Artaud/Deleuze: Anatomía de un cuerpo sin órganos

Conflicto de la identidad y la diferencia en la obra de Deleuze

Uno de los retos más acuciantes de la filosofía contemporánea estriba en el conflicto entre la identidad y la diferencia. Este enfrentamiento se resolverá a favor de la diferencia en la obra de Gilles Deleuze (1925-1995, Francia). Pero su resolución no será inocua, el privilegio de la diferencia acarreará unas dificultades de carácter político y comunitario de difícil solución. Pero el desenlace político y sus consecuencias ya las observaremos con detenimiento en las conclusiones.

En primer lugar, cabe reseñar el marco ontológico en el que se desenvuelve la filosofía de Deleuze. Su apuesta ontológica es la de la inmanencia y, más concretamente, la inmanencia del simulacro, el cual ha sido vapuleado desde los albores de la filosofía. Deleuze aspira a devolver al simulacro, es decir, a la copia de la copia, al prestigio ontológico que tenía en el mundo presocrático y que fue arrebatado con posterioridad por la ciclópea filosofía platónica y su énfasis por devaluar la inmanencia en favor de la trascendencia. De este modo, no solo la copia quedaba devaluada, también la copia de la copia. El gesto metafísico platónico, intolerable para el pensador francés, será el acicate necesario para reivindicar la importancia de la inmanencia que tuvo el simulacro a lo largo de toda la historia de la filosofía.

Sus antecesores en lo tocante a la reivindicación del simulacro podemos encontrarlos en filósofos tales como Duns Scoto, Spinoza y Nietzsche, teóricos todos ellos de los infinitos modos y de las indefinibles (e irreductibles) diferencias. A su vez, los denominados por Deleuze “escritores del spinozismo” (Proust, Melville, Alfred Jarry, Lewis Carrol, Beckett) efectuarán, a través de su escritura, la defensa de la pura individualidad, de la plena diferencia.

Deleuze realiza esta reivindicación de la diferencia especialmente en la obra "Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia", escrita junto a Felix Guattari. Dicha obra supondrá la reivindicación de lo múltiple, de lo diverso, es decir, de lo no identitario dentro del marco capitalista. Será así pues para Deleuze el capitalismo una fuerza molar y granítica, que impediría cualquier grieta en su sistema, cualquier vindicación molecular, comunión entre individuos, capaz de erigirse como diferencia de pleno derecho.

Por lo tanto, el filósofo francés lleva una reivindicación de lo singular, de lo intempestivo, de lo extraño. Pero ¿cómo se consigue quebrar el poder molar -total y sin respuesta- del capitalismo? ¿De qué manera nos podemos erigir como diferencia ante la cada vez más brutal homogeneización social? ¿Cómo podemos abrir nuevos espacios de libertad en un mundo tan administrado? Como vemos, Deleuze parte de un diagnóstico similar al teorizado por Adorno, aunque su terapia será muy diferente.

Cuerpo sin órganos

En "Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia" los dos autores franceses crean el concepto de cuerpo sin órganos, el cual les servirá para pensar la vía de escape al poder del capitalismo. ¿Y qué es el cuerpo sin órganos? Es la apertura interminable -e intermitente- del individuo, el cual ha sido capaz de instituirse como deseo pleno y pura espontaneidad a través de una previa destrucción de su yo. La destrucción ha de preceder irremediablemente a la construcción. Un ejemplo similar lo encontramos en la película "Demolición" de Jean-Marc Vallée, donde observamos cómo el personaje interpretado por Jake Gyllenhaal únicamente puede liberarse de su desazón existencial por medio de la previa destrucción de sus estructuras mentales anteriores. Esta sería la rebelión deleuziana: desterritorializar al individuo, anular su identidad, romper cualquier atisbo de unidad.

Como podemos observar, el objetivo del cuerpo sin órganos y el del neurótico son completamente opuestos. El primero aspira a deshacerse, a destruirse, mientras que el segundo desea reunir los elementos dispersos de su yo, convertir cualquier impulso espontáneo, fragmentario y deslocalizador en un fuerte yo capaz de dominar el conjunto. Es en este punto donde se entronca con su habitual crítica al psicoanálisis, especialmente cuando escribe a cuatro manos junto a Guattari. En este caso concreto, su crítica a la terapia psicoanalítica se fundamentaría en su búsqueda desesperada por reencontrar la unidad primigenia del yo y reconciliarse con ella.

