Pequeña verdad griega

Sería inútil que tratase de profundizar aquí en el pensamiento griego en toda su extensión, no solo por mi propia ignorancia, también por su inabarcable influencia en lo que hoy somos. En lugar de eso, me limitaré a un concepto muy concreto. Aunque tampoco voy a hacerme ilusiones, el pensamiento humano parece tener una forma fractal y por mucho que desciendas al detalle, siempre terminas encontrando infinitas ramificaciones por las que perderte. Sin más objetivo que el de disfrutar del viaje, voy a darme un breve paseo por la verdad.

Mantengámonos fieles a nuestros orígenes y dejemos que en el principio sea la palabra. Si en griego queremos hablar de “verdad”, entonces diríamos “alétheia” (ἀλήθεια). Como de costumbre, la etimología proporciona jugosa información: el vocablo en cuestión se habría formado por la unión de un alfa privativa (ἀ-), prefijo que niega lo siguiente, y la raíz “léthe” (λήθη), algo así como olvido. Atento a ese “algo así como” porque luego volveré con él. ¿Pero tiene su construcción original algo que ver con su significado final en los textos clásicos griegos y, especialmente, en las traducciones de los textos bíblicos? Al fin y al cabo, los idiomas son fluidos y los significados de las palabras están a la deriva, cambiando constante y azarosamente.

Ya empezamos mal porque desde los inicios de la filosofía clásica ya aparecen 2 visiones contrapuestas de alétheia:

  1. Parménides & Platón: Plantean su contraste con la mera apariencia (propiedad del mundo material) y la colocan en el reino de lo extraterreno. Mientras Parménides incide más en su impermeabilidad al cambio, Platón la coloca en una posición preponderante entre sus ideas eternas y como característica esencial de la divinidad.

  2. Sofistas & Aristóteles: No tienen que ver demasiado entre sí, pero todos coinciden en asignar una relación más importante entre la verdad y el mundo material. Especialmente avanzada nos parece hoy la posición de Protágoras, tan despreciado por Platón, que con su famosa frase “el hombre es la medida de todas las cosas” subrayaba cierto relativismo en la noción de la verdad y la entroncaba con la subjetividad del hablante. Aristóteles, en cambio, escribió en su Metafísica que “decir de lo que es que es y de lo que no es que no es, es verdadero”. Puede sonar un poco oscuro o perogrullesco, pero aquí el pensador de Estagira estaba creando un aparato teórico de lógica formal que adosar al difuso concepto de verdad, superando la mera espiritualidad tramposa.

No ocultaré mi simpatía por Protágoras frente al infausto Platón, pero al tratar de juzgar las diferencias entre ambos puntos de vista surge otro problema (en la filosofía todo son problemas). Y es que por desgracia (o quizá por suerte) estamos menos influidos por las fuentes originales que por sus intérpretes y comentaristas. Aquí se yergue imponente la efigie de Heidegger, capaz de fagocitar sin piedad a metafísicos musulmanes, escolásticos, renacentistas, barrocos y a ontólogos ilustrados y aun así imponer su personalidad. Difícil poner a un lado el probado nazismo del alemán y las urticarias que provoca con razón en mucha gente, pero tampoco es posible negar que ha dejado su impronta en el pensamiento del siglo XX y que a cada paso reconocemos al león por las marcas que dejaron sus garras, para bien o para mal.

En uno de aquellos zarpazos, Heidegger remarca que desde siempre en ontología el ser y la verdad han aparecido tan abrazados que resultaba imposible no confundirlos. Esto tiene un reflejo claro en la concepción aristotélica de la alétheia (o la falta de ella) como una cualidad inherente del objeto o de la información que nos llega del objeto, digamos que como un rasgo natural, no sobrenatural. A este respecto, Heidegger también se ocupa de la etimología de alétheia y señala que léthe puede significar no solo algo así como olvido (recuerda mi apunte de antes), sino también velado u oculto. Algo que albargase alétheia dejaría al descubierto su esencia original para el observador avezado.

Así pues, la verdad queda caracterizada como una propiedad material perceptible de las cosas que se relaciona con el grado de similitud entre lo que se dice del objeto y lo que dicho objeto es en sí. Repito, la verdad sería una cualidad de lo percibido.

Cuidado, el juego de sutilezas no ha acabado porque entra en escena el brillante filólogo alemán Bruno Snell y como viejo zorro que es nos desmonta con su reevaluación de lo verdadero. Con aparente inocencia, Snell sugiere que tal vez el léthe es una cualidad del que percibe y no una cualidad de lo percibido. Con este movimiento, Bruno Snell ilumina con una luz netamente moderna un concepto clásico. ¿Cómo no plantearse que la incapacidad de “desvelar” el ser en sí de un objeto, de evitar la falsedad (aquí entendida como discrepancia entre lo que es en sí y lo que percibimos que es), es nuestra?

Vaya con el mundo del pensamiento, apenas tonteando con una palabra ya emergen multitud de disyuntivas irresolubles. No solo los problemas de definición de la verdad griega surgen de las fuentes originales, también hay opiniones contrapuestas desde lo más básico en las interpretaciones modernas. Aceptar que la alétheia se circunscribe en el ojo del que mira nos deja indefensos y huérfanos de significado. La modernidad es intemperie. Por otro lado, que exista una forma ideal de verdad, que sea una característica objetiva de las cosas, resulta tanto ingenuo (una solución milagrosa a los problemas) como soberbio (¿va a ser capaz un pobre humano de percibir directamente la esencia de las cosas?).

Aún no existe una respuesta concluyente, y menos por mi parte. Es una buena noticia, las preguntas verdaderamente importantes quedaron y quedarán siempre en el aire, un paso más allá de nuestro alcance, pero nunca muy lejos, para que tenga sentido esforzarse por llegar, una vital gimnasia del espíritu.

Aún no existe una respuesta concluyente. Sigamos jugando.

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