A propósito de Europa (y III)


Viene de la segunda parte.

Quiero contribuir modestamente a avivar el debate europeo con tres objetivos muy ambiciosos e interconectados. Buscando un concepto fuerte alrededor del cual articular las ideas, encontré el de soberanía, capaz, creo yo, de generar consensos amplios. Porque la soberanía en el siglo XXI es muy diferente que la soberanía nacional tradicional. Hoy en día, muchos doctores Frankenstein aún tratan de insuflar vida a ese cuerpo muerto.

Tres pilares, tres soberanías: democrática, estratégica y económica.

3. SOBERANÍA ECONÓMICA

(FINANCIERA, INDUSTRIAL Y LOGÍSTICA)

En un vídeo no demasiado reciente, Pablo Simón apuntaba las dificultades de un organismo político moviéndose en coordenadas “kantianas” (UE) frente a un mundo arrastrado por impulsos “hobbesianos” inmisericordes. Anquilosada, rígida, esclerotizada, Europa da una imagen de solidez aparente, pero el impacto de la realidad contra conceptos ampulosos como paz perpetua, juicios sintéticos o imperativo categórico (válidos en filosofía, recorrido corto en política) produce crisis dolorosas. La UE siempre sale de ellas más débil que antes, esta dinámica tiene fecha de caducidad. Como el Perito Moreno, cada cierto tiempo se desprenden grandes trozos y caen al mar con estrépito: en ese mar hay tiburones sedientos de sangre.

La superación de esta parálisis, de este derrumbe paulatino, requiere dosis ingentes de pragmatismo y la solución podría descansar también en la tradición intelectual europea. Una opción: pasar a unas coordenadas “hegelianas”.

El siglo XX se puede apodar como el siglo de los hechos consumados. Por tanto, Kant era una gran opción para la reconstrucción después de décadas de sangre, entrañas y barbarie. Sin embargo, el siglo XXI no deja de confirmarse como el siglo de la paradoja: una intrincada maraña de causas y efectos, frenética, imposible de interpretar.

El fulminante deshielo de los bloques a partir de los 90 ha llevado a un aumento de la temperatura política media que no podemos ignorar. El aparatoso y monumental glaciar europeo se derrite gota a gota, a menos que reaccionemos.

Y Hegel, el viscoso Hegel, nos ofrece herramientas muy útiles. La paradoja y la contradicción no solo no dañan el núcleo de su pensamiento, como ocurre con Kant, ellas mismas SON el núcleo de su pensamiento. El impacto de las crisis es aprovechado como fuente de energía. Sus imágenes habituales abrazan el conflicto: la caída que crea a posteriori el lugar desde donde caímos, la herida que no puede cerrarse, previa incluso a la existencia del cuerpo herido, que crece alrededor de ella. La estabilidad sosegada y coherente, por tanto, es imposible y buscarla y desearla, contraproducente.

Aquella famosa cita de Hegel: “La lechuza de Minerva solo alza su vuelo al atardecer”. Es decir, la teoría, la filosofía, solo puede interpretar las causas después de que ocurran los efectos. Averiguamos el porqué de las cosas después de que pasen las cosas. Cuando del glaciar europeo solo queden unos tristes cubitos de hielo flotando en el vaso de algún caudillo, comprenderemos a la perfección las razones de su fracaso. ¿De qué nos servirán entonces? En cambio, el vuelo de la política es el del albatros, capaz de planear sin esfuerzo sobre corrientes de aire caliente por largo tiempo. Corrientes contradictorias.

La política no está muerta ni es inútil, como a las grandes finanzas les interesa hacer creer. Hay alternativa, todavía existen palancas de cambio. Aunque no sé por cuánto tiempo.

*****

Es necesario, pues, ser capaces de absorber la paradoja y la contradicción para recalibrar las relaciones internacionales europeas. Desde una posición subordinada ante EEUU a una posición de igual a igual con Rusia. Subordinación siempre es lo contrario de soberanía: en diplomacia es preferible un buen pacto con el Diablo a una mala sumisión a Dios. Y más sabiendo que en mundo actual no hay dioses ni diablos, solo polos de poder.

