En defensa del bar cutre

Enemigo de la decrepitud, ese eres tú. En guerra con lo caduco y lo rancio. ¿Tienes un segundo antes de seguir con tu loable cruzada?

No dudo de lo atrayente que puede resultar ese garito del que todo el mundo habla. Es gustable con una precisión matemática, ya que sus atributos se han probado y pulido durante años. La misma iluminación cálida, los mismos colores pastel, la misma cuidada discrepancia entre las sillas.

Es un bar homogéneo, de los que se reproducen como setas en cualquier lugar del mundo, ignorando en su mayoría los usos y particularidades locales, además de las redes invisibles de relaciones que vertebran cada comunidad. Al final, solo hemos comprado lo peor de la globalización y nada de lo bueno: multinacionales del empotramiento capitalista, libre circulación de la inversión, deslocalización depredadora, envío inmediato de mierda infame desde cualquier parte y, por si fuera poco, los lugares de ocio siguen los mismos patrones. ¡No se respetan ni los bares! Adónde vamos a llegar; nosotros, que tenemos 2’8 habitantes por cada mil bares (o tal vez sea al revés).

¿Qué puede nacer en estas catedrales de la asepsia? Solo copias asépticas del mismo modelo, probablemente, o una empresa de decoración de quirófanos. Todo el sabor local, lo imperfecto, lo impredecible queda erradicado. No hay lugar para lo espontáneo. Más allá del plan de marketing solo está la nada.

Durante su construcción se los rocía con un desinfectante cultural para que a todos gusten y a nadie ofendan. Además, se toman demasiado en serio. ¿No es cargante que sean 24/7 templos en honor de las tendencias? La conciencia excesiva de sí es el signo principal de la decadencia, que diría el luso.

Bajo este movimiento subyace como contexto el sueño húmedo de todo promotor inmobiliario y de ciertos concejalillos: que cada barrio de España se convierta en Malasaña, con una subida en los alquileres tan pronunciada como la erección que consiguen al imaginársela. Y nosotros, los pobres con estudios, allá que vamos en manada, involuntarios agentes gentrificadores.

por Tim Snell

La famosa gentrificación (palabra que lleva ya un tiempo filtrándose en el imaginario público) tiene una definición precisa: cambio simultáneo en los usuarios de un territorio (siempre personas con un estatus sociocultural superior sustituyen a los antiguos habitantes) y en sus construcciones por reinversión en capital fijo. Además, tiene 4 etapas muy diferenciadas:

  1. Abandono

  2. Estigmatización

  3. Regeneración

  4. Mercantilización

Este fenómeno, tal y como lo acabo de plasmar, SIEMPRE es nocivo para la salud de una ciudad, porque los beneficiados por él son por definición menos que los perjudicados. Una gran masa (vulnerable, marginada) termina siendo desplazada de sus hogares para maximizar las ganancias de las élites constructoras.

El proceso de gentrificación sigue estos pasos y se trata de un plan voluntario desplegado a lo largo de los años, con la connivencia y muchas veces participación expresa del sector público, que debería trabajar para garantizar una calidad de vida digna para los más vulnerables.

El problema viene cuando la ciudadanía en general solo percibe el tercer eslabón de la cadena y apoya la regeneración de los barrios más depauperados. El problema viene cuando la ciudadanía en general no se ha dado cuenta del abandono previo de los servicios públicos en el barrio y de la construcción consciente de un gueto. Las familias que se lo pueden permitir huyen cuando no les queda más remedio y los más desamparados quedan atrapados allí, rechazados y estigmatizados, sin más opción en la mayoría de ocasiones que recurrir a una mísera economía subterránea de subsistencia. Ahí, en el punto más bajo de percepción social de un barrio, es donde comienza la operación inmobiliaria. Inversores y promotores pueden comprar terrenos y bloques enteros de edificios a un precio ínfimo para, tras la conveniente regeneración y mercantilización, venderlos después con su valor multiplicado a clientes con gran poder adquisitivo.

La reacción de los ayuntamientos ha variado desde la aquiescencia tácita al apoyo entusiasta, pero históricamente nunca se han opuesto a que parte de su población sea tratada como un desecho. De este modo, las estrategias para el abandono de los barrios-objetivo son múltiples: desde la desatención de la recogida de basuras y del mantenimiento de las calles hasta la permisividad policial con pequeñas prácticas ilegales o la ausencia de inversión en equipamientos públicos durante años y años.

Obviamente, la clase media valora la vuelta a la seguridad en las calles y disfruta de las alternativas de ocio que se han creado para atraerla (polillas hacia la luz). Para entonces los alquileres han comenzado a subir y los servicios públicos vuelven como por arte de magia. A las llamadas clases creativas (jóvenes con estudios superiores, mucho capital cultural y poco dinero) nos están usando impunemente como cebo para atraer a los peces gordos de cartera repleta.

