A propósito de Europa (II)


Viene de la primera parte.

Quiero contribuir modestamente a avivar el debate europeo con tres objetivos muy ambiciosos e interconectados. Buscando un concepto fuerte alrededor del cual articular las ideas, encontré el de soberanía, capaz, creo yo, de generar consensos amplios. Porque la soberanía en el siglo XXI es muy diferente que la soberanía nacional tradicional. Hoy en día, muchos doctores Frankenstein aún tratan de insuflar vida a ese cuerpo muerto.

Tres pilares, tres soberanías: democrática, estratégica y económica.

2. SOBERANÍA ESTRATÉGICA

Imaginemos por un momento una base militar española en Miami. O una francesa en Boston o una alemana en St. Louis. ¿Una locura, verdad? Ridículo. Entonces que me expliquen qué pintan barcos estadounidenses en Rota, 21 bases americanas (¡21!) en Alemania, decenas de bombas nucleares estadounidenses en Italia.

Una alianza, por definición, implica varios agentes con intereses compartidos y en igualdad de condiciones. No es el caso, se mire por donde se mire, para la situación de Europa respecto a los Estados Unidos desde la mitad del siglo pasado. Le podemos poner muchos nombres: servidumbre, dependencia, postración, colonia incluso; alianza está claro que no.

Desde que entraron en la Segunda Guerra Mundial hasta su conclusión, los Estados Unidos sí que fueron un aliado de las potencias europeas, así como de la URSS. Sin embargo, a partir del 6 de agosto de 1945 el mundo cambió por completo. La Unión Soviética pasó a ser un adversario y Europa tal vez no un peón, pero sí un caballo o un alfil. Ya dependiente económicamente del otro lado del Atlántico por la dura reconstrucción de posguerra y las condiciones leoninas del Plan Marshall (nada de caridad), los países europeos no tuvieron más remedio que prestarse al entramado ideológico-militar de la OTAN.

En el mundo había dos bloques contrapuestos, una gran guerra fría, pequeñas guerras calientes y una gran incertidumbre. La España franquista llevó su propio camino de acercamiento al imperio yanqui (Palomares mediante). Obviando sus relaciones con las potencias del Eje, ya en 1959 el presidente Eisenhower visitó España para normalizar un acuerdo cerrado: bases militares a cambio de respetabilidad internacional y legitimidad. Ambas partes se entendieron a la perfección. Como dijimos, el final de la guerra dio paso a un nuevo orden mundial. La entrada de España en la Alianza Atlántica estuvo ya pronto encima de la mesa, especialmente desde principios de los 70, aunque bloqueada por la falta de democracia en el país.

Una vez se celebraron las primeras elecciones después de la muerte del dictador, la incorporación a la OTAN parecía a punto de caramelo; sin embargo, imperio e imperiófilos se encontraron con un escollo inesperado: el presidente Suárez.

No suscribo el método Cercas para convertirlo en Dios todopoderoso de la Democracia, pero a la hora de la verdad Suárez estuvo a la altura de las circunstancias. Especialmente en política exterior, donde su ejecutivo mantuvo una postura valiente y ambiciosa: entre otras cosas, fue el primer mandatario de Europa Occidental en visitar Cuba y en recibir a Yasser Arafat y se incorporó a la Conferencia de Países No Alineados en 1979. El Gobierno jugó con fuerza las cartas que tenía, con sangre fría y pragmatismo. Además, pese a la insistencia del presidente Carter, se opuso a la entrada irreflexiva en la OTAN, ambicionada largo tiempo por los estadounidenses, pero que nada aportaba a España en ese momento.

Implicó la postura de Suárez una crisis de Gobierno, una implacable campaña de acoso y derribo contra él y, en última instancia, su dimisión, el ridículo fracaso del golpe duro y el triunfo indirecto del golpe blando el 23F. Todas y todos conocemos las vergonzosas imágenes de aquel día, pero otras más importantes quedaron ocultas.

