Damnatio memoriae

Se conoce el término damnatio memoriae como la orden expresa por parte del Senado romano de borrar, literalmente, de la historia a un emperador que acababa de fallecer. Procedimiento motivado por el despotismo que caracterizó su principado o, simplemente, porque no casó en vida con los intereses políticos del organismo senatorial. El proceso de esta práctica era tan simple como el de una goma que borra el trazo de un lápiz: eliminación sistemática de su recuerdo en pinturas, mosaicos, estatuas, monedas, documentos históricos, etcétera. Esta locución latina podría traducirse como ‘castigo por olvido’, ya que la intención se reducía a condenarlo a morir por segunda vez. Condenarlo a ser olvidado de la memoria colectiva.

Paradójicamente, este procedimiento tenía una consecuencia casi más terrible que el mero hecho de eliminar su memoria histórica: la tergiversación de los hechos que caracterizaron su vida. Procedimiento que podemos ver reflejado en la novela 1984 del autor británico George Orwell. Los emperadores más famosos que padecieron dicha práctica fueron los ya conocidos Calígula, Nerón, Cómodo, etcétera. ¿Y quién no los conoce hoy día por mantener relaciones sexuales con un caballo o tocar el arpa mientras Roma ardía en un fuego devastador o por luchar cuerpo a cuerpo con gladiadores heridos o drogados? Exacto ¿Pero realmente ejercieron esos hábitos en vida? Lo cierto es que no lo sabremos nunca a ciencia cierta, porque al fin y al cabo su historia se reescribió o se adaptó al gusto de algunos. La historia siempre la escriben los que vencen.

Otros casos de ‘castigo’ por olvido pero más próximos a nuestros días fueron, a lo largo del siglo XX, las fotografías manipuladas al servicio del estalinismo contra el político León Trotski durante la Gran Purga. O la destrucción organizada de monumentos y/o piezas de arte del Medio Oriente a manos de la agrupación fundamentalista y terrorista ISIS. U otros casos más antiguos tales como los cristianos radicales que, una vez que Constantino legalizó dicha religión mediante el Edicto de Milán en el 313 d. C., se dedicaron a destruir de forma sistemática templos, altares, libros y símbolos del mundo pagano a partir del siglo IV d. C.

¿Pero qué influencia ejerce el olvido sobre nosotros como seres libres e individuales? ¿Es posible realmente olvidar como acto consciente y voluntario? ¿Es que acaso nos resulta posible extraer un recuerdo no deseado con precisión quirúrgica y desecharlo sin que vuelva jamás a nosotros? La respuesta es compleja, ya que a lo largo de la historia se ha utilizado el olvido como estrategia política o, como decía más arriba, como estrategia de manipulación. Winston Smith, protagonista de 1984, trabaja para el Ministerio de la Verdad. Esta es la sede donde El Partido del Hermano Mayor manipula los hechos históricos a su antojo y donde dicta los designios del pasado para justificar las acciones emprendidas en el presente. Todo ello es posible gracias a la estrategia mental del doblepiensa. Que en otras palabras significa sostener dos conceptos contradictorios al mismo tiempo y beneficiarte de cada uno de ellos dependiendo del contexto y de cuando te interese. Por ejemplo: “las previsiones de alimento para el próximo trimestre serán X/Las previsiones de alimento para este ejercicio han sido de X-2”. Cuando las expectativas que has previsto no se materializan, se recurre al doblepiensa para hacer creer a la población que lo que ha sucedido era lo previsto. De esta forma prevalece un control sobre una población que pasa rápidamente de creer en una cosa a creer en otra totalmente distinta. Pese al carácter de ciencia ficción de todo este embrollo, la estrategia del doblepiensa resulta efectiva, ya que en nuestros días prevalece la forma antes que el contenido, y esto es gracias a que la masa al ser guiada por el miedo y la desinformación desecha con cierta facilidad cualquier argumento racional pasado o presente. Es decir, el desconocimiento del contenido te hace manipulable, ya que los medios de información están bajo el poder de los altos estamentos ¿Qué es lo primero que hace un movimiento golpista? Aparte de apropiarse de las armas, en primera instancia tratará de controlar los medios de información. Así pues, el miedo se convierte en uno de los motores del olvido, ya que nunca cavilamos en el trasfondo de la información por la paranoia constante a ser atacado, invadido o depuesto. El miedo se sitúa de esta forma como el mejor candidato para un rebaño susceptiblemente manipulable.