Dotamos al barrio de prestigio, aura alternativa y efervescencia cultural, vamos a vivir allí, abrimos librerías o galerías de arte o tiendas de ropa vintage. Sin darnos cuenta vamos minando las redes de apoyo vecinal existente, invisibles para nosotros, la organización interna que ha ido mal que bien compensando las carencias. Vamos organizando actividades solo para los externos, para gente como nosotros, ya que consideramos que nuestro gusto y nuestra visión es superior a la de los pobres ignorantes (sin saber y sin interesarnos de cuál es la suya). Vamos cayendo en el onanismo social. Vamos desplazando poco a poco a los antiguos habitantes, que se van perdiendo, que van quién sabe dónde, pero no nos percatamos porque son invisibles, son nadies. Una vez hemos hecho el trabajo sucio, los alquileres siguen subiendo y se deshacen de nosotros. Hemos sido un instrumento. El barrio ha culminado su transformación, sale de su crisálida como una mariposa del libre mercado, rica, molona, maravillosa. La ciudad muere, Disneylandia nace.

Al final, nos echan también a las clases creativas, pero queda el estilo prefabricado, el de las tiendas, el de los bares alternativos. ¿Alternativos a qué? Su modelo es un polígono regular, con aristas pulidas y vértices afilados, inhumano en su pulcritud. La ciudad viva, en cambio, no entiende de ángulos rectos, sino de curvas suaves, líneas de deseo y preferencias paulatinas comunitarias.

¿Crees aun así en la fulminante inferioridad del bar tradicional? Ese de la tipografía aberrante y las sillas metálicas en la terraza. El de las pipas gratis con la cerveza. Es difícil, no obstante, incluirlos a todos en un conjunto. Lo cool tiende a caer en la homogeneidad más tediosa, pero el cutrerío humilde tiene mil caras.

Por supuesto carecen de todo brillo, hype o como se quiera llamar. Ignoro la anatomía del hype. Solo sé que yo tengo mi gusto, tú tienes el tuyo y aquel señor de más allá el suyo. ¿Que es un hortera, un casposo, un rancio? Tal vez, ¿pero tenemos derecho a invisibilizarlo por ello? ¿Somos superiores por rechazar el ornamento? No lo somos. La fealdad es un asunto estético, no ético. Hemos de relajar un poco la caza de brujas.

por moverelbigote

Esos bares llevan aquí desde siempre y una muestra de su valor es que han sabido cambiar para seguir siendo los mismos, como no supo hacer el príncipe de Salina.

Dijo Spinoza que todas las cosas quieren permanecer en su ser y estos nuestros bares de barrio han mantenido su esencia a pesar de todo. De un tiempo a esta parte, muchos han sido comprados por la comunidad china. Lo que no pudo ser mejor noticia, ya que el espeso poso confuciano de su cultura les hace mostrar un respeto reverencial por la institución y la tradición.

Así pues, estos nuestros bares gozan de buena salud, con su esencia comprendida y asimilada por sus nuevos dueños. Frente a la manía de vender experiencias del garito de moda, estos nuestros bares venden comida y bebida a buen precio, nada más. No buscan atraer a una clase concreta o quién sabe qué otras sutilezas. La experiencia es un asunto personal e íntimo del individuo y, a mí particularmente, su conversión en commodity me parece ofensiva y repugnante.

Frente a la manía ecualizadora, pulidora de estridencias, cazadora de nichos de mercado, está la entrañable atemporalidad del antro clásico y su cochambre destartalada. Bendito sea el error, que nos da la vida.

Debo ir terminando. No trataba de hacer una diatriba para que cambiases de bando, las soluciones a problemas complejos son más complejas aún. El cambio en las ciudades, nunca estáticas, es inevitable, nada permanece inmóvil. El quid de la cuestión es a quién queremos que beneficien.

Amigo, el mundo acelera demasiado y da extrañas vueltas de campana. Así, la epidemia del viajero exótico y la felicidad constante, la plaga de la experiencitis, ha terminado por convertir(¿nos?) a los partidarios de la rutina serena y monótona en peligrosos radicales subversivos, luchadores lunáticos a favor de una revolución inimaginable: la revolución de quedarte en tu barrio, de quedarte en tu calle, de quedarte en tu casa. La revolución de la vida cotidiana.

PARA SABER MÁS:

  • First we take Manhattan: la destrucción creativa de las ciudades (2016), Daniel Sorando y Álvaro Ardura, La Catarata

  • La ciudad postmoderna: magia y miedo de la metrópolis contemporánea (2000), Giandomenico Amendola, Celeste

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