A propósito del fango


“¿Qué pinta tienen los sondeos que tenéis?”. La entrevista ya ha terminado y se ven las costuras del plató. Pulcro, blanco, con estudiados toques de rojo. Los dos hombres están de pie, técnicos y cámaras deambulan. Los micrófonos (como tantas otras veces) aún encendidos.

“¿Qué pinta tienen los sondeos que tenéis?”, pregunta distendido Iñaki Gabilondo, santo patrón del Sosiego Reformista. Corre febrero de 2008, falta menos de un mes para las generales. Un fantasma recorre Europa, el fantasma de la crisis; en España todavía no ha asustado a nadie. El PP no ceja en su estrategia del cuchillo entre los dientes y el país lo sufre.

“¿Qué pinta tienen los sondeos que tenéis?”, pregunta Gabilondo, en confianza. Off the record. José Luis Rodríguez Zapatero, batallando entonces para su reelección como presidente, contesta: “Bien, sin problemas, lo que pasa es que nos conviene que haya tensión. Voy a empezar a partir de este fin de semana a dramatizar un poco”.

“Nos conviene que haya tensión”. El poder tiene estos giros escalofriantes, lleva al poseído por él a terminar confundiendo los fines con los medios. Los incentivos son perversos. El partido político está en la cumbre POR los votos, no está PARA los votos. Es sencillo perder el norte.

A propósito de la tensión

El fango no sienta bien a la izquierda. No es nuestro elemento y, tengo que decirlo, menos mal que es así, aunque en el juego sucio nos vuelva torpes y vulnerables. Conviene no ser un ingenuo. Sí, pero conviene mucho más no ser un desalmado.

La introducción viene a cuenta del vendaval de lodo desatado desde hace un tiempo en la política española y que en las últimas semanas ha arreciado. Ah, el viejo truco de la crispación. Casi la echábamos de menos (No). La Crispación no es como la energía; la Crispación se crea y, por tanto, puede destruirse. Eso sí, se transforma de lo lindo. Hace unos 30 años de su aparición estelar en España y desde entonces se ha ido desarrollando por entregas formando una saga que ni las de Marvel. Primero vino Crispación I: el Origen (acoso y derribo a González) allá por los 90. Poco más de diez años después asaltó la taquilla Crispación II: la Venganza (acoso y derribo a Zapatero). Crispación III: Desafío Total se ha hecho esperar un poco más, pero ya está aquí y con qué fuerza, señoras y señores. No han escatimado en explosiones y efectos especiales.

Diría que fuimos testigos del clímax de esta superproducción (por ahora) el miércoles 27 de mayo con las declaraciones de Cayetana Álvarez de Toledo, portavoz parlamentaria del PP, en plena Tribuna del Congreso. Declaraciones que no voy a reproducir aquí porque no tengo a mano guantes para manipular residuos. En este caso, Pablo Iglesias aguantó con relativo estoicismo el rastrerismo presuntuoso de la marquesa de Casa Fuerte. Respondió, pero estuvo a la altura de su cargo.

En cambio, apenas un día después llegó un dramático giro de guion en otro escenario: la Comisión de Reconstrucción, una exigencia del PP para abrir la puerta a ciertos nebulosos pactos amplios. ¿Qué pactos serán esos? Me los imagino.

El caso es que, esta vez sí, Iglesias entró al trapo, cayó en el matonismo degradante de Vox, enarbolando espectros de golpes de Estado latentes. Espinosa de los Monteros, portavoz de Vox, aprovecha la asistencia para marcar a puerta vacía y marcharse de la Comisión muy indignado. “Cierre al salir”, remacha Iglesias. Aplausos de su bancada, arde Twitter, etc. En fin, la cultura del zasca en ebullición.

Debo hacer un par de declaraciones antes de seguir.

1. Increíble tener que decir esto, pero Podemos no es una madriguera de narco-comunistas y guerrilleros ansiosos por reconstruir ETA y por colgar de un pino a todos los curas. Increíble tener que decir esto. Podemos es un partido de universitarios biempensantes (como yo). Podemos Podemos, digo. Unidas Podemos, por fortuna, ya incluye otras clases y sensibilidades, nunca las suficientes. Eso por un lado.

2. La Crispación es una estrategia seguida por los partidos de derecha, construida por sus gurús, y que ha dado siempre sus frutos, ayudada por otras circunstancias puntuales.

Dicho esto, mi opinión (todo el mundo tiene una) es que Iglesias se equivocó mordiendo el cebo, empujado por esos incentivos perversos de los que hablaba al principio. Uno de sus principales defectos, muy molesto, es que se cree Maquiavelo demasiado a menudo. Da la impresión de que encuentra gran deleite en imaginarse jugando una partida de ajedrez con Iván Redondo, maestro de las sombras, y gobernar es mucho más que eso.