No hay que perder de vista el primer punto tratado. Sin una democracia operativa ante la que rendir cuentas, este punto de vista “hegeliano” puede corromperse en un oportunismo descarado, una veleta, un vomitivo arrimarse al sol que más calienta. Y no debe ser así, pragmatismo no es crueldad inhumana. El poder cambia al poderoso y lo atrapa con sus dinámicas propias. Precisamente, mecanismos e instituciones sirven para oponerse frontalmente a esto. Los tres puntos de soberanía planteados se necesitan y se complementan: si falla una de las tres patas, el proyecto europeo correrá peligro.

*****

Dicho esto, tratemos el vital asunto de la soberanía económica. Los últimos años marcan sin lugar a dudas un cambio de tendencia en la marcha triunfal de la globalización hasta ahora indiscutida. Una larga lista lo demuestra: las voces del nacionalismo fanático dentro de Europa, los bandazos proteccionistas dentro de EEUU, el descerebrado Bolsonaro… Incluso China, después de la sacudida brutal de la pandemia, parece haberse unido a este otoño globalizador. Movimientos del ejecutivo de Xi Jinping indican que el gigante asiático va a empezar a centrarse seriamente en su mercado interno, en plena explosión.

Hay locos que se creen Napoleón, estos son inofensivos. Luego hay locos que intentan ir en contra de las tendencias de su época, estos son irrecuperables. Antes de despreciar en pleno cada detalle de la deriva proteccionista, sería más interesante aprovechar la ocasión para analizar los desequilibrios que ha traído una globalización rampante y desatada con claros ganadores y con claros perdedores.

Tímidos ganadores: Una parte de la clase trabajadora en países en vías de desarrollo, llegados en aluvión a las megaciudades. Han mejorado su nivel de vida en bastantes aspectos. Ganadores indiscutibles, de calle: superélite parasitaria, avatares del capital sin fronteras. Haciéndose con los pocos pedazos de mundo que aún no eran suyos. Perdedores: Clases medias precarizadas y clase trabajadora tradicional de los países occidentales.

Un siniestro populismo reaccionario ha sabido canalizar el descontento legítimo de estos perdedores, que no son unos paletos ignorantes y descerebrados o se volvieron fascistas de la noche a la mañana; reaccionaron ante un orden mundial injusto con la única y desesperada alternativa que se les presentó, dado que la izquierda sigue perdida en disquisiciones bizantinas sobre el sexo de los ángeles y la socialdemocracia neokeynesiana ha traicionado una a una todas sus promesas.

Hace años que el reciente ganador del Premio Princesa de Asturias Dani Rodrik nos advierte con su famosísimo trilema. Solo podemos elegir dos vértices del triángulo. En mi opinión, las políticas democráticas y unas soberanías SUPRANACIONALES, a nivel UE. Soberanías entendidas pragmáticamente, realistas, como estoy intentando desarrollar.

Fuente: https://blog.realinstitutoelcano.org/la-voladura-del-trilema-de-rodrik/

Irónicamente, los que han sabido aprovecharse de esta situación han sido precisamente las superélites financieras, moviendo los hilos tras extremismos nacionalistas retrógrados. Solo hablan el idioma del dinero y solo quieren seguir exprimiendo a su ganado. Lobos convenciendo a las ovejas de que los perros pastores son peligrosos.

En este contexto, el proceso de deslocalización industrial confirma su podredumbre interna. La reciente pandemia ha vuelto a demostrar la importancia fundamental de las cadenas de suministro para el bienestar ciudadano. El fallo de uno solo de los eslabones provoca tensiones y debacles; la escasez, la miseria, sacan lo peor de cada uno. Un buen ejemplo de ello fueron las vergonzosas disputas y trapicheos internacionales por el material sanitario en plena tormenta vírica, escaso y lejano. Los ciudadanos pudieron disfrutar en primera fila de un lamentable navajeo entre los propios socios europeos. Esto supuso un golpe muy grave para la credibilidad del proyecto europeo, si es que las actuales élites tienen alguno válido.

