que ellas mismas serán la propia experiencia estética. El arte es visto como vivencia. Se rompe de este modo la estética kantiana que dividía el objeto y el sujeto, yendo un paso más allá de la simple preeminencia del sujeto: el objeto se funde indeleblemente en el sujeto. El arte es igual a la vida, las fronteras entre ambos mundos se disuelven. Cuando el público mira un cuadro, se está mirando a sí mismo.

La hegemonía de la cultura de masas cambió asimismo la percepción de la naturaleza del Sucedáneo y, con la asimilación y domesticación constante de la vanguardia artística y alta cultura, puso en peligro lo Auténtico. El hombre moderno es amenazado a todas horas por el pastiche y la copia adulterada y debe desechar capas y capas de sucedáneos para llegar al corazón de la única percepción valiosa: vivir lo Auténtico.

La Escuela de Frankfurt provee de un corpus teórico a esta amenaza. Para Theodor Adorno, su miembro más emblemático, tanto en su libro "Dialéctica de la Ilustración" como en "Minima moralia", la experiencia se había pervertido por completo en la sociedad administrada. La barbarie y la civilización se habían identificado de tal manera que la sociedad solamente podía producir simulacros, imágenes de imágenes, recién salidos de la industria cultural. Por su parte, Walter Benjamin explica de forma muy certera esa relación tan estrecha entre civilización y barbarie que los hechos históricos del siglo XX se empeñaron en mostrarnos:

"El botín es arrastrado en medio del desfile del triunfo. Y lo llaman bienes culturales [...]. Su existencia la deben no ya sólo al esfuerzo de los grandes genios que los han creado, sino también, sin duda, a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. No hay documento de cultura que no lo sea, al tiempo, de barbarie". Walter Benjamin, "Sobre el concepto de historia"

Adorno localiza en esa unión cultura-barbarie el principal veneno de la percepción. Benjamin sigue documentando la derrota perceptiva del hombre moderno en "Experiencia y pobreza", donde habla de la desintegración de la experiencia tras la Primera Guerra Mundial. Los soldados, una vez regresaban a casa después del gran acontecimienbto de la guerra se quedaban completamente mudos. ¿Habría que buscar algo, una esencia, una sagrada fuente cultural, todavía no envenenada por la visión moderna?

Si seguimos avanzando, nos encontraremos con los situacionistas y con un tiempo que está mediatizado por el trabajo. Hay ocio, sí, pero este se ha vuelto simple negación del negocio (ocio como nec-nec-otium). De esta manera, el propio tiempo, aun en su manera más libre como pueda ser el ocio, se convierte en mercancia. Y en este sistema teorizado por los situacionistas el producto lo conformarían los bloques de tiempo. Debord habla de la industria del ocio y señala la mercantilización extrema de la vida. El tiempo, en todas sus formas y vertientes, se ha espectacularizado siguiendo la estela del dinero. El dinero ya fue elevado a los altares del comercio por su suprema capacidad de conversión: una mercancía que es en sí misma todas las mercancías, un fetiche tribal, un tótem. Y escasez y conversión infinita es algo que comparte con el tiempo, que ahora se transforma también en tótem, ya que simboliza todas las actividades valiosas por las que se puede canjear. Dinero y Tiempo son los mediadores definitivos con lo supremo, lo que automáticamente inunda de alienación el método de conseguir dinero (trabajo) y el método para experimentar las actividades (tiempo).

¿Dónde se halla, pues, la vida inmediata, la vida auténtica, más allá del lenguaje comercial y del símbolo? ¿Se ha de hacer la revolución directamente (Debord, "La sociedad del espectáculo")? ¿Se han de revolucionar también los usos cotidianos (Vaneigem, "Tratado del saber para uso de las jóvenes generaciones")? Si pasamos a centrarnos en los postestructuralistas, hay una gran desconfianza hacia el concepto de experiencia, la cual desechan de sus tesis considerándola residuo de filosofías vitalistas y fenomenológicas.