Por lo tanto, observamos cómo Deleuze despliega una novedosa teoría del cuerpo. El filósofo afirma que en el capitalismo el individuo se encuentra subsumido por una columna vertebral compuesta por el padre, el patrón y la patria, y las diferencias, de originarse, serían puramente accesorias -por no decir cosméticas-. Y es en este estado de excepcionalidad constante cuando se ha de pensar el cuerpo sin órganos: individuos dislocados del sistema social, desvinculados de él para siempre debido a la brutal ruptura de la norma social. Al margen pero orgullosos de ello, aunque tengan que hacer frente al precio a pagar y a las fatales consecuencias a las que se verán abocados por ello.

Artaud, destructor de órganos

¿Cómo se convierte uno en un cuerpo sin órganos? ¿Hay varias posibilidades, varios caminos, para convertirse en un cuerpo sin órganos? Parece no existir un único camino. Cada uno construye su situación, su plano de inmanencia, ya que el deseo no quiere ser esclavizado. El deseo es, en sí mismo, proceso revolucionario inmanente que niega la identidad mediante la afirmación, una afirmación cuya esencia es fundamentalmente creadora.

Podemos explorar la vía del deseo (Sade), de las drogas (Burroughs), de la abulia (Cioran), de la negación (Bartleby) o de la disgregación del yo (Pessoa). Pero ninguna fórmula convence más a Deleuze como aquella que proviene de la enfermedad. Es por esta razón por la que el intelectual francés recurre al esquizo como ejemplo más pertinente para su concepto de cuerpo sin órganos. El esquizo como aquel que busca la dispersión y la multiplicidad, como aquel que no tiene centralidad en su organismo porque no hay organismo, como aquel que logra deshacer completamente su yo (o la ficción de esa falsa unidad llamada yo).

Desde esta perspectiva, el comienzo de "Aullido" de Ginsberg no sólo es producto de una visión alucinada y profética. Ahora, este verso se convierte en el sueño político de Deleuze para cambiar la sociedad capitalista:

“He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”

Y encontrará en Antonin Artaud (1896-1948, Francia) , príncipe del teatro de la crueldad y rey de la locura, la mayor ilustración del cuerpo sin órganos. Lo que hace Artaud es literatura (todas las citas que encontremos en el texto se hallan en "El pesa-nervios", libro inclasificable que entremezcla biografía, filosofía y poesía) pero su actitud literaria también implica, como veremos más adelante, una postura política. Es un punto de fuga, constantemente en movimiento y en perpetua huida de sí mismo. Representa, por este motivo, una brecha en el tejido capitalista. Pero es una fuga. ¿Hacia dónde? Hacia los límites de la locura en un nomadismo eterno en el que se erige como anarquista coronado. Y el objetivo, como hemos dicho, es destruirse para rehacerse.

"Estoy en el instante en que no me aferro más a la vida, pero llevo conmigo todos los apetitos y las insistentes titilaciones del ser. No tengo más que una ocupación: volverme a hacer".

Este fragmento, que tanto nos recuerda al comienzo de "Tabacaria" de Álvaro de Campos, será el continuo leitmotiv (actualizándose permanentemente, haciéndose y deshaciéndose) del cuerpo sin órganos. Hay que morir para resucitar. Por ello, hemos de refundarnos perenne y espontáneamente, en un desequilibrio y en un descontrol que supongan una total desterritorialización. Y siempre desde una respuesta no esperada, intempestiva.

La forma de la esquizofrenia: confusión entre obra y vida

Afirma Marcos-Ricardo Barnatán en su prólogo a "El pesa-nervios" que en escasas ocasiones en la historia de la literatura el personaje sobrepasa a su propia obra. En su inquisición "Valéry como símbolo" Borges afirma que tanto Paul Valéry como Walt Whitman son ejemplos perfectos de ello, casos en los que una gran figura ha podido eclipsar el legado de su obra. El caso de Artaud es diferente: siempre loco, siempre delirante, su figura no es que supere su obra sino que se disuelve en ella y su obra en él:

"Donde los otros proponen obras yo no pretendo más que mostrar mi espíritu. La vida es quemar preguntas. No concibo una obra separada de la vida. (…) Queridos amigos, lo que habéis tomado por mis obras no eran más que los desperdicios de mí mismo, esas raspaduras del alma que el hombre normal no acoge".