Primero, procesos de desindustrialización forzosa, como la española a principios de los 80. Es un secreto a voces que había dos condiciones principales para la incorporación de España en la Comunidad Económica Europea: la entrada en la OTAN y el desmantelamiento de la industria española (en 1975 un 36% del PIB, hoy en torno a un 15%). No conviene volvernos demasiado Savonarolas, ¿acaso tenía el PSOE otra opción más que transigir? Europa ha dado muchísimo a España, pero una cosa es transigir defendiendo al máximo tus posiciones y otra arrodillarte dando palmas con las orejas. O haciendo declaraciones tan indignantes como las del mefítico Carlos Solchaga, mesías del pelotazo y segundo capitán económico de aquel primer PSOE: “¿Qué tiene de malo que los españoles asumamos el papel de ser el sector servicios de los europeos?”. En fin, las hordas infectas de la beautiful people, de la izquierda caviar, jalearon como posesos. Uno no puede menos que sospechar conociendo el maremoto de marcos que desde Alemania inundó el PSOE de Felipe González, Caso Flick mediante. Aquí un recordatorio en vídeo.

Pero esa es otra historia, el caso es que aquella desindustrialización fue una tímida antesala de furibundas deslocalizaciones de empresas décadas más tarde (especialmente hacia el sudeste asiático). ¿Su razón de ser? En su mayoría, la perspectiva de las multinacionales de ampliar su margen de ganancias un 5, un 10, un 15%. Aunque tan solo ganasen un céntimo más, la deslocalización sería por completo lógica dentro de esta visión cortoplacista. Precisamente es la razón de ser de la corporación, lo que la hace efectiva y a la vez trastornada: maximizar el beneficio de sus accionistas y al diablo con todo lo demás.

Muchos medios repitiendo la voz de su amo insisten e insisten en que la relocalización, una vuelta de partes de la producción a Europa, sería económicamente lesiva y contraproducente. Claro, miran la parte de la economía que les interesa: la ganancia de las élites. Pero la economía es mucho más que dinero, como la realidad una y otra vez se empeña en confirmar. Es gestionar la satisfacción de necesidades infinitas con recursos finitos. El dinero especulativo es (debería ser) solo una pequeña parte.

Relocalizar supondría en el corto plazo una reducción de los márgenes corporativos y un aumento de precios en algunos productos, habría que ver de qué magnitud. Hace falta un debate político y público serio. Ahora mismo la relación servicios-industria en el PIB de la Unión está en torno al 70-30 (y subiendo). Un objetivo posible y deseable sería pivotar hacia el 60-40.

Ah, pero también habría contrapartes, que quieren ocultarse convenientemente. Primero robustecer las cadenas de suministro del continente, cada vez más insensatamente largas, frágiles, inasumibles. Hay una política monetaria que suele atraer atención. Sin embargo, también hay una política logística tan importante como aquella y si Europa se empeña en ignorarla, otros se ocuparán de ella. Por ejemplo, China, siempre minuciosa en la preparación para el futuro. Su empeño en trazar el macroproyecto de la Nueva Ruta de la Seda, que los poderes europeos han recibido con absoluta pasividad, algunos incluso alborozo, demuestra por parte de estos una miopía preocupante. La fortaleza de un territorio es la fortaleza de su cadena de suministro. Una potencia con semejante poder logístico puede asfixiar a cualquier otra en sus manos.

Otra vital infraestructura en construcción, esta vez logística de la información: el 5G. Su impacto en la dominancia mundial solo se verá en el futuro, pero los grandes poderes luchan a cara de perro. Primero, Trump quiere parar los pies a la empresa líder en esta tecnología, Huawei; en su opinión, un títere del gobierno chino. La ha presionado por todos los frentes. Hace poco tiempo conocíamos que Reino Unido también vetará parcialmente a Huawei en la construcción de la red 5G. Johnson negó que tuviera presiones desde Washington. Ya, y yo me lo creo.

¿Y la UE? Como era de esperar, no ha hecho demasiado ruido. Hay que decir que Huawei no es la única compañía en la carrera del 5G, también compiten Samsung, Nokia o Ericsson. Las dos últimas europeas (finlandesa y sueca respectivamente). Confieso que la complejidad del tema me supera, ¿pero no sería más recomendable para la construcción del futuro de las redes de comunicación confiásemos en dos empresas europeas? Por aquello de la geoestrategia. Aunque los Estados Unidos opinan lo mismo, lo que nunca es buena señal.