El turista

Como suele ser habitual, en paralelo e indiferente a las corrientes teóricas más críticas, se desarrolla el implacable desfile de la industria cultural, que ya ha evolucionado. Inspirada por las tendencias más vanguardistas del marketing y la atención al cliente, ahora es una insdustria experiencial: vende la experiencia del producto y no el producto en sí. De esta manera se puede sacar mucho más márgen de beneficio y el cliente se transforma en la mercancia, ofreciendo a las industrias del nec-nec-otium una puerta abierta de par en par a su interior, un inigualable nicho de mercado por explotar.

Destacando dentro de este boyante mercado de experiencias, se yergue el turismo, un gigante económico del que malviven regiones enteras. Si bien ese mercado de experiencia se traslada al arte (la búsqueda de lo inmediado y de lo auténtico presidirán sus objetivos), nosotros nos quedaremos en este gran almacén de vivencias turísticas. Y para nuestro análisis nos basaremos en la obra "El turista. Una nueva teoría de la clase ociosa", un tratado que analiza de manera fundamentalmente sociológica, aunque no es su único punto de vista, el concepto de turismo y de turista. El origen del libro es bastante curioso. El autor, David MacCanell, nos cuenta un diálogo con uno de sus estudiantes que provocó en él una suerte de iluminación:

"Uno de mis estudiantes en París, un joven iraní dedicado a la revolución, me gritó con voz entrecortada: "¡Aceptémoslo, todos somos turistas!". Luego, poniéndose en pie, el rostro contorsionado por lo que me pareció odio hacia sí mismo, concluyó dramáticamente entre dientes: "Incluso yo soy un turista"".

Las nuevas formas de organización, el texto lo demuestra, ya no se dan en el ámbito del trabajo, se dan en el del turismo, que presenta una compartimentalización que provocaría envidia en cualquier multinacional, cada tipo de experiencia siendo segmentada con precisión quirúrgica. El turista se erige como signo de nuestro tiempo: sus vivencias perfectamente planificadas, cada segundo de su viaje atestado de experiencias inolvidables, en todo momento una persona a su servicio diciéndole adónde debe mirar, qué debe admirar, qué debe sentir. Todo ello sin perder la ficción del encuentro con lo Auténtico a través de periódicas burbujas de aventura, convenientemente teatralizadas y desinfectadas.

Si bien para MacCanell el turista es aquel tipo de clase media que se desplaza para conquistar nuevas experiencias, le interesa aún más en la medida en la que es la concepción arquetípica del hombre-moderno-en-general. Aun así, hay bastante interés en las experiencias aptas para el consumo del hombre moderno genérico. Como la fina capa de plástico transparente que usan los supermercados para proteger los alimentos perecederos, es necesaria una separación, una protección, entre el turista-consumidor y la realidad. Así pues, nada más lejos de lo real que lo Auténtico, una mera seudorealidad domesticada, abrillantada, libre de consecuencias incómodas. Como la parodia de Disney, Port Aventura y Terra Mítica de lo que es un pueblo, una ciudad, una calle, una civilización.

Para McCanell este fervor por la autenticidad se trata de una filia típica de la modernidad. Hoy en día se puede disfrutar de un safari como una experiencia auténtica porque la naturaleza ha sido domada y las fieras ya no pueden devorarnos. Cotidianidad exótica pulida y pasada por el túnel de lavado:

"Los modernos creen que la realidad y la autenticidad se encuentra en otra parte: en otros períodos históricos y culturas, en estilos de vida más puros y simples" . MacCanell