Quizá por una vez tenga algo de razón. Apenas unos días después, el vicepresidente segundo ya declaraba haberse equivocado y prometía no caer en más provocaciones.

Iglesias también tiene virtudes, qué duda cabe, aunque algunas con su reverso tenebroso. Pienso en su capacidad de anticipación. Pienso en aquel enero de 2016 cuando compareció rodeado de su guardia pretoriana ante una ciudadanía atónita para proponer un Gobierno de coalición con él como vicepresidente. Lo tacharon de loco, de ambicioso, de iluminado. Cuatro años después ahí lo tienen. Sin embargo, tuvo que sudar sangre recorriendo su particular viacrucis (cuatro años que parecen cuatro siglos).

En política llegar pronto es tan malo como llegar tarde: el resultado es el mismo, tan solo te queda el triste consuelo de poder decir “tenía razón”. Ahora, tantas veces perdido en la politiquilla de salón, parece que vislumbra ya un Sánchez defenestrado y empieza a tomar posiciones. Subestimar a los adversarios es habitual, ¿pero subestimar a los aliados? Más teniendo en cuenta la persistente afición de Pedro Sánchez por resucitar.

Puede ser tentador agitar el avispero; sin embargo, ¿a quién le beneficiaría eso? Puede ser tentador arañar unos cuantos miles de votos al PSOE y atraer a otros tantos de sus desilusionados, ¿pero ese sería el resultado general? ¿Nos conviene que haya tensión realmente?

Cuidado con tensar la cuerda, hay que pensar en el interés de los ciudadanos. La mayoría de las familias penden ya de un hilo precario, mientras que a los privilegiados los sustentan cables de acero dignos del Golden Gate. Es evidente cuáles se van a romper primero. Cada vez que desde la izquierda hemos agitado el avispero, tensado la cuerda, la cosa ha acabado en desastre y en dolor para los que menos lo merecían. No sigamos ese juego espantoso de los pistoleros y menos si son los otros los que fabrican las pistolas y tienen todo el dinero para comprarlas.

Desde la izquierda debemos defender la cuerda. Con uñas y dientes, sin un paso atrás. Fuerzas oscuras disfrazadas de las Parcas tiran de la cuerda, buscan su punto más débil y la cortan sin piedad. No se lo pongamos más fácil, hagamos lo que tenemos que hacer: un escudo social alrededor de la cuerda. Cerrada formación en testudo.

Las grandes proclamas históricas (“No pasarán”, “Ni un paso atrás”, “Yo por ellas y ellas por mí”…) recuerdan y subrayan esa labor original de protección al vulnerable y que siempre tiene que estar en el norte de la brújula. Protección y no agresión, lo que no significa ser pasivo. Al contrario. Suaviter en modo, fortiter in re (que me permitan en ERC el uso de la frase). Suave en las formas, firme en el fondo. O mejor dicho y en palabras de Marx: a cada cual según su necesidad (protección del vulnerable), de cada cual según su capacidad (exigencia de lo que es justo).

Pienso en la tenebrosa Italia de los años 70. No muy lejos, no hace mucho, todas la fuerzas reaccionarias transalpinas (con el apoyo de las mundiales) urdieron la llamada “estrategia de la tensión”. Apretaron, agredieron, tensaron, asesinaron, llevaron al país al borde de la debacle. Todo valía para empujar al poderoso partido Partido Comunista de Italia (PCI) hacia un conflicto armado abierto. Esos supuestos patriotas, esos supuestos cristianos, esos gusanos descerebrados hubieran llevado sin dudar a Italia a una guerra civil de consecuencias impredecibles. Sin embargo, Enrico Berlinguer, el secretario general del PCI, tomó una decisión. No cedió a las provocaciones y eso que estas llegaron al límite, intento de golpe de Estado incluido. Muchos dentro de sus filas lo tacharon de ingenuo, de débil, directamente de traidor. Pero el declive del Partido Comunista llegó después de su triste muerte, en 1984.

Entendamos la situación: media Italia habría hundido la península en el mar antes de dejar gobernar al PCI (34’4% de los votos en 1976). El PCI no siguió el mismo argumento dado la vuelta. ¿Por qué? Porque en Italia vivían italianos, la mayoría de ellos vulnerables y el deber del PCI era proteger la débil hebra a la que se agarraban sobre el abismo. La reacción era demasiado poderosa, tenía demasiada fuerza bruta y demasiadas ganas de utilizarla. Berlinguer sufrió lo indecible y con dolor tomó una decisión. Quizá se equivocaría en otras muchas cosas, pero no creo exagerar al decir que el PCI salvó lo (poco o mucho) bueno que le quedaba a Italia en aquella triste época de polarización extrema. Contrasta con la desidia cómplice y la podredumbre de la Democracia Cristiana.