El presidente interino entrante, Calvo-Sotelo, apenas ostentó el poder 22 meses sin golpes de efecto ni grandes titulares. Sin embargo, a finales de 1981 certificaba la entrada de España en la OTAN (a pesar de un exiguo apoyo popular) a toda prisa, por la puerta de atrás y evitando en lo posible un debate en el Congreso. Los americanófilos y tecnócratas del más variado pelaje tenían pavor de llevar aquella discusión a la luz pública para evitar sorpresas desagradables, más con los comunistas y socialistas abiertamente en contra; partido este que pocos meses después arrasaría en las generales y camparía triunfante por la meseta durante década y media.

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"Nuestro partido no asume la decisión de integrarse en la OTAN, y, por consiguiente, estará en contra de la misma, con las consecuencias históricas que tenga mantener una coherencia lógica entre lo que decimos y lo que pensamos hacer"

Felipe González, 6/10/1981, Comisión de Exteriores del Parlamento

La relación de Felipe González y su PSOE con la Alianza Atlántica daría para varios culebrones. En una turbulenta primera legislatura (no en el parlamento, pues contaban con una amplísima mayoría absoluta), las presiones y chantajes que debió recibir desde Bonn y Washington para que suavizase su postura (el ya mítico “OTAN, de entrada no”) seguro fueron insoportables.

Entendamos que España estaba en plena transformación, con un ejército levantisco y negociando su incorporación en la CEE. Ya hemos dicho que la resistencia de Suárez al atlantismo solo le reportó su defenestración y un golpe de Estado y González trataba de ahorrarse ese sufrimiento en sus carnes. Parte de las exigencias de la Comunidad Económica Europea para la incorporación española incluían la entrada en la Alianza Atlántica. Felipe González hubo de tragarse el sapo.

En un agrio Congreso Nacional, el hombre blanco con lengua de serpiente, Felipe González (todo un experto en el tema) convenció a duras penas a su partido para un cambio de posición. Pasaron de estar de espaldas a ponerse de perfil. Su argumento público no puede calificarse como osado: Estábamos contra la entrada en la OTAN. No obstante, entramos. Ya que estamos dentro, pues quedémonos.

González tuvo la decencia (y la habilidad, le tocó negociar y mucho con Reagan) de convocar el referéndum popular que había prometido en campaña. Pero ¡sorpresa!, ahora apoyaba la permanencia. El Sí a la OTAN terminaría ganando con un escaso 52’5% y generaría un cisma terrible en la izquierda que aún sangra en abundancia.

El PSOE tuvo que poner en marcha toda su maquinaria. A cambio de esta permanencia, España arañaría tres concesiones al imperio: nada de instalar, almacenar o introducir bombas nucleares extranjeras en territorio español, no incorporarse a la estructura militar de la OTAN y la reducción de tropas norteamericanas en el país. Con el aumento en el número de tropas desde entonces, con la entrada efectiva de España en la estructura militar de la Alianza en 1997 y con la incapacidad de hacer inspecciones, al final ninguna de las condiciones se ha cumplido completamente.

Hasta aquí, la posición del PSOE es hasta comprensible dado el contexto internacional. Lo que no se puede defender con algo de decencia es que un gerifalte del partido pase en menos de 15 años de dar mítines en contra de la OTAN a ser nada menos que su Secretario General (¿¿??) y bombardear los Balcanes. Consecuencia de la aceleración de aquella España salvaje.

*****

La Alianza Atlántica, entonces, era perfecta expresión de la política de bloques que rigió por 40 años y tuvo su reflejo en el Pacto de Varsovia, unión militar de los países del bloque soviético. Pacto este que, no lo olvidemos, nació (1955) después de la OTAN (1949) y como reacción defensiva a esta y no al contrario.

Más que una agresividad descerebrada 1, lo que siempre caracterizó a la Unión Soviética fue una defensa casi paranoica de sus fronteras. Cada vez que sintió amenazada su área de influencia, la URSS reaccionó de forma contundente. El primer ejemplo que viene a la cabeza (y el más revelador) es el de la crisis de los misiles de Cuba en 1962. La instalación de cabezas nucleares en la isla caribeña supuso la respuesta soviética a una provocación estadounidense en toda regla: los misiles nucleares en territorio turco que amenazaban el bloque del Este (y que aún hoy siguen siendo fuente de conflicto e inseguridad).