Parece que en la Unión, una vez más, no habrá una estrategia coordinada a este respecto. Grave error. La estadounidense Cisco Systems parece que toma posiciones también en la carrera. Espero que no pasemos de Guatemala (Huawei) a Guatepeor (Cisco). Está por ver si Huawei espía, pero lo que es Estados Unidos, espía de lo lindo.

*****

Una soberanía logística real descansa sobre una fortaleza industrial notable. No solo de coches vive el hombre. Que están muy bien y tienen un alto valor añadido, pero hay productos intermedios o “ligeros” que también resultan importantes a largo plazo.

La racionalización urgente de las cadenas de suministro exige la vuelta a Europa de la producción, de forma que coincida con la perentoria revolución energética hacia la sostenibilidad (ambiental y diplomática) y grandes pasos hacia una política industrial común.

Lo ideal para cadenas de suministro cortas y robustas, claro, sería una reindustrialización más o menos homogénea de la Unión. La realidad (ya de por sí ideal) se parecería más a un cinturón industrial cruzando de norte a sur Europa del Este, desde Estonia a Bulgaria. Aun así, una notable mejora respecto de la situación actual: una cadena logística más corta, más sólida, bajo control, más independiente de factores geopolíticos y que puede fundarse casi en su totalidad en el ferrocarril. Unido a esto, el bloque mediterráneo debería estar luchando a brazo partido por construir otro eje industrial de este a oeste, desde Grecia hasta España y Portugal, pasando por el sur de Italia, Sicilia y Cerdeña.

Además supondría un golpe político contundente contra los delirios y golpes en el pecho de Orban, Salvini y compañía, especialistas en gestionar la escasez azuzando a los humildes unos contra otros. Luchar contra las fake news está bien, pero aquí se plantea un plan de choque específico y ambicioso para dar trabajo, sueldos dignos, prosperidad y garantizar el abastecimiento: antídoto contra el nacionalpopulismo.

Por supuesto, este nuevo paradigma haría aún más necesario un acercamiento a Rusia. En el presente clima de tensión, con maniobras militares y la perenne amenaza de un conflicto latente, ensamblar un cinturón industrial en el Este sería insensato. Una vez más, todas las soberanías se necesitan y se apoyan. Obviamente, si Europa es un buey uncido bajo el yugo militar y diplomático americano, no puede decidir por sí misma una maldita cosa. Es soberana para cumplir órdenes o desaparecer.

Es cuando las cosas van mal el momento en el que se necesita una distribución adecuada de productos esenciales y, como estos últimos meses acaban de demostrar, ahora mismo Europa no está en condiciones de garantizarla en medio de una gran crisis.

*****

Los servicios especulativos campan a sus anchas a costa de la economía productiva, dándose la escandalosa circunstancia de un parásito decenas de veces más grande que su maltrecho anfitrión. La gente todavía come cosas, usa cosas, necesita cosas y la soberanía industrial puede ser un buen recordatorio.

Sin embargo, la ingenuidad aquí es suicida. La hegemonía del capitalismo financiero patrimonial es un hecho. ¿Cómo obviar, pues, la soberanía financiera de la UE? Si no la conseguimos, somos directamente esclavos. Las debilidades de la construcción económica europea es un tema ampliamente tratado. Fuera de los papers y de la teoría, la mejor manera de rastrear debilidades es observar el comportamiento de los buitres.

Los buitres, aparte de su inexistente catadura moral o precisamente por ella, son fiables: evitan la salud y solo rondan lo agonizante. ¿Y dónde han ido a picotear los buitres en esta década larga de crisis constante? A la deuda.

