Carolina Marín, una voluntad guiada por la ambición

Artículo publicado en la edición de enero de la revista Mundo Nogomet. Puedes leer el original aquí a partir de la página 42.

En el principio está el grito.

Aun siendo ya un símbolo mundial del bádminton, artículos y comentarios giran en torno al grito de forma excesiva. Es una obsesión imperdonable, quizá comprensible en una época marcada por lo superficial y la mercadotecnia, pero imperdonable al fin y al cabo.

Porque, lectoras, lectores, el grito tan solo es una anécdota, una pálida sombra de la forma original. La verdadera esencia de Carolina Marín no es el grito. Basta. La verdadera esencia de Carolina Marín es su fortaleza mental, su voluntad férrea, su capacidad ilimitada de sacrificio por alcanzar un objetivo. Su perenne ambición.

Carolina (Huelva, 1993) grita después de cada punto, eso es un hecho repetido hasta la saciedad, pero se trata únicamente de otra herramienta, una de tantas, para maximizar sus opciones de victoria. Una espada de doble filo muy útil, sí: por un lado refuerza la determinación propia y por el otro erosiona la confianza de la rival. Un estoque temible, pero más importante que el filo es la mano que lo empuña.

Una mano (la zurda) ganadora gracias a la eficacia implacable del entrenamiento, a un carácter irrompible y, en menor medida, a unas favorables capacidades innatas en cuerpo y mente. Justo en ese preciso orden de importancia. El campeón es un potencial trabajado. Ah, se me olvidaba un ingrediente fundamental del triunfo continuado: el factor X, el azar favorable, el soplo de lo inexplicable; de lo cual atesora Marín varios miles de toneladas.

Qué causas concretas llevaron a la convergencia de los 4 ingredientes en una onubense de familia humilde nunca lo sabremos, pertenecen al reino de lo paranormal. Sean cuales sean, sí conocemos sus efectos: Carolina Marín es un fenómeno único que ha roto cualquier expectativa.

LLEGAR DONDE NADIE HA LLEGADO

No conviene minusvalorar la importancia de ser el primero en la historia en conseguir algo, aunque se trate de insignificancias o excentricidades. Como dejó escrito Arthur C. Clarke, detrás de cada uno de nosotros se agolpan 30 fantasmas, que son todos aquellos que vivieron en el pasado. Además, la especie humana sufre de manías y vicios que permanecen inalterables a través de las generaciones, la persiguen los mismos espectros, se obstina con las mismas metas. Verdaderas disrupciones pueden contarse con los dedos. Esta monotonía interior hace que brillen con más fuerza, si cabe, los hechos insólitos.

2018 termina por confirmar uno realmente extraño y para su sujeto activo quedará en la memoria como uno de los más especiales. Y es que con su triunfo en China Carolina Marín se convirtió en la primera jugadora de bádminton en proclamarse 3 veces campeona del mundo y también 4 veces campeona de Europa, esto último de forma consecutiva. Digo más, la última edición del Europeo se celebró el pasado abril en Huelva, ciudad natal de Marín, produciéndose un hecho para el que tampoco he encontrado precedentes: consiguió el campeonato jugando en un pabellón bautizado con su nombre, entre el fervor de sus paisanos. Cuando menos, curioso.

Y no, no exagero en absoluto en mis elogios hacia Carolina Marín. Que no nos engañe nuestra mirada supremacista occidental, el bádminton es un deporte de masas practicado por cientos de millones de personas en todo el mundo, especialmente en China, India, Indonesia, Malasia o (sorpresa) Dinamarca. En todos esos países, un deporte casi marginal en España (apenas 2000 licencias federadas) disfruta de una presencia mediática impensable. Allí, Marín es un ídolo cuyo nombre se corea en casi todos los partidos y por cuyo autógrafo suspiran los más fanáticos; aquí queda relegada apenas a una curiosidad puntual.

EL LARGO CAMINO HACIA EL TRIUNFO

¿Pero cómo es posible que un inhóspito erial badmintoniano como nuestro país haya dado a luz a una de las mejores jugadoras de todos los tiempos? Me resulta difícil encontrar un símil que haga justicia a las hazañas de Marín. Es como si aquel célebre equipo de bobsleigh jamaicano hubiese sido campeón olímpico en lugar de una anécdota friki.

Sin embargo, las victorias no han llegado por casualidad. Si difícil es llegar, más aún lo es mantenerse en lo más alto. La onubense lleva una década larga exprimiendo su cuerpo y su mente hasta el límite en entrenamientos extenuantes (entrena en ambiente de poco oxígeno o hipoxia, contra dos hombres…) para perseguir su sueño, un sueño por el que nadie hubiera apostado. Nadie salvo un hombre.