Dentro del marco del olvido como motor manipulativo, existe otra técnica con esa finalidad apodada gaslighting. Dicha técnica obtiene su nombre de la película Gaslight, en la cual el marido de la protagonista altera las lámparas de gas de la casa para que brillen menos, y este hace creer a su mujer que están brillando de la misma forma. Por supuesto dicho patrón de abuso emocional consigue en la victima que dude de su propia percepción, juicio o memoria.

Pero pasando del miedo y de la desinformación como estrategia de olvido, pasamos a la sobreestimulación como otra eficaz arma de olvido ¿Quién no ha visto nunca en las noticias un acontecimiento nefasto en la que han fallecido varias personas de forma trágica? ¿Qué sucede automáticamente después de dicha noticia? Lo olvidamos, así de sencillo. Y no es que seamos conscientes y tampoco es que sea un proceso voluntario, es que automáticamente nuestro cerebro es bombardeado con el golazo de chilena que Cristiano Ronaldo marcó la noche anterior. Esto hace que todo el procesamiento que estaba empezando a hacer nuestro cerebro sea interrumpido por otra información que está entrando. Y a su vez, esta última información empezará a ser gestionada y, rápidamente, será reemplazada por otra entrante. Siendo nosotros de esta forma simples receptores de información que entra y sale. La consecuencia de todo esto es que aunque sepamos que nuestra monarquía vende “material de defensa” a dictaduras como Arabia Saudí, que luego sirven de escarmiento para los yemeníes, o que seamos uno de los países del mundo con mayor tasa de corrupción, simplemente nos la resbale. Paradójicamente, con la utilización del olvido como manipulación, aquí no les importa que estemos informados, lo que quieren es que estemos sobreinformados, ya que tantísima información nos paraliza.

Como sociedad hemos desarrollado un callo alrededor de nuestra sensibilidad. Poseemos una memoria colectiva frágil y efímera, en la cual pasan miles de estímulos al día a través de nosotros y no nos dejan huella alguna. Somos producto de un estilo de vida basado en la recompensa a corto plazo y en el cual rara vez sentimos el presente de forma consciente. Físicamente lo vivimos, pero mentalmente solemos caminar entre el pasado y/o el futuro. Recibimos mucho y sentimos muy poco.

Aún así, sabemos que el olvido es un engranaje importantísimo en cualquier planning político. Nos interesa que el prójimo pase por alto lo que prometimos hace tiempo, nos interesa que no se reflejen las expectativas que auguramos meses atrás ya que no hemos logrado cumplirlas, nos interesa destruir y olvidar lo anterior para proclamar una nueva era, y sobre todo, nos interesa que no exista ningún motivo susceptible para desbancarnos de nuestra posición de privilegio y/o estatus. Es decir, tratamos pues de promover el olvido desde nosotros hacia un colectivo o hacia un sujeto individual ¿Pero qué sucede si promovemos el olvido desde nosotros hacia nosotros mismos? Ahora mismo te voy a pedir que no pienses en un camello durante unos treinta segundos, tómate el tiempo que necesites hasta que estés listo ¿Preparado? Empieza ahora. Bueno ¿Realmente has podido dejar de pensar en un camello durante treinta segundos? Se honesto contigo mismo, ya que es muy complejo ser capitán de los designios de nuestra psique. William Shakespeare lo tenía claro en su tragedia Macbeth. Este último asesina al rey legítimo Duncan para convertirse en el nuevo rey, y ordena asesinar a su fiel amigo Banquo y a su hijo Fleance, ya que las brujas le auguraron que el hijo de su amigo sería rey de Escocia después de él. Finalmente, Fleance logra salir ileso de la conspiración y todo ello se vuelve contra Macbeth, ya que en un banquete ve al fantasma de Banquo. O al menos eso es lo que él ve durante su delirio paranoide. El intento voluntario de olvidar un acto éticamente deshonroso queda convertido en motor de nuestro remordimiento. Si tratamos de bloquear por la fuerza un pensamiento que deseamos desechar, este volverá con mayor efecto y golpeará aún más fuerte en nuestra conciencia.

