Barcos que navegan en la montaña: Fitzcarraldo y el sultán


Los hombres por lo general son insectos inmundos. Se arrastran enfrascados en el vicio inmediato y en sus necesidades corporales. Al poco mueren sin dejar rastro. Sin embargo, hay enajenados que por crueldad extrema o fanatismo devorador arrastran a hordas de semejantes hacia el logro de hazañas extraordinarias que duran un instante, explosiones nada más. Sus nombres serán recordados cuando ya no estén, pero, al final, morirán de igual modo que cualquiera, sin remedio. Por ello, estos insectos en trance son minoría: pocos se entregan voluntariamente al esfuerzo sin objeto, a la tortura de uno mismo sin sentido, al sufrimiento, sabiendo que no servirán de nada. Serán inútiles.

Queda claro que el origen de dichas proezas no es externo, pues la mera sed de oro, poder o fornicio no bastan para compensar los pesares de luchar contra la realidad y la lógica. Las 3 cosas pueden obtenerse usando métodos más pedestres y anodinos. El génesis de las obsesiones épicas se produce dentro del individuo. Furores interiores inexplicables llevan a ciertas personas a apostarlo todo por lo imposible.

Tal es la magnitud del caos azaroso del mundo que ni la especie entera lo puede abarcar. Nuestro orden patético está condenado a perderse con nosotros en la tiniebla caótica. De todas formas, es inútil razonar. Por alguna razón o por ninguna, estamos hechos para buscar patrones. Y cuando los encontramos, cuando tropezamos por casualidad con unos átomos de sentido, nos sentimos brevemente hirviendo en fuegos trascendentes.

Así es como yo me sentí al vislumbrar una obsesión que se repite a través de los siglos, saltando de iluminado en iluminado. Hay que serlo de algún modo para violentar así la naturaleza de la realidad y el normal discurrir del mundo, ese que siguen las cosas empeñadas en permanecer en su ser. No concibo el pasado como una Arcadia ni el porvenir de la humanidad como una constante degeneración. Sin embargo, es imposible no percibir en las siguientes historias una suerte de descenso alucinado hacia lo inútil, hacia la locura per se.

La tierra y el agua son elementos antitéticos, como cualquier presocrático puede confirmar. Frío y seco uno y frío y húmedo el otro. Y el barco nació para surcar los mares y los ríos, para flotar, para deslizarse. No puede navegar por la tierra. Imposible.

1453. El sultán Mehmet II comanda un gran ejército, decenas de miles de turcos. Esta muchedumbre resulta insuficiente porque para tomar Constantinopla por las armas es necesario a la vez las murallas y el puerto y la armada otomana acaba de sufrir un gran revés. 5 naves genovesas han burlado el cerco naval de Mehmet con provisiones y pertrechos para los defensores, además de multiplicar su moral. Los turcos ya no pueden hacer nada: el puerto de Constantinopla está protegido por una gigantesca cadena que ningún buque invasor puede traspasar. La retirada es la opción más lógica. Pero el sultán Mehmet es uno de los enajenados y de su interior surge como una náusea (¿o tal vez la recibe?) una pulsión incontrolable.

Ciertas zonas oscuras de la personalidad del sultán le empujaron a concebir lo inconcebible: transportar los barcos más ligeros de su armada desde el confín del barrio de Gálata hasta la parte superior del puerto, de este modo franquearían la temible cadena. 16 kilómetros de colina irregular invadida por los matojos. Los turcos limpiaron, nivelaron, talaron las planchas de madera, desafiaron las dificultades por el puro poder de la muchedumbre. Cuando todo el camino estuvo listo y engrasado, 80 galeras y bergantines fueron arrastradas agónicamente hasta su destino en una sola noche. Conforme las naves llegaban al agua, Mehmet sellaba su victoria y garantizaba que los ecos de su nombre atravesaran los siglos. ¿Lo hizo por la gloria, por la conquista?