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Centrémonos en reforzar los maltrechos hilos de los que penden las y los más vulnerables. Analicemos con frialdad. Centrémonos en los intereses de los votantes y sus necesidades y ya vendrán los votos. No al revés, que es confundir el fin con los medios, el POR con el PARA. Esta política no es épica, para desgracia de los rapsodas y los escritores de sagas. Es forjar un programa y aplicarlo.

A veces hay que hacer el paripé. Es un mal menor, paripé rima con política. Que hagan el paripé, vale, pero que no hagan el gilipollas, que es una cosa muy diferente. Hace un daño espantoso a nuestras precarias líneas. Aunque Jaime Chávarri ya demostró que el desencanto también afecta a las élites, en el sector progresista alcanza magnitudes de pandemia. Cada gilipollez supone un año de desencanto. Y a este paso nos vamos a volver a encantar en la próxima glaciación.

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Volver a Omelas. Urge volver a Omelas a toda costa. Omelas es el nombre de la ciudad utópica en una historia de la brillante Ursula K. Le Guin. En ella todo funciona bien, todo es maravilloso, reina la felicidad absoluta. Sin embargo, la ciudad guarda algo oscuro en su esencia: la propia existencia de la urbe y su prosperidad dependen de la constante tortura de un niño en una celda subterránea. Y todos los habitantes lo saben. Algunos de ellos deciden marcharse de Omelas incapaces de soportar este cargo de conciencia.

El momento en el que Le Guin escribió el relato (mediados de los 70) era precisamente el momento álgido del desencanto y ha seguido reinando hasta ayer: la esclerotización de la URSS, su caída, la sumisión socialdemócrata y la Tercera Vía, etc. Nos sabemos de memoria la cantinela. Pero hoy tenemos que volver a Omelas. El deber de la izquierda es volver a Omelas, soportando todas las contradicciones que sean necesarias, porque el deber de la izquierda es proteger a ese niño y siempre lo fue y siempre lo será. La protección que permitan las correlaciones de fuerzas en cada instante, aunque sea mínima, esa es su razón de ser. Ojalá podamos algún día liberar al niño, pero para eso hay que estar en Omelas, vivir en Omelas, conocer su idiosincrasia, su infraestructura y su superestructura.

Si miramos la brújula, podremos ver adónde señala su aguja magnética. El norte está en Omelas.

A propósito de la bandera

Debo hacer otra declaración más, para pasmo de algunos de mis compañeros de trinchera: en España no hay 3’6 millones de fascistas (y he tomado una estimación a la baja). Como lo oyen, increíble pero cierto.

El uso y abuso constante de la palabra no solo demuestra incapacidad de análisis certero, sino también una pereza preocupante en la terminología: si a todo lo peligroso y desagradable lo llamamos fascismo, ¿qué conseguimos? Embrollar aún más el embrollo y vaciar el concepto de significado. En esta maraña confusa de grandes cascarones vacíos de palabras, la izquierda no puede proteger a nadie. No puede protegerse ni a sí misma.

El fascismo es un fenómeno muy concreto de una época muy concreta. Cuando se malinterpreta un problema, la solución aplicada es inútil, a veces contraproducente. Bolsonaro no es Hitler; por tanto no pueden combatirse de la misma forma.

Ser riguroso es complicado y ni siquiera el pasado es tan simple como parece. A principios del siglo XX, desde la perspectiva de hoy hablar de fascismo sería sinónimo de hablar de Falange Española de las JONS, un partido que se tiende a imaginar como monolítico y poderoso. Pues bien, si viajásemos a febrero de 1936 tal vez nos llevaríamos una sorpresa. En aquellas elecciones generales Falange obtuvo un apabullante 0’07% de los votos, apenas 6 800 en todo el país, y ni un triste escaño de los 473 en liza. Se me dirá que a sus seguidores no los empujaba una pasión democrática. Es cierto, pero no deja de ser sorprendente.

Lo que quiero decir con esto es que ni siquiera entonces era fácil interpretar las amenazas latentes y el peligro resultó casi invisible hasta el último momento. La frágil legitimidad democrática malgastó muchas veces sus fuerzas en meros satélites de lo fundamental. Hubo en España versiones folclóricas del asunto y engendros ideológicos con lo peor de cada casa; nacionalcatolicismo, vamos. Casi fue peor que el fascismo original, pero, insisto, hay que llamar a las cosas por su nombre. Combatir al fascismo en Italia no era lo mismo que combatirlo en España.