Durante 40 años las dos grandes potencias se movieron empujadas por las dinámicas de esta Guerra Templada. ¿Pero cuál es la razón de ser de la OTAN a partir de 1991? Desde ese año, los Estados Unidos disfrutaron de una década de dominio geopolítico indiscutido. Uno podría haber pensado: bueno, ahora la Alianza Atlántica se desmantelará o se convertirá en otra cosa para adaptarse a un mundo diferente. Pues no. No solo no se desmanteló, sino que de forma insensata ha ido absorbiendo países de la Europa del Este en su órbita, provocando sin necesidad a una Rusia que ha heredado las obsesiones de sus años soviéticos: celo por su seguridad territorial y un largo anhelo por tener salidas marítimas al Mediterráneo.

Si me he extendido tanto en historia y desarrollo ha sido porque es importante comprender qué ha hecho a la OTAN ser lo que es hoy: una organización que responde únicamente a la agenda y a los intereses de una potencia extranjera rival. Es imperativo que los países de la Unión Europea dejen de ser títeres y salgan de una manera u otra de la Alianza Atlántica para recuperar su independencia en seguridad y política exterior.

Hoy por hoy, la OTAN no solo no es garante de la seguridad europea: la OTAN es la mayor amenaza a la seguridad de Europa. La escalada de amenazas de Estados Unidos hacia Rusia no es casual, responde a las intenciones americanas de llevar el foco de un latente conflicto mundial desde el Pacífico, donde son más vulnerables, a territorio europeo, que absorbería la mayor parte de los daños. Una estrategia que siempre les ha dado pingües beneficios, tanto económicos como de influencia.

A no ser que tengamos algún tipo de filia por convertirnos una y otra vez en el escenario principal de guerras mundiales, hay que abandonar sea como sea este camino de tensión creciente.

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Pasó bastante desapercibido en España, pero el ejército norteamericano tenía previsto organizar en plena pandemia las maniobras militares más grandes en décadas: Defender Europe 20. Obviamente, hubo de ser cancelado ante la perspectiva de más de 20 000 soldados y personal norteamericano cruzando tranquilamente de un país a otro y al lado mismo de la frontera rusa. Pero no se han dado por vencido, no: ya están trabajando para llevarlo a cabo al año que viene y, a pesar de todo, en junio realizaron maniobras en Polonia.

El título de las maniobras no es del todo exacto, más ajustado a la realidad sería Danger for Europe 20/21. Porque ¿a quién le interesa una tensión constante con Rusia? No a Europa, eso seguro. Tal vez habrá alguno que piense que me poseen delirios de extrema izquierda, de antiamericanismo trasnochado. Le aseguro al que piense tal cosa que en una posible guerra serían destruidas las casas de todos, no solo las de extrema izquierda; moriría mucha gente, no solo de extrema izquierda. Es un asunto, de nuevo, de mera supervivencia, transideológico.

Es urgente, repito, abandonar la OTAN y no vernos mezclados en intereses espurios, del todo contrarios a los europeos. Es urgente, además, avanzar sin pausa hacia un ejército común europeo que rinda cuentas ante el Parlamento y el poder ejecutivo comunitarios.

En su libro Los Estados Unidos de Europa, Guy Verhofstadt aboga tímidamente por la creación de un cuerpo militar continental. Recuerda que ya existió un embrión allá por los años 50, la malograda Comunidad Europea de Defensa, torpedeada antes de nacer por el chovinismo prepotente de los sectores gaullistas en Francia. Obviamente, el belga, por su cargo y perfil, no puede ir muy lejos en las reivindicaciones: asegura que no desaparecerían los ejércitos nacionales ni tendría intención de debilitar a la Alianza Atlántica o los intereses de Estados Unidos.