No cree en la creación separada de la propia vida, es más, le repulsaría tal escisión. El espíritu y la vida inextricablemente unidos, no puede ser de otra manera para él. De esta forma se opone a otro gran destructor del yo como es Pessoa, para el cual, en la misma calle de los Doradores tenía la oficina de la Vida y su estudio para el Arte, pero siempre de forma separada. El caso de Artaud es el de la fusión total: Artaud-vida es Artaud-arte. No convierte su vida en escritura, su vida es escritura y su escritura es su vida. Y se expuso ante todos, como ejemplo viviente de obra en movimiento, como fusión de vida y obra, como ilustración perfecta del cuerpo sin órganos.

La fuente de la esquizofrenia. la enfermedad

Desde los cinco años, Artaud padecerá para siempre disturbios nerviosos. Esto le acarreará grandes problemas en su vida personal así como muchos internamientos en psiquiátricos. Pero fue gracias a su desajuste nervioso, gracias a su desmesurado dolor, como fue posible que protagonizara la teoría del cuerpo sin órganos de Deleuze. Esto lo comprobamos a la perfección en la "Tercera carta matrimonial" a Génica Athanasiou, donde afirmará lo siguiente:

"Nada hay en mí, nada en lo que forma mi persona, que no sea el producto de la existencia de un mal anterior a mí mismo, anterior a mi voluntad, nada en mis horrorosas reacciones que no provenga únicamente de mi enfermedad".

La enfermedad, el dolor y el sufrimiento son anteriores a él. Artaud es un producto de la enfermedad de Artaud. Él lo sabe, la enfermedad es su fuente, el maná que le proporciona su actividad vital y poiética. Es la que le proporciona su extremada sensibilidad, que lo convierte en una cuerda ardiente en medio del abismo. Y Artaud sabía que si algo le pertenecía, si algo era propio de él era el dolor, y su derecho a disponer de él de forma autónoma y libre. Tal y como hace saber a los cretinos, hediondos y cerdos que le quieren reconducir al buen camino de la vida y de la salud. Más aún que de la muerte, Artaud será el dueño de su dolor. Artaud enfermo, loco, esquizofrénico. Pero libre, ofensivamente libre.

El sentimiento de la esquizofrenia: el cuerpo

El cuerpo de Artaud es pura porosidad, un cuerpo-coladero. No hay membrana ni rejilla que filtre la realidad. Él es en sí mismo una víscera, un conjunto de desechos en los que la mezcla del caos y la sinestesia de fluidos y entrañas se revuelven en un mar de fango.

De esta manera, reactualiza y revoluciona lo predicado por Nietzsche en "Ecce homo", unas décadas atrás. Si aplicábamos la mirada genealógica, Nietzsche no era un yo, era un cuerpo compuesto por mirada, olfato y sobre todo estómago. Pero el escritor de "El teatro y su doble" irá aún más lejos. Artaud revoluciona el cuerpo nietzscheano y se convierte en una víscera viviente. Esta es la única manera de “des-organizar” el cuerpo. Ser cuerpo visceral y caótico. Andar con la cabeza y pensar con el estómago. Dejemos hablar a sus entrañas:

"Aquí tenéis al que en su mente ningún espacio se endurece, el que de pronto no siente el alma a su izquierda, del lado del corazón. Aquí tenéis al que la vida ve como un punto y para quien el alma no tiene rajas, ni el espíritu orígenes".

No es casual que el pintor favorito de Artaud sea André Masson y el de Deleuze sea Francis Bacon. Sus cuerpos pintados se encuentran atravesados, sus facciones se distorsionan en el espacio y parecen des-realizar cualquier atisbo de humanidad. Esto lo podemos comprobar en textos de Artaud tales como "Descripción de un estado físico" y en las cartas a André Bretón. Todo es cuerpo y todo le traspasa y el único sentir es el proporcionado por su cuerpo físico. La enfermedad le otorga la lucidez del sentimiento de su vida física.