Esta búsqueda histérica de lo genuino todo lo polariza sin remedio entre experiencias auténticas y espúreas. En cada caso se busca la Vida, pero ¿es posible una vida, un turismo, no mediado? Porque lo inmediato no puede tener sentido ni significado. El Romanticismo fue la época en la que la inmediatez subió al podio de lo sublime. Los poetas empezaron a ocultar las incontables horas de trabajo y correcciones que les llevaba una obra y clamaban haberlas escrito en una sola noche de inspiración arrebatada. Sin la adulteración del trabajo intelectual, sin esfuerzo, como satisfaciendo una función fisiológica. Más tarde, el surrealismo fue el primer movimiento que intentó poner lo subconsciente sobre la mesa, la psique entera en la obra. Sin censuras ni cortapisas, creían sacar el ello freudiano a la luz. Pero pecaban de ingenuidad: nuestra vida se encuentra irremediablemente mediada, no puede ser de otra manera. Por lo tanto, la escritura automática no existe, ni la pintura automática ni nada que no sea expresión de nuestras más invisibles e imperceptibles mediaciones. ¿Cómo va a ser posible liberarnos de las mediaciones si solo para percibir nuestro alrededor ya hemos de recurrir a los sentidos como intermediarios, a las funciones cerebrales como filtro, a nuestros límites cognitivos como tamiz?

"Lo que comienza siendo la actividad propia de un héroe (Alejandro Magno) se convierte en el objetivo de un grupo socialmente organizado (los cruzados), en la marca de prestigio de una clase social (el Grand Tour del "gentleman" británico), y finalmente pasa a ser una experiencia universal (el turista)". MacCanell

Ninguno de los protagonistas de estas etapas prescindió de la mediación. Ni siquiera Alejandro Magno, cuyo uso de unos intermediarios permanentes garantizó su victoria militar: los dioses. Su viaje al Oráculo de Amón en el oasis de Siwa tras conquistar Egipto así lo demuestra. No era suficiente la dominación por las armas para conseguir legitimidad, también hacía falta el beneplácito divino.

Pongo el foco en Alejandro Magno por la existencia actual del fetichismo de las ruinas, una epidemia moderna. Si se vieran policromados, como eran realmente, los antiguos templos egipcios y griegos generarían un rechazo entre los turistas-consumidores. Es el mejor ejemplo de que la subordinación de la realidad ante la Autenticidad es necesaria para garantizar beneficios a los accionistas de la industria experiencial.

Sin embargo, el mundo moderno produce aquí una de esas sorprendentes contradicciones a las que nos tiene acostumbrados: el desprecio del turista, que llega a extremos casi inconcebibles, como el odio que por sí mismo sentía el estudiante de MacCanell. Mofarse hoy en día de los turistas confiere cierta elegancia intelectual:

"A los turistas no les agradan los turistas. Dios está muerto, pero continúa la viva necesidad del hombre de parecer más santo que el prójimo. Y el impulso religioso de superar al prójimo no se encuentra solamente en la ética del trabajo, en donde Max Weber la localizó, sino también en algunos de nuestros actos ociosos". MacCanell

Hemos de superar al resto de los turistas-superficiales y adentrarnos de lleno en la vida del auténtico turismo como turistas profundos. Una tierna ficción es utilizada constantemente por el hombre moderno genérico para sentirse por encima de los otros hombres modernos génericos exactamente igual a él y esta ficción es la supuesta diferencia entre turista y viajero. Al parecer, los viajeros tienen un nivel moral superior y se empapan de lo Auténtico de una manera que el simple turista, revolcándose en sucedáneos, no puede llegar a imaginar. El componente competitivo también se halla, como vemos, en el turismo, supuesto espacio de solaz y recreo.

