Lectura insólita de La paloma de vuelo popular (III): Cuba, son, Guillén

Ensayo premiado con una mención del jurado en el XVI Premio Internacional de Ensayo Pensar a Contracorriente.

En él intenté analizar mi propia visión de Cuba, de alguna forma viciada sin remedio por mi educación, mi cultura y mis filtros occidentales. En un movimiento desesperado por evitarlos, echo mano del maravilloso libro de Nicolás Guillén, La paloma del vuelo popular, escrito en 1958 durante su exilio de la isla caribeña

Ofezco aquí el texto íntegro por entregas, ignorando si mi fracaso es completo o hay algo de esperanza.

(Viene de la anterior entrega)

Mis primeros contactos con la isla son difusos. Recuerdo la música en mi infancia, primero Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, que entusiasmaban a mis padres, después anónimos ejemplos de salsa y son. Sé que mis padres la visitaron a mediados de los años 80. Conservan fotos que hoy miro con extrañeza, con la inquieta curiosidad de un arqueólogo descubriendo un mundo perdido. Aparecen lugares turísticos y monumentales, con una decadencia serena de grietas, colores pastel y parsimonia tropical. No me dicen nada de la isla ni de sus gentes, casi puedo percibir la película protectora que cubre la Cuba turística para proteger al extranjero. Mis padres posan delante de esos fetiches y también observo con cierto horror en lo que voy camino de convertirme.

Después viene la vaporosa presencia de Fidel en los medios de comunicación españoles, mitad desprecio, mitad reserva respetuosa. El póster del Che en mi habitación. El vago eco de un nombre misterioso: Batista. Más nombres, de resonancia épica: Raúl, Camilo, Abel, Granma, Moncada. Y canciones maravillosas de Compay Segundo, de Carlos Puebla, de Sindo Garay, de Benny Moré, de Bola de Nieve, de Elíades Ochoa, de Omara Portuondo, de Ibrahím Ferrer. Conozco a un tipo llamado Cabrera Infante que me hace creer que en La Habana solo existe la noche. Descubro un buen día un nexo de unión poderoso entre mi ciudad y la isla.

Un tal José Martí estudió Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza, donde con ardor leyó, escribió y amó. En la casa en la que vivió, sita en el número 13 de la hoy llamada calle Manifestación, entonces calle Platerías, se colocaron 2 placas conmemorativas que rezan lo siguiente: “JOSÉ MARTÍ HÉROE NACIONAL DE CUBA (1853-1895), quien vivió en esta casa entre 1873 y 1874 y murió en combate por la Independencia de su patria en 1895” y “Para Aragón, en España, / Tengo yo en mi corazón / Un lugar, todo Aragón, / Franco, fiero, fiel, sin saña”. Descubro un buen día que estas hermosas líneas pertenecen a Versos sencillos. Leo un buen día Versos sencillos y mi casa se llena de luz.

Aunque al final son nombres, nada más que nombres con un tremendo vacío de significado que mi contexto es incapaz de llenar del todo. Así y todo, con los años y las cavilaciones he ido dotando de identidades imperfectas a estas estatuas de seres mitológicos. Pero no estoy seguro. Cuba sigue siendo un misterio.

También fue un misterio cómo cayó en mis manos un libro de poemas de un tal Nicolás Guillén. ¿Quién era ese tal Guillén? Oh, qué vergüenza no haberlo conocido antes. Oh, qué colorido de palabras. Oh, qué imágenes brillantes antillanas. Oh, qué fuerza fecunda, como de naturaleza desbocada. Un espíritu que me burbujea dentro durante semanas. ¿Qué es lo que puedo decir sobre él? Un libro escrito en los albores del triunfo de la revolución cubana, en el exilio. ¿Tengo derecho a analizarlo, tengo derecho a criticarlo? Joven blanco europeo de clase media. ¿Entiende ALGO realmente de lo que habla La paloma de vuelo popular, con su mirada y cerebro contaminados? Un problema complejo y difícil de arreglar.

Como era de esperar, la solución también vino de la literatura. Un día recordé un título que me llevaba rondando por un tiempo: Lectura insólita de “El capital”. Esta magnífica novela narra el secuestro de un industrial vasco a finales de los años 70, una época en la que el terrorismo golpeaba a España constantemente.

Pero la clave, lo que me llamó la atención fue que lo único que los secuestradores permiten hacer al patrono Lizarraga es leer la obra de Karl Marx, que luego discuten con él. Obviamente, el contenido “objetivo” de la obra, el que Marx (más bien Engels) quiso darle, queda desvirtuado por completo debido a las extremas circunstancias de su lectura, crítica y comentario.

De igual modo, las circunstancias de mi entorno y de mi vida coartan mi lectura de La paloma de vuelo popular, en absoluto similar a la de un cubano de 1958, y no por la mera incomprensión de referencias. Quizá secuestrado sería un término demasiado dramático, pero no puedo escapar de mi pasado ni del contacto con la cultura que me ha empapado desde niño, para bien o para mal.

Así, será la distancia entre lo que los poemas despiertan en mi interior y la interpretación canónica de la crítica cubana lo que determine la profundidad del sesgo que nos separa, de mi alienación, de mi ignorancia. Siguiendo la estela del ave guilleniana podré repasar las miserias del sistema socioeconómico en el que he crecido y sus desigualdades descarnadas. Nada mejor que el ritmo de la emoción pura para contrastar con los implacables y deshumanizados engranajes del capitalismo.

Advierto que entro al poema con los ojos abiertos y el pecho desnudo para sumergirme en aquellos cielos surcados por la paloma. Es recomendable seguir leyendo a partir de aquí con un ejemplar de La paloma de vuelo popular abierto en el regazo y así compensar con los aleteos sutiles del maestro estas torpes líneas de un pobre diablo.

Más adelante continuaré analizando el libro de Guillén, fascinado por la cantidad que cosas que aún es capaz de decirnos 60 años después.

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