José Manuel Fuente y el dolor (Aproximación)

Artículo publicado en la edición de marzo de la revista Mundo Nogomet. Puedes leer el original aquí a partir de la página 38.

El Tarangu subía. Y cómo subía. Desarmado, impotente ante las circunstancias. Desnudo de certezas. Lanzado a cuestas imposibles con inseguridad absoluta. Escalando a puro hígado: una zamarra gualdiazul, un rostro cetrino, un cuerpo enjuto, consumido por la montaña. Un cuerpo reseco a pedal fiero. Un jinete de metal que por un lustro soñó el dios imperfecto, desequilibrado de los escaladores. Lo soñó y soñó hollando las cimas, solo y silencioso, frágil como un fantasma, hasta que se despertó.

Fuente: Diario As

El Tarangu Fuente vino al mundo en uno de aquellos pueblos miserables que cubrían la España de 1945. Tras la esperanza, vino la guerra. Tras la guerra, el hambre. El padre, sin poderle dar pan, le dio un nombre: José Manuel, y un apodo que se perdía en los ancestros de la familia: Tarangu.

En Asturias, igual que en cualquier parte, la pobreza era indignante. Les quitaba a los hombres la humanidad, los volvía gusanos. Además, estaba ese terror sordo que agarrotaba la entraña: miedo a significarse, a destacar. Y la peste a sacristía y la podredumbre del Pardo.

La vida perra esculpió a Fuente desde niño. Lo esculpió diminuto y famélico. Pasó penurias, pero no se quebró. Nunca. Se quedaron las amarguras siempre a su espalda. A menudo se acercaban a susurrarle al oído versos de miseria y entonces escapaba cuesta arriba, pedaleando a la desesperada, ante el asombro de propios y extraños. Aunque hasta los 14 años no pudo subirse a una bicicleta, debió aguantar las penurias inmóvil. Se la compró su padre, harto de ruegos incansables. Por 200 pesetas de entonces al maestro del pueblo. Era una de paseo, desvencijada, pero sirvió. Sirvió para empezar a vivir.

El compañero más fiel de un ciclista es el dolor. Sufre más o sufre menos, depende, pero sufre siempre. Al Tarangu esto no lo sorprende ni lo asusta. Había sufrido toda su vida, de la mañana a la noche. Vaya novedad si también se sufre pedaleando. Para él el dolor no es más que un viejo paisano.

Fuente sufre. A los 14 se sube a la bicicleta, sí, pero debe dejar la escuela. Hay que trabajar para no morirse de hambre. Entra de aprendiz de metalista y, cuando puede, entrena y se escapa a competir en carreras de aficionados. Si son lejos, va en tren. Si son cerca, pedaleando. No hay dinero para una bicicleta adecuada para correr, tiene que alquilarla cada vez, hasta que ahorra y consigue una de segunda mano.

El joven Fuente tiene ídolos, Anquetil, Bahamontes, para él extraterrestres, habitantes de otros mundos. Empieza a destacar por las cunetas tristes de la Iberia gris, pero no sabe nada. Préstamo, el médico de la comarca lo anima, lo apoya, le da vitaminas. Un ciclista aficionado metido en el mundillo, José Luis Río “Carretillo”, le enseña lo básico. La familia no quiere saber nada de sueños: los sueños se tienen por la noche tras partirse el espinazo trabajando la tierra exigua. Y luego no se recuerdan por puro agotamiento. Los padres quieren que se olvide de esa locura ciclista. Pero Fuente ya no puede olvidar, está infectado. Cómo culparle, ¿para qué olvidar, para volver al miedo anónimo, a la esclavitud feudal? No.

Fuente: Philippe B.

El Tarangu es joven y ligero y, extrañamente, no tiene miedo. España entera tiene miedo, pero él no. Gana mucho, pierde a veces. Está a punto de conseguirlo, de dar el salto a profesionales… Tres palabras lo derriban: servicio militar obligatorio. Un año de arrastrarse, de servilismo castrense. Sí, señor. No, señor. Sí, señor. Solo puede entrenar en los descansos de la instrucción.

Cuando sus compañeros dormitan o juegan a las cartas, Fuente llama a su viejo amigo el dolor y salen juntos de paseo. Guarda la bici en un bar porque no le dejan tenerla en el cuartel. Tampoco tiene permitido salir vestido de ciclistas, una deshonra para el ejército. Pero nada lo quiebra, entrena vestido de uniforme. Fuente entrenaría hasta cubierto de cadenas: las penurias le susurran cada día y su cuerpo lo arrastra para escapar.

Y ahí que vuelve a ser civil el Tarangu. De vuelta al trabajo sórdido y a buscarse la vida corriendo por los caminos sin asfaltar. Corre 1968, los años se van acumulando y puede que su momento ya haya pasado. Pero tiene talento, eso es indudable. La oportunidad se barrunta, ficha por un buen equipo amateur. Está a punto, a punto de llegar…

Y de nuevo el infortunio. Se queda sin equipo de improviso. Otro tren que pasa y él en tierra, a pudrirse sin remedio. Pero nada lo quiebra, lucha por la última oportunidad. Y por fin sí. Y por fin Karpy. Karpy es su primer equipo profesional. Le pagan 4000 pesetas al mes y puede dejar su trabajo fuera de la bicicleta. Ese trabajo que lo ahoga, esa vida ajena.

Acude a su primera Vuelta a España, la de 1970, y firma una actuación magnífica para un debutante en equipo humilde. Termina el decimoquinto y gana el llamado “maillot tigre”, portado por el mejor neoprofesional. Como la culminación de un sueño, durante esta Vuelta se va a fraguar su fichaje por el mítico equipo Kas. Las amarguras dejarán de hablarle un tiempo. Allí el Tarangu ofrecería su versión legendaria y tatuaría a pedaladas su nombre en el corazón del ciclismo. Nos daría un dolor irrepetible.

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