El cuerpo sin órganos se constituiría en un gran teatro de la crueldad dentro del individuo. Un espacio donde todo pasa al mismo tiempo, donde las fluctuaciones de vísceras vomitan el fuego de la vida y donde la conmoción es siempre cruel e intempestiva.

Consecuencias de la esquizofrenia: la destrucción del lenguaje

Como hemos dicho, el cuerpo es el sentimiento de la esquizofrenia. El cuerpo no sería la mediación entre mi yo y la realidad, sino que el yo no sería más que cuerpo des-organizado. Por lo tanto, el lenguaje no puede ser otro que el lenguaje del cuerpo. Y para Deleuze este nuevo modo de entender la comunicación verbal se relaciona con la transmutación del lenguaje como efecto al lenguaje como afecto.

Con este lenguaje se viaja al fin de la noche, se adentra en el corazón de las tinieblas que conforma el cuerpo-abismo de Artaud. Es el lenguaje de la esquizofrenia, lo reconocemos a la perfección. Se ha producido una dislocación en los modos de hablar y, por ende, de relacionarnos con el mundo. Artaud se hunde y nosotros con él.

Esto es utilizado por Deleuze en el capítulo ”Del esquizofrénico y de la niña”, donde contrapone el lenguaje de Lewis Carroll con el de Artaud: la superficie frente a la profundidad, el sentido lógico carroliano frente a la des-organización del lenguaje artaudiana. Para Deleuze, Artaud desvela uno de los misterios fundamentales del lenguaje, descubre el lenguaje abisal, pura esquizofrenia sufriente. El resultado es la dinamitación de la superficie y, por tanto, del sentido.

El esquizofrénico destruye la palabra, ha dejado de creer en ella. Es por ello que Artaud quiere transfomar, violenta y convulsamente, la acción corporal en un triunfo, reivindicando en todo momento la irreductibilidad del lenguaje-cuerpo. No hay sentido, pero en la noche patalógica de este nuevo lenguaje se quiebra a su vez la gramática y la sintaxis. ¿Qué nos queda? El infrasentido, aún inexplorado. Se hallaría en la nada del lenguaje, en ese punto ciego que es la profundidad del alma y que nunca dejamos que se entrevea. Artaud lo consiguió, especialmente en su poesía-balbuceo de Artaud el Momo. Es el lenguaje del dañado del que no tiene nada que perder pues nada posee, de aquel que grita y gime de puro dolor y enfermedad pero al que nadie escucha. Porque no debe, porque no puede, porque no sabe. Es un lenguaje incomprensible, y por tanto, incomunicable.

Es el lenguaje del desdichado del poema de Nerval pasado no ya solo por el tamiz del melancólico sol negro, sino también por el filtro de la esquizofrenia. ¿En que convierte esta total falla la concordancia entre las palabras y los estados? En un amasijo de vísceras, en sufrimiento ardiente, en un simple Artaud como mero pesa-nervios:

"Toda escritura es una porquería. (…) Y yo se lo he dicho: sin obras, sin lengua, sin palabras, sin espíritu, nada. Nada, salvo un bello Pesa-Nervios. Una especie de estación incomprensible y erguida en medio de todo mi espíritu. Y no esperen que les nombre ese todo, en cuántas partes se divide, que les dé su peso, que camine, que me ponga a discutir sobre ese todo y que, discutiendo, me pierda y que así, sin saberlo, me ponga a PENSAR y que se ilumine, que viva, que se ordene de una multitud de palabras, bien impregnadas de sentido".

Objetivo de la esquizofrenia: erigirse como individuo irreductible

Artaud confunde vida y obra, reconoce a la enfermedad como su maná poético, pone el cuerpo-colador en/ante la vida y crea un nuevo lenguaje-cuerpo. Su periplo no ha sido corto ni sencillo. La esquizofrenia, su desequilibrio nervioso, le ha maltratado pero también le ha dado la oportunidad de erigirse como individuo en plena y total irreductibilidad. Solo así se logra la transmutación definitiva, la que le permite constituirse como juez y testigo de su vida-obra:

"Soy el testigo, soy el único testigo de mí mismo. Esa certeza de palabras, esas imperceptibles transformaciones de mi pensamiento en voz baja, de esa limitada porción de mi mente que pretendo ya formulada, y que aborta, soy el único juez capaz de medir el alcance".