El bádminton es un deporte extremo y lesivo por su explosividad. El volante alcanza con holgura los 300 km/h cuando los jugadores rematan, lo que junto con las demás condicionantes del juego lo convierten en un deporte muy técnico en el que imperceptibles cambios en la ejecución separan la victoria del fracaso. Como practicante resulta agotador. Como espectador resulta hipnótico por dar cabida a polos opuestos separados por apenas décimas de segundo: lo brusco se da la mano con lo delicado, lo violento con lo sutil. Como en el tenis o en la natación, a la hora de la verdad el jugador está solo, con soledad profunda y decisiva (los que los hayan practicado sabrán a lo que me refiero).

Por ello, además de reflejos felinos y forma física de élite, se necesita un equipo a la altura de una campeona que rodee, ayude y anime. Fernando Rivas, entrenador de Carolina, es el líder de este equipo y el hombre que lo apostó todo por una chica anónima de Huelva de 14 años. Vio algo en ella que aún no se puede explicar y se fue con ella a Madrid a vivir y entrenar en un centro de alto rendimiento deportivo. A lo largo de los años ha creado un método propio de trabajo capaz de acabar con la hegemonía china partiendo de la nada total. A una carga física durísima se unen un exigente entrenamiento mental de gestión de las emociones y refuerzo de la confianza y una genuina preocupación por el bienestar mental de su entrenada.

Con su ayuda, Marín fue capaz de sobreponerse a un terrible año 2017 en el que las lesiones y la falta de confianza que traían los malos resultados a punto estuvieron de apartarla de la élite mundial. Recuperaron viejas costumbres que se perdieron tras los primeros éxitos, se centraron, trabajaron duro. Así, Carolina Marín pudo recuperar su mejor nivel y volver por todo lo alto escribiendo su nombre en la historia del bádminton una vez más.

UN MODELO A SEGUIR

Hacen mal los intelectuales que desdeñan el deporte. Al fin y al cabo, homo ludens somos y seremos: nos emociona, nos da un vistazo de lo trascendente, nos ofrece una inmejorable alegoría de la vida. Uno cambia de ideología política con el tiempo, pero de equipo nunca. Y los niños y niñas tienen en deportistas como Carolina Marín un ejemplo de conducta. Ella ha sabido trabajar y sacrificarse por sus metas 8 horas al día durante años, porque triunfar no es fácil ni llega de la noche a la mañana. Marín es un antídoto contra el virus del éxito inmediato, fácil y sin sentido que cada vez es más común. Triste éxito este que se va tal cual llega dejando miseria pues sus receptores no están preparados para soportarlo, mantenerlo o vivir sin él después.

Marín nos ayuda a nosotros, pobres descreídos, a creer una vez más en lo imposible. Española y campeona mundial de bádminton. Europea y campeona olímpica. Para ella el dinero, hoy más que nunca deidad omnipotente, ni de lejos es lo más importante: solo tiene pensamientos para su sueño, que es ser la mejor jugadora de bádminton posible. Los fríos datos lo demuestran, su rival derrotada tanto en la final de los JJOO de 2016 como en el mundial este año, la india Pusarla Sindhu, tuvo unos ingresos en 2018 de 7,3 millones de euros, nada menos que 17 veces más que Carolina Marín. Con sus excepcionales aptitudes físicas y mentales, Marín habría triunfado probablemente en lo que hubiese querido, con seguridad mucho mejor pagado que el bádminton en Europa, pero eligió lo que de veras le apasionaba. Que nos sirva de lección a esta sociedad avariciosa e indolente.

Carolina Marín recibe mucha menos atención mediática de lo que debería no solo como deportista, también como mujer, género al que históricamente se le ha ido negando la visibilidad de sus modelos a seguir, tendencia que aún continua. El ninguneo del deporte femenino es flagrante: tan solo el 21,5% de los deportistas federados en España son mujeres, sin embargo, han supuesto la mayoría de medallas de la delegación española en los últimos JJOO (11 de 17 en 2012 y 9 de 17 en 2016), lo que demuestra su increíble potencial y mérito. ¿Hasta cuándo va a continuar este desprecio social constante?

Aun así, a pesar de todo, las deportistas continúan luchando por superarse día a día, y entre ellas destaca Carolina Marín. Al igual que en sus partidos, empezó 2018 algo titubeante, pero fue imponiéndose a las adversidades para acabar arrasando con todo como un auténtico tifón.

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