Luego Franco, ese reptil inmundo de sangre fría, ya se las apañaría para engañar, usurpar, cambiarse de chaqueta a conveniencia, todo para garantizar sus sueños imperiales empapados en sangre y heces. ¿Que hay que ir de falangista autócrata? Se iba. ¿Anticomunismo? Adelante. ¿Democracia orgánica? Dos tazas. ¿Tecnocracia, capitalismo de amiguetes? Ya tardamos.

Para cerrar este bloque, querría decir que el pasado hay que repasarlo con interés, tenerlo en mente, analizarlo con cuidado y extraer herramientas útiles, pero no incrustar sus métodos en el presente. Grave error. Los contextos cambian. Por fortuna, España ha cambiado. Es evidente, ha mejorado en muchos aspectos. El presente ya es lo suficientemente complejo, con sus idiosincrasias, con su maraña propia de causas y efectos, para complicarlo más con diagnósticos erróneos.

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Todo lo anterior, sin embargo, no niega lo evidente. Vox no es un partido fascista, pero su núcleo es puro franquismo socioeconómico. Son esa serie de apellidos compuestos que se repiten una y otra vez desde los años 40. Familias que medraron, hicieron fortuna con una forma muy concreta de pensar y comportarse.

Es legítimo que estas élites parasitarias, antes bajo las faldas del PP, tengan un partido político que las represente, inserto mal que bien en las dinámicas democráticas. Muchos me llamarán ingenuo por esta cita, pero el pluralismo político implica (debería implicar) riqueza social, Isaiah Berlin dixit.

Como se habrá notado, aparece una contradicción flagrante. Vox es un partido por y para hombres aristócratas de mediana edad tradicionalistas y ricos. ¿Hay acaso en España 3’6 millones de maduros nobles acaudalados? Rotundo NO.

En las elecciones del 28 de abril de 2019 (24 escaños, 2’6 millones de votos), comprobamos (fuente RTVE) que la renta media es directamente proporcional al porcentaje de voto a Vox. Es decir, claramente cuanta más renta, más voto a este partido. Lo que resulta perfectamente lógico de acuerdo con los intereses que defiende la organización.

Sin embargo, en las siguientes generales del 10 de noviembre, las de confirmación para Vox (52 escaños y 3’6 millones de votos) se producen extrañas distorsiones. Este interesantísimo y preocupante gráfico de eldiario.es nos muestra el porcentaje de voto de los grandes partidos para cada percentil de renta (españoles y españolas divididos en 100 intervalos de renta, de las más bajas a las más altas). Para hacernos una idea del monto de las rentas, se pueden consultar en el INE las cifras de los percentiles 90, 75 (cuartil superior), 25 (cuartil inferior) y 10 en 2017.

La comparación de tendencias entre Unidas Podemos + En Comú Podem y Vox es especialmente sangrante porque una parece el reflejo de la otra. Como era esperable y natural, el apoyo a Vox se dispara a partir del percentil 90 y la aceptación de UP entre los percentiles 65 al 90 es notable, que para eso catedráticos universitarios fundaron el grueso del movimiento, y a partir de ahí se hunde, que para eso proponen un impuesto a los patrimonios de más de 5 millones de euros. Hasta ahí todo normal.

Todo lo que ocurre a la izquierda del percentil 60, en cambio, es como un mal sueño. El millón de votos que Vox ganó en 6 meses se concentra en la mitad más pobre del país. ¿Cómo es posible? Y la brecha con UP se hace más y más profunda a medida que bajamos de percentil hasta llegar a la distópica situación de que entre el 1% más pobre de España Vox fue la segunda fuerza política, al igual que en los percentiles 99 y 100.

Esto exige una profunda reflexión por parte de la izquierda y reacciones de más calado que gritar ¡fascismo! Si la tendencia de voto de UP sobre percentiles de renta no se parece más a la del PSOE, es que algo está yendo rematadamente mal y la sociedad no percibe que se esté cumpliendo la inmemorial misión de la izquierda: proteger al más vulnerable. Y la renta, por supuesto con mil y un matices, es un gran indicador de vulnerabilidad.

Hay muchos más detalles en el gráfico, pero ninguno tan sorprendente. El Imperio Galáctico del PSOE entre los percentiles más bajos, que aún recuerdan con nostalgia la construcción del frágil Estado del bienestar en los primeros 80. El Imperio análogo del PP entre los superricos ancianos y “cosmopolitas”. El dominio de PNV y JxCat entre la burguesía de su territorio (línea gris con el muy sugerente nombre de los Otros).