1894. Carlos Fermín Fitzcarrald solo pensaba en la ópera, que llenaba sus días y sus noches y hacía soportable la brutalidad de la selva. Fitzcarrald era rico gracias al caucho. Muy rico. Mucho. Pero Fitzcarrald quería más. Quería con una fuerza que nada tenía que ver con la sed de oro. Exploraba y exploraba.

Era difícil transportar por entonces el caucho desde sus zonas de extracción, en plena jungla, hacia los mercados ávidos. Fitzcarrald lo solucionaría. Encontró el ansiado istmo que unía la cuenca del río Purús y la del Ucayali, bendición logística, entre dos ríos menores, el Serjali y Caspajali.

Tenía planes gigantescos, ferrocarriles, carreteras y quién sabe qué más. Volvió a Iquitos, Perú, centro cauchero continental, para pedir ayuda a las autoridades. No se la dieron, lo tomaron por loco. No entendían las fuerzas que confluían en las entrañas de Fitzcarrald. Compró el barco de vapor Contamana y navegó hasta el istmo. Mil indios lo arrastraron durante 2 meses a través de 10 kilómetros de pura selva, remontando una colina de 500 metros de altura. Una empresa del todo absurda por las pérdidas en vidas y en materiales. Solo con cuerdas y sobre troncos. A las órdenes de un iluminado perdido en su desmesura. Cuando llegaron al otro lado, el Contamana siguió navegando hasta vender su caucho. ¿Lo hizo por el dinero?

1981. El cineasta muniqués Werner Herzog, atrapado por la historia de Fitzcarrald, se convierte en él. No solo rueda su épica lucha contra la jungla y la racionalidad, sino también las profundidades de la paranoia y la locura. Quién sabe por qué lo hizo, pero decidió arrastrar otro barco de un río a otro en las selvas de Perú. Decidió repetir la hazaña, ya desprovista de cualquier tipo de sentido y motivación práctica. Filmó durante 2 años la condensación de lo inútil, la esencia misma de lo que hace diferente al ser humano.

Hubo peleas, accidentes, amputaciones. Hubo que rehacer y rehacer. Volver a filmar. Quizá por fortuna, el primer protagonista, Jason Robards, cayó enfermo y Herzog tuvo que contratar al inclasiflicable Klaus Kinski, cuya psicopatía personal lo hermanaba con Fitzcarrald, que demostró ser el actor-chamán indicado para hacer de la película una obra hipnótica, por momentos siniestra. El rodaje fue el infierno, como fue el infierno la aventura original del Fitzcarrald. Esa es la grandeza de Fitzcarraldo (1982): Herzog filmó un documental inigualado en su crudeza onírica. En cada plano, la cámara parece un rifle ansioso por disparar en la cabeza a Klaus Kinski. En cada plano, Kinski parece a punto de arrancarse la ropa entre alaridos o de ser desmembrado por una tribu furiosa de indígenas.

Y es lo que realmente estaba ocurriendo, ese era el ambiente, como podemos comprobar en los diarios de la época del director alemán. Leemos sobre la jungla, leemos sobre el odio mortal de enemigos íntimos que compartía con el actor protagonista, leemos cómo pierde todo su dinero incapaz de salir de un torbellino obsesivo. El mundo se caía a pedazos y él seguía allí, a pesar de la ruina, a pesar de todo, absorbido por una fuerza abrasadora, la fuerza motriz de la humanidad, la del demiurgo repentino y furioso, sin razón ni beneficio.

El barco navega por la montaña, como en un sueño. Primero despliega las velas, que se convierten en jirones de vapor. Cada siglo con menos razones, cada año con menos recompensas, cada día con menos significados. Cada vez más un barco navegando por la montaña. Tal vez la belleza tenga algo que ver con esto.

PARA SABER MÁS:

Decadencia y caída del imperio romano de Edward Gibbon

La conquista de lo inútil (Diarios) de Werner Herzog

Fitzcarraldo (1982), escrita y dirigida por Werner Herzog

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