Fin de la privacidad

Ilustraciones: Jorge Casas

No podemos negar que las cosas han mejorado. Eso repite el Gobierno de forma insistente y, como parece que los tiempos nos van relegando a una posición pasiva, hemos de aceptarlo.

Ciertamente los cambios llegaron de forma imperceptible, en suaves oleadas. Nunca le dimos mucha importancia; hasta entonces compartir datos siempre supuso un aumento del bienestar. Mejor dicho, de la comodidad. Aunque, repito, había que estar muy atento para advertir esas interferencias que se mezclaban con lo cotidiano.

No es que se erigiera una montaña de hormigón o una nueva acrópolis para la burocracia interior, nada de eso. El poder hoy se apoya en mecanismos mucho más sutiles, así hemos oído expresarse a ciertas personas. Se hace invisible y lo poco que queda al descubierto presenta una cara amable.

Deberíamos tener claro, sin embargo, que da igual lo que se prometa: la seguridad absoluta no existe, pero la vigilancia absoluta sí. Es lo más natural buscar certidumbre y protección para ti mismo y tus seres queridos. Los problemas comienzan cuando la búsqueda de amparo se transforma en obsesión y los poderes sociales alimentan para ello el miedo. Usan el terror a lo desconocido como medicina preventiva, obligatoria para toda la población. De esta forma nos lanzamos a los brazos de cualquiera que clame protegernos, sin tiempo de sopesar los pros y los contras de una rendición total o de pararnos a pensar críticamente en sus verdaderas intenciones.

Algunos dirán que estos métodos no difieren demasiado de los usos jerárquicos clásicos y puede ser verdad. La diferencia fundamental se produce en la escala de aplicación; a partir de ciertos niveles los posibles efectos secundarios comienzan a preocupar. Esto tiene una explicación muy sencilla, se trata de la ley de rendimientos decrecientes. Conforme la seguridad, la certeza y la previsibilidad aumentan, un incremento adicional de estas supone sacrificios cada vez más grandes en materia de privacidad, espontaneidad, libertad… Ya se sabe que desde el momento en que nos sabemos vigilados nuestro comportamiento cambia por completo. Y una vez interiorizada esta conducta (acostumbrados por constantes exámenes, por el entrenamiento, por la supervisión), es necesaria menos vigilancia para conseguir el mismo grado de control. O, dicho de otra manera, es posible multiplicar el control disponiendo de los mismos recursos.

Como antes dijimos, los cambios llegaron de forma imperceptible. El Ministerio de Sanidad fue recopilando los datos genéticos de toda la población. La gestión fue al comienzo pública por completo, pero el volumen de información se hizo difícil de manejar. Aun así, hubo un impacto agregado notable, que fue creciendo gradualmente. Y un impacto agregado implica personas que son diagnosticadas a tiempo, tumores extirpados sin peligro, enfermedades degenerativas detectadas antes de su aparición o, en el peor de los casos, la posible aceptación paulatina de lo inevitable.

Algunas voces se alzaron cuando empresas privadas pasaron a administrar los datos. Prometían mayor eficiencia, mejores métodos. El sector público tenía buenas intenciones, quería salvar el máximo número de vidas posible.

Sin embargo, no son nunca suficientes las buenas intenciones; la gente no come discursos. Nadie pareció darle mucha importancia al hecho de que los algoritmos gestores de la información genética pública eran de propiedad privada y sus dueños no estaban muy dispuestos a compartir su funcionamiento. Sus resultados y recomendaciones eran aplicados de inmediato, asumiendo una superior racionalidad maquinal. Gran parte del presupuesto destinado a medicina preventiva y miles de horas de trabajo de personal cualificado se asignaban de forma automática sin conocer las razones subyacentes, dadas por hecho.

Los buenos resultados estadísticos significaron relajación en las restricciones. Las líneas rojas retrocedieron. Sí, hubo oposición a que los demás ministerios compartieran parte de los datos genéticos de la población, pero se aprobó tras varios meses de debate. Pronto fueron todos los datos. Es imposible conocer en el momento el impacto que tendrá en la sociedad una tecnología disruptiva, por eso no conviene bajar la guardia en ningún caso y mantener controles y cortafuegos a pesar de lo seguros que nos podamos sentir. Mientras tanto, la investigación en el campo de la genómica siguió avanzando y con ella las posibles aplicaciones prácticas para los marcadores genéticos que se iban encontrando.

Justicia e Interior enseguida encontraron usos para la información genómica. Sistemas de predicción de delitos se desarrollaban a buen ritmo, ayudando a la optimización del despliegue policial y dando lugar a multitud de detenciones preventivas cuando las probabilidades de individuos concretos de cometer un crimen superaban cierto umbral. Con el tiempo, las penas de prisión empezaron también a variar según agravantes y atenuantes genéticos.

Llegó un momento en el que los costes de mantenimiento y utilización de la base de datos genética se tornaron insostenibles en un escenario de ingreso y gasto público a la baja, El detonante de que aceptásemos la oferta de las grandes aseguradoras fue que nadie quería perder los beneficios del big data en la salud. Se juzgó que el libre acceso a la información por su parte era un pago justo a su financiación del programa. Al fin y al cabo, fue su necesidad de mejorar los censos lo que al principio impulsó el desarrollo de los primeros ordenadores. Los bancos pudieron algún tiempo después consultar los datos por las mismas razones. Primas y tipos de interés fueron personalizándose para adaptarse al perfil genético del cliente. Los responsables de Recursos Humanos vieron facilitado su trabajo de selección y despido gracias a perfiles similares y currículums genéticos.

Hoy en día al hecho indiscutible de ser irrelevante se le añade la negación del derecho a ser invisible. Por suerte o por desgracia, la llegada de la burogenética no tiene vuelta atrás. Esta ha supuesto el desmembramiento de la concepción central del ciudadano o individuo en la sociedad democrática. El gen sin contexto y deshumanizado ocupa ese espacio, siendo fácil su conversión en mera materia prima. La obsesión por la genética en la medicina preventiva (y en los demás ámbitos), muy eficiente y nadie puede decir lo contrario, significó perder de vista el origen socioeconómico y político de muchos de nuestros problemas más graves. No podemos negar que las cosas han empeorado.

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