Lectura insólita de La paloma de vuelo popular (I): Introducción

Ensayo premiado con una mención del jurado en el XVI Premio Internacional de Ensayo Pensar a Contracorriente.

En él intenté analizar mi propia visión de Cuba, de alguna forma viciada sin remedio por mi educación, mi cultura y mis filtros occidentales. En un movimiento desesperado por evitarlos, echo mano del maravilloso libro de Nicolás Guillén, La paloma del vuelo popular, escrito en 1958 durante su exilio de la isla caribeña

Ofezco aquí el texto íntegro por entregas, ignorando si mi fracaso es completo o hay algo de esperanza.

Nicolás Guillén fue nacido (nunca es algo voluntario) en Camagüey apenas 4 años después de la Independencia de Cuba y del simbólico cambio de nombre de la ciudad (fue Puerto Príncipe hasta 1898).

Esto es todo lo que voy a pontificar sobre la vida del vate camagüeyano. Me resulta absurdo dar lecciones a Cuba sobre el poeta nacional cubano. Y es que cuando miro a Cuba tengo un océano de por medio, tanto literal como metafóricamente.

Yo fui nacido en España hace un cuarto de siglo, apenas 3 años después de la muerte de Nicolás Guillén, lo que me convierte en una víctima más de un mundo en transición (ignoro hacia qué). El mundo de Guillén lo siento ajeno y exangüe, lo siento un fósil frío: cuando asomé la cabeza del seno materno, la Unión Soviética ya se había derrumbado como un castillo de naipes. Algunos dijeron que era el fin de la historia, otros muchos los creyeron. Si fue así de veras, que me expliquen semejante cambalache. Hoy día miro a mi alrededor y me posee el estupor. Estupor es la palabra. He dejado de entender. Tal vez mi enfermedad sea la misma que la de los marxistas, cuyos utensilios teóricos les permiten analizar a la perfección los sucesos del pasado, pero las intrincadas sutilezas del presente escapan a su comprensión.

He vivido la entrada en vigor del Tratado de Maastricht y el nacimiento de la Unión Europea, la caída en desgracia de Felipe González y el Partido Socialista, el resurgimiento de la derecha española, 11-S, la segunda guerra de Irak, el 11-M (atentado islamista en Madrid), la esperanzadora primera legislatura de Zapatero, la brutal crisis económica, la corrupción, el auge de los populismos y del fascismo. Y en eso estamos, presos del estupor. Aprendí a sumar usando la antigua moneda española, la peseta; ahora es una reliquia. Internet no entró en mi casa hasta que no tuve 14 años; ahora es omnipresente. Estupor.

Felipe González es el ejemplo viviente de cierta tendencia del espectro político español en los últimos 30 años. Su consagración llega muy pronto: con tan solo 32 años y el nombre en clave “Isidoro” es elegido secretario general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), aún ilegal, en el Congreso de Suresnes, Francia, en 1974. Tras la muerte del dictador Franco y la llegada a España de la democracia, destaca como el líder perfecto: joven, guapo, moderno, progre. En 1979 fuerza el abandono del marxismo por parte del partido durante unos meses convulsos, hecho traumático para muchos militantes tradicionales. Será el primer paso para la conversión del PSOE en un partido socialdemócrata europeo al uso, con su hipocresía inherente y su flexibilidad ideológica, obsesionado con la clase media y desinfectado de molestas veleidades proletarias.

González arrasa en las elecciones generales de 1982: mayoría absoluta incontestable. Dan comienzo así 14 años de desigual gobierno, salpicado por la corrupción y el terrorismo de Estado, que terminaron de forma abrupta en 1996 con la llegada al poder del infausto José María Aznar, dócil mascota de George W. Bush, y su conservador Partido Popular, heredero espiritual del franquismo amable.

En los últimos tiempos, Felipe González ha venido sufriendo una preocupante transformación (fosilización sería un término más adecuado), cuyos síntomas son el alineamiento constante con las opiniones del sector ibérico más retrógrado y el crecimiento exponencial de su patrimonio gracias a conferencias pagadas a precio de oro y a sillas en consejos de administración de grandes empresas.

Pero no es solo Felipe González, no. Da la impresión de que Europa entera se vuelve más y más conservadora cada minuto. De un tiempo a esta parte, un día me acosté siendo un triste y tímido progresista y me levanté caracterizado como un peligroso izquierdista. ¡Y sin cambiar ni un ápice! Estupor.

Esta es tan solo una breve e imperfecta introducción. Más adelante continuaré analizando el propio libro de Guillén, fascinado por la cantidad que cosas que aún es capaz de decirnos 60 años después.

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