Se han dado banquetes y han hecho mucho daño. La deuda es el rival más débil porque su planteamiento parte de una injusticia de base: la prima de riesgo (en este caso, la diferencia entre el interés que paga España por su bono a 10 años respecto del alemán). Hoy tan naturalizada (los medios la dan por hecha simplemente), su mera existencia es una absoluta vergüenza y una amenaza. En una unión económica y política europea la prima de riesgo debe ser cero. Punto. ¿Cómo se entiende una moneda común, una política monetaria común, un banco central común sin una deuda y fiscalidad común? Es colgar sobre el abismo, con las bandadas de carroñeros acercándose.

Para justificarla, las necroélites (no aportan nada vivo) se ven obligadas a vomitar mentiras sonrojantes. Aquella cantinela machacona de que los vagos sureños viven a costa de los laboriosos norteños, cuya coherencia no resiste ni tres segundos. La Unión permitió que amplias capas sociales del norte ganaran en bienestar GRACIAS A que amplias capas sociales del sur ganaron en bienestar, sus clientes preferenciales. Esto se basa en una economía productiva, en cosas, en coches, en alimentos… Con la prima de riesgo y la especulación de la deuda, una necroélite minoritaria saca tajada A COSTA DE una pérdida de bienestar en amplias capas sociales del sur, lo que redunda en una pérdida de bienestar para la mayoría en el norte. Aquí queda expuesto este truco barato y asqueroso.

Observemos el caso de la prima de riesgo con un poco más de detalle. Abajo dejo un gráfico muy interesante (fuente: javiersevillano.es) donde se ve su evolución en los últimos 20 años.

Obviamente, y como suele pasar, todo va muy bien hasta que todo va muy mal, y para entonces es demasiado tarde. Es la maldición de los fallos estructurales: solo se muestran en plena catástrofe. Catástrofe que alcanzó su apogeo durante 2012 en la crisis de deuda soberana, que llevó a las economías española e italiana, entre otras, al borde del colapso.

La prima de riesgo genera una competencia desleal entre países, especialmente dentro de la Eurozona. Y si nos guiamos por la coherencia, es incompatible con el mercado común europeo. No solo el norte de Europa ha conseguido un extra de prosperidad gracias a la especialización en servicios de bajo valor añadido de gran parte del sur (especialización esta que, recordemos, en el caso de España vino más o menos impuesta como condición de entrada), sino que ingentes capitales especulativos y bancos norteños hicieron su agosto incentivando los comportamientos por los que ahora cierta máquina propagandística nos quiere culpar al completo.

La mutualización de la deuda (básicamente que el conjunto de la Unión respalde la deuda emitida por los países) o la emisión de deuda común son unas peleas que se están dando ahora mismo en Bruselas a cara de perro (Mediterráneos contra Halcones Hanseáticos, básicamente, con el eje franco alemán pivotando y el grupo de Visegrado vociferando).

La virtual eliminación de la prima de riesgo mediante estos procedimientos supondría un gran respiro para un amplio sector de la población meridional que va sobreviviendo en el umbral de la pobreza: España pagó en intereses de la deuda en torno a 31 mil millones de euros (más del 8% de su presupuesto total), de los que buena parte son un sobrecoste evitable políticamente. Un dinero que podría invertirse en la sociedad y no en especuladores que no lo necesitan. Compartir riesgos económicos en la financiación beneficiaría a la larga a todos los países. Especialmente, por supuesto, a los más atacados por los buitres.

La refriega por los bautizados “coronabonos”, una deuda común temporal y circunscrita a los daños de la Covid-19, podría ser un pequeño paso en la senda de fortalecer la unión política. Incluso eso está siendo complejo y combatido con falacias. La mutualización no llevaría a un menor bienestar en la población trabajadora de los países productores y productivos (subrayo lo de productores y productivos). Al contrario, redundaría en una mayor capacidad de consumir desde el sur.