Así pues, tratar de desechar voluntariamente pensamientos que nos turben la mente o que no nos dejen dormir durante las noches queda convertido en una tarea titánica ¿De qué opción disponemos pues para reconciliarnos con nuestros pensamientos? Sencillo. La eficaz forma de debilitar la resonancia negativa de nuestros pensamientos queda reducida a otro planteamiento más difícil pero más efectivo a medio/largo plazo: la superación. No podemos olvidar a la persona a la que más amamos y que a su vez fue la que más daño nos hizo, pero lo que sí podemos hacer es gestionar ese recuerdo y que permanezca en nosotros para siempre, pero sin el efecto negativo que desempeñaría de forma habitual. De eso se trata la superación del recuerdo, de desechar su efecto nocivo y convertirlo en un cimiento más de nuestro aprendizaje. Aunque, en el caso de Macbeth, sería ardua tarea superar a todos los demonios que custodian su alma apesadumbrada. Por eso cada cual, en consonancia con sus actos, deberá buscar la mejor vía de superar sus pensamientos y aparcarlos latentemente en un rincón de su cabeza. Con o sin intención de recuperarlos a posteriori.

Estos pensamientos superados, poco a poco, se van sumergiendo con el paso de los años en el abismo del subconsciente. Nuestra vida transcurre con el ritmo habitual y, de repente, un día sucede algo que vuelve a sacar a flote desde las profundas aguas aquellos pensamientos que, prácticamente, habían tocado fondo. Se trata de llaves sensoriales que se encargan de reflotar estos recuerdos o, simplemente, situaciones tan similares al recuerdo en cuestión, que nuestro cerebro se cortocircuita y relaciona esa situación presente con el recuerdo similar vivido. Un olor que nos evoca el perfume de nuestro primer amor, una canción que nos recuerda la mejor noche de aquel verano de juventud tan intensamente vivido o aquel olor a antiguo que recorría nuestra primera casa de la infancia. Las llaves sensoriales son capaces de habilitar y desbloquear un recuerdo ya perdido en el subconsciente y, además, esta conexión se da en cuestión de meros instantes.

Este resurgir de nuestros recuerdos no siempre tiene que ser dado por un renacer de recuerdos superados. Muchos recuerdos traumáticos pueden instalarse de forma automática en un rincón de nuestra cabeza y echar sobre ellos arena cementada para que no salgan nunca jamás de donde fueron encadenados. Este procedimiento de olvido forzoso, desde una injuria perpetrada contra nuestra persona, lleva consigo un arma de doble filo: te permitirá escapar del enfrentamiento directo contra él, pero evitará la superación y la asimilación de tu recuerdo y de sus consecuencias de liberación. Eso sí, siempre estará ahí latente esperando la mínima oportunidad para volver a salir del agujero en el que fue enterrado.

Tenemos ejemplos aleccionadores enmarcados en el sueño poético del olvido, pero muchas veces olvidar se traduce en sinónimo de cobardía. Ejemplos como las negaciones del Genocidio Armenio por parte de los turcos o genocidios indígenas en Latinoamérica. O la negativa constante de los partidos conservadores en España a desenterrar las fosas comunes de las víctimas de la Guerra Civil. Tapar la vergüenza es preferible a reconocer y a asumir las consecuencias de nuestros actos. La Alemania actual ha superado en parte el nazismo, y digo en parte porque aún existen núcleos supremacistas afines a dicha doctrina, pero jamás deberá olvidar ni a Hitler ni el Holocausto ni demás cosas relacionadas, ya que quien no conoce su historia estará condenado a repetirla. España, contrariamente a Alemania, aún no ha superado lo más mínimo la Guerra Civil, podemos verlo en el ambiente que se respira en nuestras calles, en los debates políticos o en simples partidos de fútbol. Si olvidamos todas las injusticias que ha sufrido nuestra historia, estaremos condenándolas a morir por segunda vez. Olvidar también es matar.

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