En "Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer", crónica sobre un viaje en crucero, David Foster Wallace analiza el fenómeno del miedo mórbido a ser visto como un ser bovino o boviscopofobia. Tenemos miedo a ser vitos como turistas, parece algo deshonroso, que equipara nuestra capacidad de experimentar estéticamente la Autenticidad con la de la vaca que pasta en medio del rebaño. En cambio, no hay un miedo tan generalizado a incurrir en un sutil tipo de colonialismo, la mirada colonizadora:

"La clase media es la que, de forma sistemática, hurga la tierra en busca de experiencias nuevas que se traduzcan en una versión colectiva y turística de otros pueblos y otros lugares. Este esfuerzo de la clase media internacional por coordinar las diferenciaciones del mundo en una única ideología está íntimamente ligado a su capacidad de subordinar otros pueblos a sus valores, industria y diseños futuros". MacCanell

El de la mirada colonizadora no es un fenómeno contemporáneo y es que la folklorización de lo pintoresco tuvo una fértil aceptación en las varguardias artísticas del pasado siglo. Ejemplo de ello son Picasso y la mayoría de cubistas, que simplificaron e instrumentalizaron impunemente para sus fines complejas culturas africanas casi sin relación entre sí, mezcladas sin pudor. Historias y cosmogonías completas reducidas a un puñado de máscaras que colgar en el salón. El primitivismo transforma a otras culturas en simple pasatiempo de la nuestra, pero esta constante de simplificación mercantilista se ha terminado volviendo en nuestra contra y golpeando a la modernidad occidental en sí misma.

La propia visita turística se convierte a este respecto en un ritual moderno, unas acciones repetidas por millones de personas que producen la ilusión de servir a lo sagrado-profano, sacrificios en honor de lo Auténtico. Pero estas oraciones motrices del hombre-moderno-en-general prestan más atención a ciertas obras, que suscitan enorme interés. Dichas obras son los llamados clásicos que, con esta denominación, logran superar su propio concepto y trascender a una categoría de divinidad profana, otra vez el fetiche de una especie de religión tribal. Se elaboran listas de clásicos, reliquias de santos culturales, que cristalizan en los tours: recorridos por aquellos objetos que se ha establecido son indispensables. Un simple "visto“ en la casilla correspondiente y se pasa a otro clásico. Dentro de Europa, Paris; dentro de Paris, el Louvre; dentro del Louvre, la Mona Lisa. Tenemos que ver la Mona Lisa queramos o no. ¿Por qué? Porque ha pasado un proceso de sacralización y ahora es un tótem turístico ineludible. ¿Cómo se logra? Primero viene la fase vocativa, influyentes críticos la han ido señalando en una lenta sedimentación del prestigio. Luego tiene lugar la fase de enmarcado y elevación: su importancia se retroalimenta y más personas llegan siguiendo a los pioneros. Después, la fase de consagración y construcción de templos, vitrinas, para almacenar lo sagrado. Más adelante se produce la fase de reproducción mecánica: se hacen grabados, fotografías, homenajes, sirve de modelo infinidad de veces. Y finalmente, la fase de reproducción social, cuando la obra o la ciudad atrae multitudes como la luz a las polillas. El hombre moderno genérico la ha incluido en su lista de fetiches.

Como vemos, el sistema de sacralización es la inversión del sistema benjaminiano. El aura del tótem turístico se crea por la reproducción. No solo no aniquila el aura original de la obra, sino que no hay aura hasta que no hay reproducción. Y es que lo real no es el lugar, es la correspondencia entre el sitio y la idea o imagen que se tiene de él. Además, esa imagen ideal que el turista siempre se crea puede llevar a la decepción, pues lo real siempre es inferior a lo Auténtico. Mucha gente se esperaba más de las Pirámides de Giza.

Conclusiones

La ciudad real, mucho más compleja que lo que aparece en los tours, sufre por el impacto de la masificación del turismo, especialmente por la saturación de esos espacios totémicos indispensables. Una tensión insoportable que al urbanismo le resulta muy difícil contrarrestar. Un aeropuerto puede construirse de cero para absorber un tráfico inmenso, pero no así los edificios del pasado. El presidente francés François Mitterrand encargó al arquitecto I. M. Pei la remodelación del Louvre durante los años 80 (la famosa pirámide en el patio) para intentar convertir el museo en un auténtico aeropuerto cultural. El plan se aplicó para poder manejar unos entonces impensables 4‘5 millones de visitantes al año. En 2012, el Louvre recibió 9‘7 millones de visitantes. Voces dentro del museo ya apuestan por que la Victoria alada de Samotracia, la Venus de Milo y la Mona Lisa (tótems entre los tótems) se coloquen en la misma sala para poder gestionar con más eficiencia las hordas de sedientos de lo indispensable, que son la inmensa mayoría de los visitantes. Tampoco podemos dejar de comentar el caso Venecia, convertida ya en un parque acuático con menos de 35.000 habitantes permanentes.