En Bruselas se habla de un momento hamiltoniano, incidiendo en la comparación americana de Verhofstadt. Es decir, una clara referencia a Alexander Hamilton, el primer Secretario del Tesoro de los Estados Unidos. Citando el artículo de Javier Collado y Mario Becedas:

“En 1790, Hamilton, primer secretario del Tesoro de EEUU […] abogaba por una verdadera unidad dentro del federalismo de la nueva nación. Pero la idea de unidad conducía para sus opositores a la centralización de poder, algo no muy distante de lo que habían huido las colonias al levantarse contra el Imperio británico. […]Uno de los principales puntos de fricción era, precisamente, la mutualización de la deuda. Hamilton defendía que el gobierno federal de EEUU asumiese las deudas en que incurrieron los estados para financiar su rebelión contra los británicos. El estado de Virginia, como la actual Alemania, era el más poderoso de la Unión económicamente y se negaba a pagar las deudas contraídas por las otras colonias. Precisamente el entonces secretario de Estado (y posterior presidente) Thomas Jefferson era de Virginia y se negaba a cumplir con las obligaciones de otros estados más pobres o irresponsables. Sería en un encuentro en la entonces capital, Nueva York, el 20 de junio de 1790 entre Hamilton, Jefferson y otro virginiano y futuro presidente, James Madison, cuando se gestó un acuerdo que sentaría las bases de la organización económica federal de EEUU. Hamilton logró convencer a ambos de que era necesario aplicar un sistema de financiación similar al de los propios británicos y que la mutualización de la deuda conduciría a una Unión más fuerte, pese a que los territorios perdieran una parte de su poder necesariamente, pasando de una suerte de confederación a una verdadera federación de estados.”

Da que pensar. Una catástrofe (la guerra) ha impactado en unos Estados más que en otros y los peor parados lo van a pasar muy mal económicamente. ¿Me suena de algo? Esta circunstancia coyuntural llevó al conflicto y a la victoria de los federalistas, convirtiendo lo circunstancial en permanente y construyendo una estructura económica más avanzada. ¿Irá nuestra circunstancia coyuntural en esa dirección?

*****

Sin embargo, hay una serie de países que no quiere seguir avanzando en la integración europea, posición que podría ser perfectamente legítima, si no fuese por ciertos comportamientos parasitarios. Aquí viene cuando la matan: impuestos.

En general, cuando a uno le dicen “paraíso fiscal”, tiende a pensar en Panamá o Bermudas. Solecito, daiquiri y testaferro, clásico tridente. Y no solo es que haya paraísos fiscales en Europa (la siempre pulcramente opaca Suiza o la Andorra de la madre superiora), es que hay paraísos fiscales EN la Unión Europea y EN la Eurozona. Y estas garrapatas fiscales tienen voz y voto en asuntos de impuesto que, horror, en la UE se deciden por unanimidad. Cuando hablaba de acabar con la unanimidad en el punto 1 de soberanía democrática, precisamente me refería a cosas como esta.

Hay un menú diabólico que puedes pedir en Europa: de primero un sándwich holandés y para beber un café doble irlandés. Si eres un ciudadano de a pie no solo te vas a quedar con hambre, sino que alguna multinacional no va a pagar ni una maldita parte de los impuestos que le corresponden. Las triquiñuelas son confusas y agotadoras, piaras de abogados especializados se encargan de sembrar pistas falsas y jugar al trilero. A pesar de eso, Enrique Feás logra explicarlas aquí de forma clara y brillante.

El caso es que de forma parasitaria países como Holanda o Irlanda extraen riqueza productiva de otros Estados impunemente, se aprovechan del mercado único, el espacio Schengen y similares y luego se atrincheran para defender sus privilegios propagando de paso insultos y mentiras. Tax Justice Network estima que Países Bajos absorben de España flujos de hasta mil (¡mil!) millones (¡mil millones!) de dólares ANUALES. Y 10 mil en toda la UE. Lo irónico es que apenas una fracción (impuesto de sociedades efectivo de alrededor de un 5%) de todo este flujo de dinero se queda en Holanda. Lo mismo ocurre con Irlanda, Malta, Chipre o Luxemburgo. Obvio que las cosas no son tan simples y el fin de las conductas socialmente indeseables de estos países no acabaría con todos los problemas del Sur. Se acabaría con una injusticia, nada más y nada menos.