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Por un lado, las políticas de Vox buscan favorecer a una parte concreta de la caspa-élite nacional, por lo que es normal que esta caspa-élite apoye a Vox. ¿A qué otro partido podrían votar Espinosa de los Monteros o Rocío Monasterio? Más preocupante es el ascendente de la formación ultraderechista en fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Que, faltaría más, pueden votar por quien gusten, pero en el contexto de la creciente crispación política los ánimos están muy excitados y puede ser fácil que pierdan la perspectiva de su verdadera labor: un servicio público al conjunto de la sociedad española, plural y diversa. No garantizar el dominio de un sector minoritario y homogéneo que percibe España como una propiedad privada. Las sombras de ese Estado profundo lleva años asomando la patita, de policías patrióticas a Pérez de los Cobos.

Respecto al crecimiento de Vox en los sectores más humildes, hay claras señales de que puede haber llegado a su límite. El perfil de sus dirigentes y su rancio neofranquismo cultural hace muy difícil que puedan aplicar estrategias como el giro obrerista tan efectivo del Frente Nacional francés o incluso el sagaz oportunismo de un Salvini. Al contrario, empiezan a calcar cada vez más las formas y los fondos de Trump o Bolsonaro, victoriosos ambos pero en sociedades muy diferentes a la española. Además, su mal digerido tradicionalismo les lleva a atacar frontalmente al movimiento feminista, muy diverso y con una amplia aceptación entre clases y sectores, lo que en última instancia impedirá su asalto final a las instituciones. Por ejemplo, Le Pen ha sabido hábilmente ponerse de perfil en este tema, incluso utilizarlo a su favor.

Por otro lado, está el proverbial rechazo del electorado español hacia el fantoche. Con Trump y Bolsonaro como guías, dos adictos a las patochadas ridículas, no se augura un buen futuro a las ínfulas presidenciales de Vox. Podemos verlo si repasamos el historial de presidentes de nuestro país. De Suárez pensaron que era un fantoche manejable y lo defenestraron precisamente en cuanto demostró no serlo. ¿Y Calvo-Sotelo? Por favor, mirad su foto. ¿Acaso parece un fantoche? Nadie recuerda ni una triste frase de algún discurso suyo. Felipe González fue durante los 80 guapo y progre. Su fantochización crónica a partir de los 90 lo llevó fuera de la Moncloa. Pocos recuerdan ya al Aznar del 96, un soporífero diputado por Ávila que hablaba catalán en la intimidad y negociaba con el “Movimiento Vasco de Liberación”. El poder absoluto lo fantochizó sin remedio y hace periódicamente sonrojantes declaraciones desde entonces. Luego vinieron Zapatero y su talante y un serio registrador de la propiedad de Pontevedra, el antifantoche M. Rajoy. Pedro Sánchez, en su irreflexión espídica de hombre de acción, no tiene tiempo para el fantochismo.

En absoluto debemos relajarnos; tal vez Abascal no llegue jamás a ser presidente, pero puede tener un terrorífico futuro como lugarteniente de un Gobierno del Partido Popular. Llamarlo fascista simplemente y echarnos a dormir no va a debilitar su apoyo electoral.

Pese a todo y contra todo, hay cientos de personas ni ricas ni aristócratas ni coroneles de la Guardia Civil que votan a Vox, una formación que evidentemente no defiende sus intereses. ¿Por qué? Tres posibles pistas: es roja, es gualda y gualdrapea. La bandera, en efecto. Apuesto a que un escandaloso porcentaje del voto a Vox descansa casi en exclusiva en la bandera, sin apenas nada detrás.

Uno esperaría que a estas alturas en Europa el nacionalismo, ese monstruo espantoso, ese último refugio del canalla, fuese una lejana pesadilla residual. Pero no. Todavía tiene mucho público, por los fracasos de propios y extraños. Es un hecho. Y revolcarnos en la tan cacareada superioridad moral de la izquierda o llamar fascista a todo lo que se mueve no lo va a cambiar. La superioridad de la izquierda debe descansar en los hechos. Demostrables, contantes y sonantes.

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Quizá sea el momento de exorcizar de una vez por todas la bandera constitucional, aún preñada de espectros para la mitad de la ciudadanía, para poder centrarnos en los hechos. Yo también, claro, siento un reparo inconsciente cuando la veo (y más cuando me la estampan en la cara). Las banderas son unos trapos muy traicioneros, de natural excluyentes, y conviene no subestimar su poder.

Quizá sea el momento de volver la bandera de España parte del paisaje, con un tremendo esfuerzo hacerla neutra, ¿es eso posible? Ahora mismo es un gran capote, basta agitarla un poco y todos nos ponemos a tozar como miuras, cada uno desde su lado. Es una bengala que distrae de lo importante con sus colores chillones. Da la impresión de que se malgastan grandes energías en esta majadería insignificante y no nos podemos permitir perder ni un segundo. Habría que colgarla detrás, no agitarla, que no moleste. Por ahora nadie come banderas salvo las polillas.

