Lectura insólita de La paloma de vuelo popular (II): El imperio del ladrillo

Ensayo premiado con una mención del jurado en el XVI Premio Internacional de Ensayo Pensar a Contracorriente.

En él intenté analizar mi propia visión de Cuba, de alguna forma viciada sin remedio por mi educación, mi cultura y mis filtros occidentales. En un movimiento desesperado por evitarlos, echo mano del maravilloso libro de Nicolás Guillén, La paloma del vuelo popular, escrito en 1958 durante su exilio de la isla caribeña

Ofezco aquí el texto íntegro por entregas, ignorando si mi fracaso es completo o hay algo de esperanza.

(Viene de la anterior entrega)

Permitidme que me explaye más de lo necesario en el particular contexto español, es importante explicar bien la posición en la que me encuentro antes de entrar en materia.

Los primeros años de mi adolescencia fueron de extraordinaria prosperidad para el país, al menos en apariencia. La llamada (después de su explosión, claro) burbuja inmobiliaria estaba en su punto álgido.

Algunas claves del sector de la construcción proporcionadas por Jiménez Sánchez (2008) 1 nos pueden dar una idea del alcance de la orgía urbanística durante esos años. La expansión de carreteras de gran capacidad entre 1987 y 2000 alcanzó el 300%. Además, el territorio ocupado por el tejido urbano creció un 15%, avanzando hacia un nuevo modelo de ciudad dispersa ineficiente por su alto consumo de suelo y el incremento de la contaminación por el uso de transporte privado y de los costes de los servicios públicos por su lejanía de los usuarios potenciales.

El aumento en la extensión de los suelos artificiales fue notable y desigual a lo largo del territorio: tan solo la zona costera mediterránea absorbió el 25% de ese crecimiento (todo el este y sureste del país). Por su parte, el volumen de construcción de viviendas se multiplicó por 6 entre 1997 y 2006, con una media de 675.000 viviendas construidas cada año. En 2006 se llegó a un máximo de 900.000 viviendas de nueva construcción (más que todas las edificadas por Francia, Alemania y Reino Unido juntas). Sin embargo, el acceso a la vivienda se fue haciendo cada vez más difícil.

Los precios de los inmuebles llegaron a crecer a un ritmo del 12% anual. La burbuja se iba inflando: mientras que el crecimiento total de los costes de construcción entre 1997 y 2006 se situó en el 35%, el ascenso de los precios en este periodo fue del 175%. La demanda de viviendas no disminuyó a pesar de la brutal subida en el importe de los inmuebles por la entrada masiva de inversión extranjera hacia el sector inmobiliario español y la generalización de la idea de la casa como inversión segura: su precio nunca bajaba.

España alcanzó la tasa más alta de toda Europa en la ratio viviendas/habitante, debido al contagio de su uso como activo financiero especulativo o segunda residencia.

Pero, por supuesto, el crecimiento infinito es la ilusión favorita de los incautos y la burbuja estalló como estallan todas las burbujas. Y la decadencia llegó al igual que para todas las demás obras humanas.

El desplome de las hipotecas subprime en los Estados Unidos terminaría arrastrando al resto de mercados financieros mundiales, debilitados por una desregulación carnívora tras 30 años de neoliberalismo rampante. España no fue diferente y cayó en una espiral de desempleo masivo, inmigración forzosa de la juventud cualificada, desalojos y una profunda depresión colectiva.

Esa es la historia de España en el siglo XXI, una historia de optimismo suicida y de capitalismo depredador (aquí se ha llamado “capitalismo de amiguetes” a esa mezcla de avaricia, chapuza y corrupción) que nos ha triturado como sociedad, que ha destruido a golpe de hormigón la una vez hermosa costa hispana, que ha exacerbado las desigualdades. Nos creímos los reyes: había dinero fácil, lujo, mal gusto, y mírennos ahora.

Y aquí entro yo, llegando a mi adultez en un país sin oportunidades con unas contradicciones desconcertantes, flagrantes. ¿Cómo es posible que haya en España casi 1’5 millones de viviendas vacías en perfecto estado y, a la vez, más de 40 000 personas sin hogar? ¿Cómo es posible que desde 2008 el número de millonarios haya crecido un 76% y, a la vez, el 26’6% de la población se encuentre en riesgo de pobreza y exclusión social? ¿Qué significa esto? Por momento el estupor muta en indignación. ¿Cómo es posible que el paro juvenil sea del 36’3%, la segunda tasa más alta de Europa, y, a la vez, España crezca más que el resto de grandes economías europeas (3’1%)?

Intento fajarme con las circunstancias, pero estas se filtran hasta mi interior convirtiéndome, como decía, en una víctima más de un mundo en transición, desequilibrado. Usan para ello los sutiles mecanismos que el capitalismo maneja con tanta maestría: las sugestiones, el deseo ardiente, la violencia velada, la hipocresía. Durante siglos han ido perfeccionándolos sin piedad y yo solo soy un triste muchacho aburguesado, en absoluto rival. Se aprovechan de que nadie hoy es inocente, todos en el primer mundo nos beneficiamos de alguna injusticia de una manera u otra.

Por eso soy consciente de que cuando miro a Cuba, no estoy mirando a Cuba, sino que me estoy viendo a mí mismo mirar una idea irreal de Cuba. No confío demasiado en mis percepciones ni en mi capacidad de escapar de la maquinaria propagandística occidental, de un poder ponzoñoso inimaginable. A veces me veo obligado a utilizar técnicas similares a las de detección de planetas fuera del sistema solar para al menos tratar de hacerlo. Nuestros telescopios no tienen la potencia suficiente como para observarlos directamente.

Por ello, los astrónomos buscan decrecimientos mínimos y periódicos en la luminosidad que nos llega de la estrella, lo que significa que un planeta está orbitando alrededor de ella y cruza con una frecuencia constante por delante de su parte visible. Así, debo mirar a Cuba en particular y a Iberoamérica en general indirectamente evitando medios tradicionales, contaminados por intereses espurios y que me inoculan veladamente su podredumbre.

1. Jiménez Sánchez, Fernando (2008), Boom urbanístico y corrupción política en España, Mediterráneo económico, 14, 263-285

Más adelante continuaré analizando el libro de Guillén, fascinado por la cantidad que cosas que aún es capaz de decirnos 60 años después.

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