Como soluciones, además de transformar la necesidad de unanimidad en mayoría cualificada reforzada, el libro de Verhofstadt nos da algunas ideas interesantes. Como el concepto de “bandas de fluctuación” como criterio para guiar la convergencia en términos de política fiscal. Es decir, fijar un máximo y un mínimo en todas las acciones concretas relevantes. Este modo de actuar se contrapone a una armonización “dura”, que sería muy difícil de consensuar y seguramente injusta, dados los desequilibrios que existen en el seno de la UE. No obstante, el intervalo no debe ser tan grande como para inutilizarlo, es decir, en palabras del ex primer ministro belga, “las bandas deben ser relevantes, lo cual quiere decir que la distancia debe estar definida de tal modo que lleve a algunos estados miembros a ajustar verdaderamente a unos niveles mínimos, de tal forma que puedan tomar parte en los logros del modelo social europeo, y a unos niveles máximos, de tal forma que puedan hacer una genuina contribución a una economía europea más integrada y a la vez más lista para el combate” (pg. 73).

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En cuanto a la financiación de la propia Unión, Verhofstadt tiene toda la razón al reclamar una mayor transparencia, de modo que provenga directamente de impuestos concretos. De esta forma, la ciudadanía podría comprobar perfectamente los mecanismos europeos, quitando la munición demagógica a los Orban de turno. Eso sí, no comparto en absoluto su opinión y propuesta sobre los impuestos indirectos (al consumo). En la página 74, sostiene que estos son “neutrales”. ¿Neutrales? No necesariamente. Algunos son incluso regresivos, diría yo. Especialmente en los bienes de consumo más habituales. En fin, otro debate pendiente aquí.

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A lo largo de los años se ha venido poniendo el foco en el euro; con graves imperfecciones, por supuesto. ¿Pero a dónde fueron los buitres? ¿Hubo ataques serios al euro, tipos de cambio, etc.? No. Al menos, no tan brutales como el asedio sin cuartel a la deuda pública del sur. Primero por los golpes en el pecho de Draghi (“El BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme, será suficiente”) hace 8 años. Segundo, el euro, por su propia constitución, es una divisa sólida. Por las muchas cosas que funcionan mal, perdemos de vista lo que funciona bien y es difícil de conseguir.

Un reciente documental italiano repasaba con crudeza las miserias de la actual Desunión Europea. El diagnóstico era acertado. Sin embargo, en el apartado de las soluciones, aparecían voces clamando por el desmantelamiento del euro y la vuelta a la lira. Clamaban por recuperar la soberanía monetaria. ¿A qué llaman soberanía monetaria? ¿Soberanía para qué? La soberanía del papagayo para revolotear a su antojo dentro de la jaula. ¿A dónde iría Italia con su lirita o España con su pesetita? De vuelta a la dialéctica del cortijo. Devaluando una y otra vez la moneda, tirándose devaluaciones a la cabeza las unas a las otras mientras van juntas de la mano hacia la irrelevancia, buscando una competitividad que es un espejismo. Hace 28 años, George Soros se bastó él solito para tumbar a la libra esterlina. ¿Qué harían los especuladores con estas moneditas? Pasto para los buitres.

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En la actualidad, los grandes desafíos que afronta la especie superan con creces la capacidad del Estado-nación. La catástrofe climática, migraciones, pandemias, paraísos fiscales… y un largo etcétera. Los Estados-nación europeos, pequeños Asteriones recorriendo su laberinto.

A algunos desesperados se les ocurre ponerse las alas de Ícaro para escapar: este vuelo en solitario sería corto. Bien pronto el sol derretiría la cera bajo sus plumas. Ícaro, piénsalo dos veces, eres pobre rival para las bandadas de buitres que hoy colonizan los cielos. En cambio, Hegel transforma la paradoja en fortaleza, el laberinto en protección. De la propia caída crea el lugar desde el que caímos.

*****

Entiendo la democracia como la garantía del equilibrio entre poderes (ejecutivo, legislativo y judicial; político y económico), espero que haya más personas que la entiendan también así. Hasta que no demos con otro sistema mejor, que lo haremos, es lo mejor que tenemos.