Hasta ayer sacar este tema dentro de la izquierda era como mentar la soga en casa del ahorcado, quizá sea el momento de empezar a debatirlo seriamente. No lo sé. No pretendo sentar cátedra, solo discutir dilemas y contradicciones que nos hacen daño.

Es que me irrita sobremanera cómo algunas gentes blanden la bandera como si fuera un sable, siento que la usan personalmente contra mí y contra otros que no pensamos de una determinada manera. Que el programa electoral de un partido para los percentiles del 1 al 50 sea en exclusiva la bandera ya es de por sí bastante ridículo y encima les estamos regalando su única munición. Quizá si consiguiéramos normalizarla, al caerse la bandera delante de ellos el mundo podría ver que el franquismo socioeconómico y cultural está desnudo.

Con avivar el debate me conformo, pero como planteaba Santiago Alba Rico antes de perderse por los cerros del Magreb, es vital crear un espacio común de disputa más allá de la escalada de enfrentamiento hacia la destrucción mutua asegurada de los vulnerables contra los vulnerables, cada uno envuelto en su bandera 1. La naturaleza de la nación como “simultaneidad conflictiva”.

España debe ser muchas Españas, no hay una sola versión correcta, solo la conflictiva y efervescente disputa de todas. Ardo en deseos de confrontar mi visión del país con la tuya, aparta la bandera, cansino/a, para que te pueda ver la cara.

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En discusiones con buenos amigos de distintas ideologías, he podido escuchar certeras críticas que sería estúpido ignorar. La izquierda en general, en especial Podemos, puede percibirse como paternalista. Hay que cambiar esa percepción de forma urgente: como tú eres un ignorante, nosotros, que somos muy listos, te vamos a proteger de ti mismo.

En mi opinión, el planteamiento de la protección al vulnerable no está hecho desde un pedestal, es protección ENTRE vulnerables porque existen fuerzas más allá del individuo, dinámicas sociales que surgen de las imperfecciones y desequilibrios de cualquier sociedad. Los habitantes de los percentiles más bajos de renta son presa fácil solos, por eso su fortaleza es unir hombro con hombro vulnerabilidades y con la fuerza de los números empujar un programa por la igualdad al centro del tablero político.

La libertad y la igualdad son ideales que todos deseamos. Nosotros, simplemente, pensamos que en los inevitables conflictos entre los dos, debería primar la igualdad. Igualdad que no es uniformidad, claro. A partir de ahí consiste en centrarse en intereses y necesidades del sector social al que se representa (AVERIGUARLO realmente, no imponerlo o darlo por hecho), construir un modelo de país punto por punto en detalle y tratar a los ciudadanos como adultos. Se supone que confiamos en la capacidad de las personas, sin caer en el didactismo o la soflama. No es fácil, porque nuestra voz es siempre la del agorero, la del que nunca está satisfecho. En fin, la del aguafiestas. Y por tanto contraria al paternalismo y a la ingenuidad.

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En las últimas campañas electorales, Unidas Podemos llevó la Constitución debajo del brazo. Exigir y defender con uñas y dientes los artículos sociales de la Carta Magna me pareció y me parece una estrategia inteligente, dado el percal. Enredar a los poderosos en sus contradicciones. Calcada a la réplica de Sócrates a Trasímaco: a veces el poder no puede cumplir sus propias leyes.

Del mismo modo, la bandera es un símbolo del Estado según la Constitución (art. 4.1). Insisto, ¿vale la pena embarcarse en ese tránsito? Pongamos en una balanza lo que ganaríamos volviendo la bandera “neutral” (simplifico, lo sé) y lo que gana el rancio ultranacionalismo recalcitrante si no lo hacemos. Veamos qué pesa más y qué supondría y debatamos. Lo peor que puede pasar es quedarnos como estamos (virgencita, virgencita, ya tal).

Se puede vociferar “¡Viva España!”. Bien, y que viva por muchos años. ¿Pero que viva cómo? Eso es lo que hay que discutir.

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Vociferar y bandera me llevan a un tema candente. Después de pellizcarme varias docenas de veces, me he convencido de que la Rebelión de los Cayetanos ha sido y es real y requiere atención.

Primera impresión irreprimible: vergüenza ajena. Segunda impresión: precaución. Es cierto que forma parte de una tendencia mundial reaccionaria a là Bolsotrump contra los “tecnócratas liberales” y los “expertos”, pero la Rebelión de los Cayetanos (¿Motín, levantamiento, revuelta, [glups] Revolución?) tiene un tufo familiar muy patrio.

Pronto lo reconozco. Es la enésima reencarnación de una vieja amiga: la sofisticadísima estrategia del Toto. A saber, quiero seguir haciendo lo que me salga del toto, como hizo mi padre y como hizo mi abuelo. Las órdenes y las restricciones, sean las que sean, son algo que debe acatar el servicio. No sé si me explico.