Si queremos evitar la enésima operación de maquillaje a ese respecto, precisamente esos dos son los objetivos que debe perseguir un ejército europeo operativo. Para aprovechar las sinergias y economías de escala que el tamaño y la unión de las fortalezas individuales de los países supondrían en términos de disuasión, protección e inversión, la lógica y el pragmatismo imponen la convergencia de todas las fuerzas armadas comunitarias en un cuerpo común. Además, solo una entidad a esa escala garantizaría una relación de igual a igual con Rusia y evitar las posibles represalias estadounidenses ante la perspectiva de una Europa cada vez más soberana. La actual Agencia Europea de Defensa, con un ridículo presupuesto de 30 millones de euros, es a todas luces insuficiente.

El impacto positivo que una defensa común tendría en el continente puede de algún modo calibrarse por las furibundas reacciones que los amagos en esta dirección provocan en los rivales geopolíticos europeos.

Por otro lado, sería una auténtica estupidez tener un ejército común sin una política exterior de verdad coordinada y única. Ya existe un Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad (ahora mismo, el atrabiliario Josep Borrell 2), como se puede comprobar, otro nombre rimbombante para ocultar que no tiene un poder real sobre los ministros de Exteriores para marcar las directrices diplomáticas comunitarias. Debe cambiar: la soberanía de seguridad y la soberanía diplomática así lo exigen.

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Este es un punto muy delicado. Si la democratización profunda de la UE era un tabú para los poderes mediáticos, hablar de OTAN y ejército europeo es ya directamente un sacrilegio. Y los medios tradicionales, da igual su sesgo ideológico, no solo invisibilizan las alternativas, también adoctrinan sin rubor.

Tomemos como ejemplo a la Rusia de Putin. Gorbachov era un héroe de la libertad, Yelstin un simpático borrachín, pero en cuanto Rusia exige su papel legítimo en el nuevo mundo multipolar, ¡oh, vade retro, Satanás! Por favor, ya somos mayorcitos para estos aspavientos espantaviejas. Que conste que no soy un fanático de Putin, un caudillo cínico con sueños imperiales. ¿Asesina a adversarios políticos, interviene en las elecciones y ataca otros países, es agresivo y militarista? Todo eso es cierto y hay que condenarlo. El problema es que Rusia es una aficionada en lo anterior comparada con nuestros queridos amigos EEUU y Arabia Saudí. Todo crimen imputable a Rusia ha sido y es como mínimo igualado por ambos. ¿Expansionismo, intervenciones militares injustificadas, servicios secretos sin respeto alguno por la legalidad internacional, sea lo que sea esta? Rusia tiene aún mucho que aprender de la dupla yanqui-saudí.

Cualquiera que lea el interesante libro de Pedro Baños, Así se domina el mundo, puede comprobar que la comunidad internacional es una jungla y en ella se actúa sin piedad. Mejorar las relaciones diplomáticas y económicas con Rusia no implica convertirse en Rusia ni arrodillarse ante su régimen; por fortuna, Europa todavía no se ha convertido en Estados Unidos o Arabia Saudí. Lo que implicaría en verdad mejorar las relaciones con Rusia: garantizar la seguridad y la paz a medio plazo en el continente, ahora mismo seriamente comprometidas si se mira la situación con frialdad.

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En los últimos meses las grietas de la OTAN se están ensanchando. Por un lado, Turquía, siempre un verso suelto impredecible dentro de la Alianza Atlántica, ha estado tensando mucho la cuerda con el resto de miembros debido a su intervención en Siria o Libia y a sus tratos con Rusia. Un grave incidente con Francia (también con inconfesables intereses en Libia) en aguas mediterráneas ha elevado la tensión. Además, para aderezar el cóctel, tenemos la enésima crisis entre Turquía y Grecia.

Por el otro lado, emerge la alargada sombra de Trump. Aunque su política exterior no difiere en el fondo con la de Obama o sus predecesores, sí hay un viraje en la forma: un muy cacareado proteccionismo y el fin del enervante ejemplarismo del país como faro moral del mundo. La desfachatez del presidente ha llegado al extremo de exigir a los países europeos que aporten mucho más económicamente a la OTAN. Es decir, no solo quiere perpetuar la servidumbre militar europea a los intereses geopolíticos americanos, sino que pretende además que los europeos paguemos por ello. Delirante.