Ahora mismo ese equilibrio no existe. No hay sector público que por sí solo pueda hacer frente a los grandes gigantes multinacionales y, especialmente, a la costra parásita de señores de la guerra financieros. La idea en que se basó el contrato social de posguerra ha sido demolida a partir de los años 80. Me refiero a esa pirámide de copas de cristal y a esa botella de cava cuyo contenido, tras colmar la cúspide, iría cayendo gota a gota hasta llegar a los niveles inferiores. Ahora bien, en lo alto de la pirámide no hay una copa, hay un caldero. Y nunca se llena, nunca hay suficiente cava.

Recordemos el inicio de la crisis bancaria en 2007/8, esos bancos que nos dijeron ser too big to fail. La propuesta, y que me perdonen el mal gusto, es reforzar el entramado institucional para que sea too big to fuck with.

Los seres humanos somos duales y complejos, buenos y malos. Además del interés, también el amor, la solidaridad o la justicia nos empujan a actuar. Los mercados, por el contrario, no tienen nada que ver. Los mercados son simples hasta la caricatura. Solo entienden de recompensas sencillas o fuerza bruta. Por eso, la solidez es la mejor protección contra los desmanes y distorsiones mercantiles. Cuando hay solidez, la confianza viene sola.

Una verdadera soberanía económica pasa por ser invulnerable a los ataques especulativos a deudas y divisas y esto solo es posible a través de la fortaleza institucional; de construir una capacidad para hacer frente en igualdad de condiciones a la plutocracia fáctica, muy superior al Estado-nación. Una verdadera soberanía económica pasa por contar con el apoyo de un presupuesto europeo aprobado por un parlamento europeo con potestades legislativas, donde también se controlen los actos de una Comisión Europea solo con potestades ejecutivas y que rinda cuentas de forma democrática. Y una verdadera soberanía económica es la única forma de garantizar una política independiente, es la única forma de cerrar el paso a los buitres.

Unión Europea implica soberanía. Y no la soberanía de los vasallos para arrodillarse a su modo ante el señor de turno, que es la que muchos defienden y quieren reforzar. Soberanía democrática, militar, económica. ¿Delirios de grandeza? Tal vez. Pero un plan, un objetivo, es el mínimo imprescindible para impulsar grandes movimientos. Es famosa la supuesta frase de Timothy Geithner al respecto: “Plan beats no plan”. Por muy ambicioso o complicado que sea, va a poner en marcha más fuerzas que el simple Virgencita, virgencita, que me quede como estoy.

¿Deberíamos conformarnos con algo de maquillaje para ir tirando? En su conferencia para el Aula Virtual Fundación de los Comunes, Isidro López hacía una certera crítica a Thomas Piketty y a otros defensores del reformismo sensato. Apelar al sentido común es inútil, las necroélites nunca tienen suficiente, lo quieren todo. Por eso, rogar para que cedan un milímetro no tiene sentido.

La tasa Tobin (impuesto de entre el 0’1 y el 1% a las transacciones de capital especulativo) o similares no es algo que vayan a conceder voluntariamente porque aspiran al pastel completo. El esfuerzo para arañar una reformita o para transformaciones más profundas es el mismo, se van a encontrar con igual resistencia despiadada. Entonces, ya que nos vamos a esforzar, seamos ambiciosos.

*****

Como Zenón, las necroélites y los medios de comunicación a su servicio intentan cada día demostrar que la tortuga nunca será alcanzada por Aquiles. Con medias verdades, retorciendo las cifras, haciendo hincapié en detalles descontextualizados dicen: no te esfuerces, que no vale para nada.

Yo personalmente aconsejaría a Aquiles que empezase a correr detrás de la tortuga en lugar de sentarse a llorar presa del desencanto. Igual al final de la carrera nos llevamos una sorpresa.

NOTAS:

1. Hago notar mis esfuerzos por dirigirme a personas más allá de mi parroquia/trinchera, apelando a intereses lo más amplios posible, cambios estructurales de este calado lo exigirían. No estoy tratando temas para mí igual de importantes como soberanía alimentaria, decrecimiento o razones morales y éticas. Trato de mantener el pragmatismo, aunque cueste. Una vez construyamos un tablero europeo plenamente soberano, mi ideología podrá luchar para construir mayorías alrededor de transformaciones más ambiciosas. Las instituciones importan y marcan la diferencia.

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