Toda esta locura pandémica le ha dado un toque especial a la algarada 2, pero el Toto destaca y manda. El Toto es multiforme, letal. Domina el Estado profundo. El Toto nos acompaña más o menos desde los Borbones, antes tenía antepasados. El Toto dijo marchemos todos juntos, y yo el primero, por la senda constitucional. Y ya sabemos qué senda era esa, directa al toto del duque de Angulema. El Toto fusiló a Torrijos en las playas de Málaga. La leyenda dice que entró en el Congreso montado en el caballo de Pavía. Etcétera. Sus cameos son innumerables y bien conocidos. En una de sus últimas y fulgurantes apariciones, el Toto llevaba tricornio y pegaba tiros en el techo del Congreso. Mientras, al mismo tiempo, iba montado en un elefante blanco. Lo dicho, multiforme.

No hay que subestimar al Toto, motor de todas las desgracias de este país. El Toto lleva 200 años desangrándonos, ya basta. Creemos un lugar común de disputa mediante el cual desterrarlo para siempre. Hasta en los villanos hay estilo y el Toto es un cretino inútil y repulsivo. España se merece mejores malvados.

BONUS TRACKS:

A propósito de Anguita

Hace muy poco que murió Julio Anguita, un hombre ejemplar, aunque por su forma de ser, pensar y hablar, no del gusto de todos. Por mi parte, podría calificarlo como un referente personal en muchos aspectos.

En los años en que fue líder de Izquierda Unida y su principal valedor, la política iniciaba su deriva hacia el imperio del zasca y el improperio. Anguita siempre estuvo incómodo en el fango y es fascinante bucear por Youtube y escuchar sus entrevistas de finales de los 80 y principios de los 90, un tiempo en el que aún eran extensas y el entrevistado podía matizar. Sin querer idealizar el pasado, en la actualidad eso se ha esfumado. Su clarividencia a veces asombra, defendía unos conceptos que aún hoy suenan revolucionarios. Las dos orillas, el sorpasso… Tantas cosas.

Destaco el lejano año de 1992, cuando toda España babeaba irreflexiva por la naciente Unión Europea. Anguita fue el único político de primer nivel que se atrevió a criticar los acuerdos de Maastricht y el tiempo le ha dado la razón punto por punto. ¿Europa? Vale. ¿Pero qué Europa? ¿Para quién? ¿Quién gana, quién pierde? Se puede decir que aprendí eso de él y de su cantinela “programa, programa, programa” que multitud de ignorantes trataron de ridiculizar.

Usted puede decir que es izquierdista, ecologista, feminista, lo que quiera, pero enséñeme su programa y a partir de ahí hablamos, eso defendió don Julio. Los hechos son los que cuentan y los que retratan al que los hace. No importan las siglas, importan las políticas.

Que nadie olvide tampoco la última legislatura de Felipe González en el Gobierno, cuando languidecía por la corrupción y el cesarismo. Anguita contrastaba con fuerza frente a la triste imagen del PSOE y por eso su formación estaba en alza y resultaba una amenaza potencial para ciertos pesebres. Para El País y adyacentes, correas de transmisión de la naftalina de Ferraz, esto era un pecado imperdonable.

Maltrataron a Anguita, mintieron, retorcieron cada declaración, y como colofón tuvieron que inventar aquella patraña de “la pinza”, con argumentos más rocambolescos que los de la Santísima Trinidad, aunque igual de efectivos. La historia consistía en presentar a Anguita como un esbirro de Aznar traidor a la izquierda urdiendo con el líder del PP una conspiración para echar de cualquier forma a González, apóstol del progresismo, de la Moncloa. Tanto repitieron la majadería que hubo gente que la creyó.

Ahora que nombro a la Trinidad, el hoy Grupo PRISA se comportó como aquellos fariseos del evangelio de Mateo, capítulo 23. Limpian por fuera la copa y el plato cuando por dentro están llenos de robo y de desenfreno; parecen sepulcros encalados: por fuera son hermosos, pero por dentro están llenos de hipocresía e iniquidad. Construyen mausoleos a los profetas y monumentos a los justos, comentando: Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros antepasados, no habríamos participado en el asesinato de los profetas. Y ahí volvieron a estar, en primera línea.

Ya por último, junio de 1999. Aznar ha sido presidente por tres años y se acerca a su triunfal reelección. En Badajoz, envalentonado y rodeado por palmeros varios, a Felipe González se le calienta la boca y esputa directamente “Anguita y Aznar son la misma mierda” entre las risotadas de los presentes. Valiente desvergüenza. Elipsis temporal. No llega a cuatro años después, el 7 de abril de 2003, el periodista de El Mundo Julio Anguita Parrado muere en plena guerra de Irak, a la que España entró empujada por falsedades interesadas gracias a Aznar. Su padre, ya fuera de la política activa, pronuncia aquella frase monumental: “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”.