Y no podía haber sido de otra manera. Artaud ve necesario conocer la verdad y solo halla un camino para llegar a ella. Con un lenguaje sumamente lírico para tratar la crudeza del vacío y de la desesperación, Artaud nos habla de la necesidad de ejecutar este salto, esta brecha que liquida fatalmente al sujeto para erigir finalmente al individuo. Todo el mundo debería dar este paso pero muy pocos se atreven a darlo. La verdad no solo es amarga, como decía Danton, también es cruel. Pero hay que dejarla entrar, solo así tendremos un instante de verdad frente a toda la palabrería y verborrea que repite lo mismo sin cesar de manera vacua.

Este acto no es inocente. Tiene consecuencias y no son agradables. Primero viene la exclusión de la sociedad. El cuerpo sin órganos no tiene un par con el que relacionarse. Se encuentra totalmente desplazado del conjunto social. Esta soledad-libertad extrema se une al gran dolor que hay que soportar para estar en semejante estado. El lamento recuerda a "Piedra blanca sobre piedra negra" de César Vallejo. En este caso, la pesadumbre artaudiana viene acompañada por la brutal conciencia de haber intentado abrir nuevos espacios de vida.

"Me he sometido a menudo a ese estado de absurdo imposible para intentar hacer nacer algo en mí, algo del pensamiento. En esta época somos sólo algunos los que hemos querido atentar contra las cosas, crear en nosotros espacios de vida, espacios que no existían, que no parecían poder encontrar sitio en el espacio. Siempre he sido golpeado por esa obstinación del espíritu".

Conclusiones desorganizadas

Artaud nos propone dos teatros de la crueldad. Uno es el exterior, el teorizado en "El teatro y su doble" y que enlaza el teatro dramático con los happenings. El otro, el que ahora nos incumbe, es el teatro de la crueldad que se lleva a cabo en el interior del individuo. Y tras ver la alternativa de Artaud caben dos conclusiones:

  1. La incomunicabilidad: Un lenguaje-cuerpo no puede transmitir ningún sentido. En la profundidad, como dice Deleuze, el sentido queda anulado. Solo quedan balbuceos, excrementos de palabras, vísceras verbales. Desgarrados, sí, abisales, también, y por eso mismo sin ningún sentido comunicable.

  2. Descentramiento el yo: Artaud habla de sí mismo en tercera persona debido al salvaje atentado que ha cometido contra sí mismo. Pero entronca más con la tradición francesa anterior de Rimbaud o Nerval que con la retótica del Borges de su escrito "Borges y yo". Nerval había afirmado: “Yo soy el otro”, mientras que Rimbaud había expresado: “Yo es otro”. Al final, ¿quién habla? ¿Desde dónde se habla? ¿Quién o qué es esa cosa que dice yo?

Desde la perspectiva de la política de Deleuze nos asaltan varias preguntas, siendo la más acuciante la siguiente: ¿Cómo se pueden organizar los cuerpos sin órganos? No cabe duda de que nos encontramos ante grandes dificultades si por un lado defendemos una ontología de la diferencia basada en el concepto del cuerpo sin órganos y por otro queremos construir comunidad. La ontología es positiva al tiempo que la política queda en la más absoluta de las incertidumbres.

Quizá la esquizofrenia artaudiana no tenga ni origen ni fin. Precisamente ahí podamos hacer brecha al capitalismo, en un código ni cifrado ni revelado, acciones sin orden ni concierto, puro producto del deseo creativo. Hacer para desorientar, sin patrones establecidos. Solo así podremos minar el entramado molar de la sociedad capitalista-administrada. Pero hasta la fecha todas las brechas han sido asumidas por el poder molar del capitalismo. ¿Llegará la nueva venida del deseo irreductible? Solo esperamos que la nueva apertura de poderes moleculares y la configuración nuevos espacios de la libertad no nos convierta en nuevos suicidados de la sociedad.

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