No sabemos si hay soluciones a estos problemas. Quizá no existan en absoluto. Es posible que haya, sin embargo, varias opciones que, a pesar de las posibles contradicciones entre sí, pueden probarse.

1. NO HACER TURISMO

"Resulta llamativo el hecho de que nadie se escapa al sistema de atracciones turísticas excepto quien asume una postura tradicionalista, refugiándose en el permanecer-en-su-casa: es decir, nadie está exento de la obligación de la visita turística excepto la persona local". MacCanell

¿Es posible todavía parar el turismo en un contexto de mistificación máxima del viaje? Diversos movimientos sociales están surgiendo con este carácter, para proteger la ciudad que el turista destruye sin pretenderlo. Sin embargo, a pesar de que estas personas tienen legítimas críticas que hacer a las dinámicas de la industria experiencial, muchas, como las que forman los grupos antigentrificación, son despreciadas por la sociedad normativa y tachadas de retrógradas y cosas peores, reducidas al papel del escribiente Bartleby: incomprendidas, ridiculizadas, intransigentes, pero con una dignidad que no puede negarse. Vivir lo cotidiano es un antónimo del turismo de masas.

2. CUIDADO DE LA OBRA

Podemos apoyarnos en la hermeneútica del sujeto de Foucault para clamar por un cuidado más profundo de las obras de arte y las ciudades, por una dedicación especial al espacio y tiempo en el que nos movemos y en el que decidimos permanecer y mantener los ojos abiertos. ¿Qué es lo que importa? ¿En qué merece la pena invertir mi tiempo y mi energía? Preguntas para conseguir experiencias más plenas y con las que evitar conceptos manidos y destructores como los de rentabilidad y coste de oportunidad, tan típicamente resultadistas y de nuestra época.

Mirar el cielo, observar las nubes pasar. ¿Ha de ser una pérdida de tiempo? ¿Ir a las obras menos consagradas/reproducidas ha de ser, del mismo modo, una pérdida de tiempo? Debemos conseguir ser nosotros los generadores de aura y no las fotografías. De la misma manera que la flor que cuidaba el principito era especial para él, pues él la había hecho suya, nosotros hemos de hacer lo mismo con las obras de arte. Tenemos una obligación estética para con el mundo: saber mirarlo y apreciarlo. De nosotros depende cuidar y dedicarle tiempo al entorno cotidiano y cultural (el nuestro y el de otras personas), elegir el momento y la situación idónea para tener la experiencia estética que nos satifaga autónomamente, con nuestra propia ley estética.

3. CREAR COMUNIDAD CRÍTICA

Por otro lado podemos intentar imbricar el ocio y el negocio para que los bloques de tiempo se disuelvan. Suena dificil, pero no imposible. ¿Cómo podemos lograr esto? Creando cierto tipo de comunidad en las sociedades para que la cultura se respire de manera orgánica y nos traspase de manera natural. Solo así conseguiremos que el turismo, la caza de nuevas experiencias a toda costa, devenga en algo positivo y constructor de comunidades. Solo así las conversaciones informales se relacionarán con algo más que con deporte y comida. En la película francesa "Banda Aparte" (1964) los protagonistas corren por el museo del Louvre, ¿Por qué no sacudir así el tótem, cambiando la dedicación de nuestro tiempo y espacio, planteándonos preguntas, quebrantando las reglas idiotizadoras del tour?

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