El tiempo pone a cada uno en su sitio. Solo hay que ver quién dijo qué para luego hacer qué. Solo hay que ver dónde ha acabado cada uno y defendiendo qué intereses. Al final quedó muy clarito quiénes eran en verdad la misma mierda y quién no.

A propósito de la identidad

Este es un tema delicado. El reconocimiento de la identidad personal sin duda era una batalla en la que la izquierda debía hacer acto de presencia y gracias a ello el bienestar vital de muchas personas ha mejorado.

Los feminismos a partir de la segunda ola, especialmente los anticoloniales y del tercer mundo, tenían toda la razón al denunciar todas esas opresiones que habían estado subordinadas, invisibilizadas, bajo la bota de una definición muy concreta, muy miope, muy parcial de la clase social. El machismo-leninismo tradicional necesitaba una sacudida después de décadas de la visión monolítica “obrero blanco en la fábrica/mujer blanca en la casa”. Era necesaria. Todas las opresiones deben combatirse con la misma fuerza.

Insisto en esto, con la misma fuerza. En Juego de Tronos, tras la muerte de Ned Stark, su hijo Robb lidera una rebelión desde el norte. En un punto de las luchas, atrae exitosamente a los Lannister, el bando rival, y los hace caer en un astuto engaño. Deja un cebo, unas pocas tropas, en un lugar poco estratégico y el grueso del ejército Lannister se lanza contra ellas. Mientras tanto, Robb Stark al mando de la mayoría de sus fuerzas toma como rehén al heredero de la casa Lannister, Jamie, lo que le da un enorme poder de negociación y resulta vital para sus planes últimos.

¿Nos estará pasando algo parecido? En muy poco tiempo se han conseguido grandes avances en políticas de identidad y deben ser celebrados. ¿Pero quizá ante una sospechosamente débil resistencia, más allá del puñado de hooligans de turno? Esas victorias nos hacen colocar todas nuestras fuerzas en ese frente y ya la superestructura mediática comienza a retorcer el mensaje original: de la identidad personal al individualismo extremo. Están mutando del tatcheriano “No hay sociedad, solo individuos y familias” al aparentemente más moderno “Lo único que importa es tu identidad”. Huele a emboscada.

¿Están entrando las luchas identitarias en la misma dinámica de las antiguas luchas de clase que con toda la razón criticaban? Otras opresiones se están volviendo invisibles, como la propia clase socioeconómica, al menos en los medios de masas.

Hace poco leía la noticia sobre unos premios a la mejor literatura infantil y juvenil (entregados, por cierto, por una editorial de talante conservador). Identidad, identidad, identidad, identidad, identidad. Los niños tienen que aprender sobre identidad, pero igual también estaría bien enseñar algo de justicia social, ¿no? Aparte de un yo, hay un nosotros.

A Goldman Sachs, a JP Morgan, a BlackRock, al Santander les importa un carajo tu identidad personal o cómo te sientas por dentro, te van a pisar igual que a un insecto porque eres pobre y estás solo.

Todas las opresiones deben combatirse con la misma fuerza, es lo único que digo. Debemos repartir nuestras exiguas fuerzas por todos los frentes. Si no, puede que más pronto que tarde caigamos confiados en una emboscada y el grueso del ejército negro (que decía Blanqui) esté desarbolando sin remedio nuestra retaguardia, tomando rehenes vitales imposibles de rescatar.

Notas

1 La bandera tricolor republicana nos lleva a un tiempo histórico pasado, sin duda con unos valores y unas aspiraciones que muchos creemos reivindicables. No así los errores, que haberlos los hubo y muy graves. No tengo nada en contra del folclore, pero mejor que suspirar por la Segunda es empezar a construir la Tercera, como no se cansó de repetir Julio Anguita. Perdimos la guerra, punto. Y no se puede ganar una guerra anterior. Y hoy, ahora, estamos librando muchas otras que requieren toda nuestra atención, toda nuestra fuerza y toda nuestra astucia. Lo importante no es la bandera, sino lo que esta representa.

2 No me resisto a enlazar este tweet del director general de comunicación del Govern de la Generalitat. Junts per Catalunya: un partido que ha hecho de la desfachatez una forma de vida, batiendo incluso a los autodenominados constitucionalistas (para lo que interesa), que ya es meritorio. Nada debería sorprender, pero siempre sorprende. Es que el Toto junta extraños compañeros de cama. Esta vez en su vertiente de Toto burgués catalán de pata negra.

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