El hombre imaginario: cultura y ficción

“El hombre imaginario vive en una mansión imaginaria rodeada de árboles imaginarios a la orilla de un río imaginario De los muros que son imaginarios penden antiguos cuadros imaginarios irreparables grietas imaginarias que representan hechos imaginarios ocurridos en mundos imaginarios en lugares y tiempos imaginarios Todas las tardes tardes imaginarias sube las escaleras imaginarias y se asoma al balcón imaginario a mirar el paisaje imaginario que consiste en un valle imaginario circundado de cerros imaginarios Sombras imaginarias vienen por el camino imaginario entonando canciones imaginarias a la muerte del sol imaginario Y en las noches de luna imaginaria sueña con la mujer imaginaria que le brindó su amor imaginario vuelve a sentir ese mismo dolor ese mismo placer imaginario y vuelve a palpitar el corazón del hombre imaginario.”

Este es un poema que escribí el otro día… Ya me gustaría. Nah, he tenido el privilegio de citar “El hombre imaginario” del antimaestro chileno Nicanor Parra, que nos marca el camino a los desorientados.

Voy a hablar de cultura y ficción y de cómo ambas cosas vienen a ser lo mismo. Pero ¿qué es la cultura? La cultura lo es todo, amigas y amigos. Toda esa red que nos une a los otros simios de nuestra especie. Una red que hemos tejido nosotros. El homo sapiens es la personificación de la especie y el individuo es la personificación de la cultura. El individuo, según Valéry nuestra mayor invención.

Piensa en algo. ¡Ese algo está inventado, es una mentira, es una ficción! Una mentira prisionera tras los barrotes del lenguaje. Hasta una montaña es una ficción, un valle es una ficción. Dirás: ¿pero qué dice este loco? Pues sí, porque “valle” es un concepto, un saco abstracto tejido por el individuo para meter cosas concretas. Cada una de las cosas a las que llamamos valle no tienen NADA que ver entre sí. Entiéndeme bien, inferimos características que las agrupan, etiquetas que también hemos creado. El buen Dios, en el hipotético y poco probable caso de que exista, creó muchas cosas concretas. El buen Dios creó la realidad, pero fue el hombre el que creó la abstracción.

Todas esas legiones de epistemólogos llevan milenios buscando la fuente última de la realidad. ¿Pero cuál es la fuente última de la ficción? Algo dentro de nosotros. Llámese alma, conciencia o como se quiera. Algunos hombres miran al cielo, otros hacen minería. Autominería. Eso es lo que son los escritores, los artistas, los arquitectos… mineros de sí mismos.

Para mí, la realidad es tan solo una excusa para que exista la ficción. La realidad: lo que no desaparece cuando dejamos de creer en ello. ¿Y la cultura? Todo lo demás. Un velo de un grosor increíble que nos cubre. Un velo ficticio. Hasta nuestra forma de percibir la realidad es un invento. El concepto “realidad” es un invento. Pero no quiero que te explote la cabeza todavía, acabamos de empezar.

Para mí, lo que tiene valor es la ficción que nos diferencia. Me explico, usamos instrumentos para facilitarnos tareas. ¿Y qué? También usa el chimpancé pequeñas ramas para capturar termitas o la nutria elige las mejores piedras con las que abrir moluscos. Los animales también usan herramientas, ¡pero no símbolos! Eso es lo valioso. Los insectos tienen sociedades complejas. ¿Por qué me van a importar o emocionar cosas que compartimos con las termitas? La monarquía hereditaria, la división del trabajo, la especialización, las diferencias por castas, la práctica de la guerra, la domesticación de otras especies, el empleo de la esclavitud y la explotación a gran escala, la división en grupos según la cercanía genética. Todo eso ya estaba en los hormigueros millones de años antes de que llegáramos aquí. ¿Me quieres decir que esta mierda es lo más importante de la cultura humana? ¿Imperios, reyes, ejércitos, productividad? Solo veo hormigas, termitas.

Te diré una cosa que una hormiga no puede hacer: contar una historia que no ocurrió nunca, escribir un poema como el que escribió Nicanor Parra en 1979 arrasado por el abandono de Ana María Molinare, la mujer imaginaria (que pierde fuerza al tomar cuerpo). Pero el escritor solo sabe lo que quería escribir y no lo que ha escrito. Y Parra, mecido por la cadencia desgarradora, por el ritmo repetitivo y ritual de lo imaginario, describió la totalidad de la cultura. El hombre imaginario, que es el individuo. La mansión imaginaria con muros, escaleras, balcones imaginarios, que es la arquitectura. Los hechos y mundos imaginarios del arte y la literatura. Paisajes, valles, cerros, lunas, ciclos, todo imaginado en la abstracción. La verdad de las religiones: meras sombras creando la música y el ritual para honrar al dios solar imaginario.

Y esa última estrofa. Ufffff. Aparecen el sueño y la memoria de la mano: lo que imagina el hombre imaginario, esa doble ficción hecha fantasmagoría. Y aparece lo único que no es imaginario en todo el poema: el dolor. El dolor del corazón palpitante. Un dolor que encierra la totalidad de nuestro ser, lo que nos hace especiales, todos los símbolos del mundo.

Lo siento, antimaestro. Puede que lo atisbases antes de morir, pero, al final, ese dolor también es imaginario.

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