Acciones como esta o el choque frontal con Alemania (incluyendo el traslado de tropas y materiales a Polonia, un perrito más dócil 3) podrían contribuir a abrirnos los ojos de una vez por todas. Como dice la periodista de ABC Rosalía Sánchez: “La OTAN se comprometió con Rusia en 1997 a no establecer bases permanentes en el antiguo bloque oriental y estaría ahora incumpliendo unilateralmente y sin consultas previas ese compromiso. La alianza ha rotado tropas por esos países y llevado a cabo espectaculares maniobras, pero ahora hablamos de establecimiento militar permanente en una instalación pagada por Varsovia y llamada Fort Trump.” Más y más amenazas a la seguridad del continente.

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Aún hay más. Europa es un conglomerado de países con un déficit energético crónico, consume más energía de la que produce. La prudencia y una mínima visión de futuro imponen una total reconversión de las fuentes de energía fósil (petróleo, gas) en renovables y limpias (Europa sí tiene sol, viento y mar). Esto es posible económica y tecnológicamente; sin embargo, requiere una transición paulatina y muy compleja. El continente seguirá necesitando ingentes recursos minerales, petróleo y similares a corto y medio plazo. Un acuerdo más sólido con Rusia en ese sentido podría suponer una fuente segura de materias primas y no tener que depender de otros múltiples proveedores más discutibles, secretos, poco fiables. Es más, en muchos aspectos sería una clara mejora respecto a los actuales tejemanejes indignos en el Magreb y el sur del Sáhara francoparlante (situación de la que, por cierto, una élite económica francesa extrae enormes rentabilidades).

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Soberanía militar y soberanía energética están muy relacionados. No hace falta señalar que la mayor parte de los conflictos armados del siglo XXI (por no decir de la historia) han estallado alrededor de la obtención de recursos y esta tendencia no hace más que acelerarse.

¿De qué nos serviría democratizar Europa de seguir siendo débiles y vulnerables a chantajes externos? ¿De verdad pueden ahora mismo ejercer los países de la Unión su maltrecha soberanía nacional para defender sus intereses de una vez frente a los de EEUU, por ejemplo? Unos EEUU que mantienen decenas de miles de soldados y personal militar en territorio europeo, tanques, buques, aviones y, como mínimo, 100 bombas nucleares repartidas de norte a sur en cuatro países (Bélgica, Países Bajos, Alemania e Italia) partiendo Europa en dos mitades justo en su corazón industrial y económico. Unos EEUU que espían como enemigos a los países de la UE. Unos EEUU que no son en la práctica un aliado, sino una potencia adversaria, y que llevan décadas torpedeando cualquier intento real de construir la auténtica Unión Europea por todos los medios a su alcance. Siendo la presencia militar, su herramienta más visible, un insulto constante a la soberanía de los pueblos que forman Europa.

En algún momento esta presencia y tantas otras tienen que acabar. Ojalá sea cuanto antes.

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En la siguiente entrega:

3. SOBERANÍA ECONÓMICA

NOTAS:

1. Muchos teóricos occidentales han defendido esta tesis que, gota a gota, se infiltró en la opinión pública. Como muestra, véase Tiempo nublado (1983) de Octavio Paz.

2. De acuerdo con sus ideas o no, no se puede negar a Borrell una amplia experiencia y una notable inteligencia en ciertos aspectos, pero ¿es una persona con semejantes ataques de ira y que pierde la paciencia con facilidad la adecuada para comandar una diplomacia nacional o comunitaria?

3. Esto es lo que pretenden Andrzej Duda, presidente polaco, y el resto de líderes nacionalpopulistas de Europa del Este, hacer reverencias aún más serviles al poder al otro lado del océano. Hasta ahí llega la inconsistencia de sus planteamientos, un camino corto y lamentable que tiene que obligarnos a reflexionar y actuar.

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